Los niños saharauis disfrutan de unas “vacaciones en paz” en el verano de Guadalajara

Avelino González cuenta su experiencia como familia acogedora de niños saharauis.

Avelino González cuenta su experiencia como familia acogedora de niños saharauis.

Por Avelino González Vega

Son inocentes, y sin embargo están condenados en una cárcel abierta en el más inhóspito de los desiertos, a temperaturas que sobrepasan 50º grados en estos momentos.

La algarabía del desierto se escucha ahora en Guadalajara. Los niños y niñas saharauis llevan varias semanas en el seno de familias de nuestra provincia. Sus voces: inocentes, inmaculadas, claman solidaridad para su pueblo, el saharaui y agradecen la respuesta y el apoyo de la Alcarria.

Nuestra tierra está llena de vestigios árabes. Sus vocablos y toponimias nos rodean: Wad Al Hayara, significa río de piedras y Alcarria, pueblo.

Los niños y niñas saharauis llevan varias semanas disfrutando de un verano, de unas merecidas vacaciones, a las que cualquier niño debería tener derecho. Sin embargo, su realidad es muy diferente: hay niños que no tienen acceso a los derechos fundamentales. Lo niños saharauis son víctimas de una injusticia, de la que no son culpables y están condenados a padecer los calores y el rigor de la vida en una cárcel abierta, en el más inhóspito de los desiertos, con una temperaturas que sobrepasan con holgura los cincuenta grados en estos momentos a las que se añaden algunas carencias fundamentales: sin agua