Los que estudiamos EGB

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Claustro de profesores del Colegio Público Pedro Sanz Vázquez, “la Aneja”, en el curso 83-84

Por Óscar Cuevas

Pertenezco a la generación de los niños “que estudiaron EGB”, como dice ahora ese libro de moda que está arrasando entre los que frisamos los 40, año arriba, año abajo. Soy uno de aquellos que nacimos cuando la Dictadura agonizaba, y que trenzamos nuestra escolarización entre la Transición y los albores de la Democracia. Y fuimos muy afortunados aquellos niños de colegio público de los 80, esos hijos del “baby boom”, de barrio de aluvión, y que íbamos a clases con otros 38 o 39 compañeros.

En mi época, vaya, llevábamos las mochilas al hombro, y no montadas en carrito, como los chavales de ahora, que parece que en lugar de a la escuela fueran al supermercado. Y es que posiblemente -seguro- a nosotros nos faltaban algunas de las cosas que ahora sí disfrutan nuestros hijos. Pero también tuvimos otras; acaso irrepetibles. Por ejemplo, nosotros coincidimos en las aulas con la ilusión de una nueva época, con una generación de maestros que, por primera vez en la historia reciente de España, pudo “educar en libertad”.

El maestro alcarreño José María Sanz, cerrando la puerta del último colegio en el que ha trabajado.

El maestro alcarreño José María Sanz, cerrando la puerta del último colegio en el que ha trabajado.

Hablo de maestros como José María Sanz, que ahora se acaba de jubilar, tras más de tres décadas dedicando su vida a ayudar a crecer y a formarse a centenares de niños de Guadalajara. Una generación de docentes que está desapareciendo en estos años de la vida laboral activa, pero cuyas enseñanzas quedan, sin duda, en el poso de mi generación, de las gentes que ahora están (estamos) llamadas a coger las riendas del carajal este en el que nos hemos metido todos. Espero que lo que ellos nos enseñaron nos sirva ahora para escapar de él.

Somos nosotros, los niños de la EGB, los que -como decía el adorable maestro de “La lengua de las mariposas”- conformamos la primera generación de españoles que crecerá sin ataduras. “En el otoño de mi vida, yo debería ser un escéptico; y en cierto modo lo soy. El lobo nunca dormirá en la misma cama con el cordero. Pero de algo estoy seguro: si conseguimos que una generación -¡una sola generación!- crezca libre en España, ya nadie les podrá arrancar nunca la libertad. Nadie les podrá robar ese tesoro”, decía Fernando Fernán Gómez en aquel emocionante discurso de fin de curso que ofrecía a padres y alumnos de un colegio rural de la frustrada República.

Efectivamente, la Guerra y el Franquismo privaron a los niños de los años 30, a nuestros abuelos, de escuchar en libertad a sus maestros. También nuestros padres padecieron algunos coletazos de aquella “mala educación”, nacional-católica, castrante y represiva, que definiera Almodóvar en su película. Pero nosotros no.

Nosotros, los que rondamos los 40, tuvimos la suerte de llegar a los colegios públicos de Guadalajara cuando las cosas empezaban a cambiar. Y si lo hicieron fue, en buena parte, gracias a docentes como José María, a maestros que luchaban en las aulas y fuera de ellas por enseñar sin adoctrinar… al tiempo que reclamaban una educación pública de calidad en los despachos de la Administración.

Fueron los años del cambio. Cuando los niños por fin comenzaron a sentarse con las niñas en el pupitre de al lado; cuando los crucifijos que presidían las clases y las tardes de mayo con flores a María, poco a poco (y no sin más de una discusión), fueron desapareciendo. Eran los tiempos de la introducción de conceptos novedosos en la escuela, como la enseñanza desde la experimentación, la llegada del debate a las aulas, el trabajo en equipo… conceptos que ahora parecen tan normales, pero que no siempre lo fueron.

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Foto de grupo de la clase de 7º de EGB a la que asistía el autor del artículo (primero por la izquierda, penúltima fila), en el curso 86-87

A mí José María me daba inglés en unos tiempos en los que eso de la educación bilingüe era una quimera. Y no era fácil, porque de aquella, inglés, lo que se dice inglés, eran muy pocos los maestros que lo sabían. Fue mi maestro de inglés, digo, en aquella vieja “Aneja”, un adorable colegio que tenía al lado una Escuela de Magisterio que aportaba también savia nueva a su andadura. Era una escuela peculiar, que tuvo que conjugar las nuevas maneras de hacer de los jóvenes maestros, con la experiencia de aquellos más mayores, acostumbrados a otros modos y otras maneras. Pero entre todos debieron llegar a una entente bastante cordial con la que nos dieron educación, nos ayudaron a crecer, y nos dedicaron tiempo y amor. Todo un tesoro.

Hoy, José María se jubila, y sus alumnos debemos mirar atrás para darle las gracias, a él y a los de su generación, por sus desvelos, por esas ganas de aprender más inglés para poder enseñar mejor; por esa lucha desde el sindicato por mejorar la calidad de la Educación.

Soy, les empezaba contando, de la generación que estudió EGB, la que veía los dibujos animados de Willy Fog, la que repetía las coletillas del “Un, Dos, Tres”; la que se estrenó en los Mundiales con Naranjito, y aprendió curiosidades con el “Libro gordo de Petete”.

Y ese, “Petete”, el pequeño pingüinito sabio que enseñaba cosas con una enorme enciclopedia, es precisamente el apodo con el que los chicos de la Aneja teníamos bautizado a mi amigo José María. No es mal mote para un maestro, digo yo.

PD.- Este artículo que ahora comparto con los lectores de El Hexágono acaba de publicarse en una revista monográfica que compañeros, amigos y familiares han dedicado al citado maestro José María Sanz con motivo de su jubilación, y que ha coordinado su hijo, el periodista y compañero de este blog Abraham Sanz. Sirva como homenaje a todos aquellos docentes de la Guadalajara de los 80 que conformaron la primera generación de maestros y maestras que pudo educar, más o menos, en libertad. Quizá menos de la deseable. Pero quizá más que ahora, todo sea dicho.

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4 pensamientos en “Los que estudiamos EGB

  1. Lágrimas como puños me caen, Óscar.
    Imagino que el homenajeado se habrá sentido reflejado, porque recoges muchos detalles de la vida en la EGB
    Sería interesantísimo que José María contase esa convivencia entre los más veteranos de la Aneja y los docentes vitaminados que llegaban por primera vez.
    Se lo peguntaré la próxima vez que le vea.
    Enhorabuena, Óscar!!

  2. ¡Muchas gracias Óscar! Ya te manifesté mi sorpresa por el monográfico citado. Al leer hoy el Hexágono me sonaba mucho tu artículo. Los compañeros y compañeras que compartimos Claustro durante cuatro cursos en la “Antigua Aneja” nos sentimos orgullosos de las generaciones que formamos. Os hemos visto trabajando e incluso compartiendo centro, con Sonia. Ahora los que elegisteis periodismo, como casi todas las profesiones, no lo tenéis nada fácil. En mi casa escuchando hoy la radio , ” lo bien que va el país”, según el presidente del gobierno; decíamos que de 13 trabajadores, 8 no disponían de empleo y alguna de ellas en Inglaterra ejerciendo la Medicina,
    Lo que me preguntaban de la convivencia, respetando el sentir, pensar, las opiniones variadas de cada uno y teniendo libertad para expresarse está conseguido. Claro que yo en mi último curso he tenido más problemas que en toda mi carrera profesional. Gracias a mis alumnos, a sus padres, algunos compañeros-.compañeras y sobre todos a mi gente que han estado ahí dándome ánimos.
    ¡Enhorabuena a todos los compañeros y compañeras del HEXÁGONO por traernos cada día un poco de esperanza y hacernos disfrutar leyéndoos!

  3. gracias por traerme esto de vuelta. Que gran generacion de maestros estrenamos en esos años.
    Tambien un recuerdo para Jose Antonio Alonso y Elisa, Felix Rodriguez Marzo… etc etc

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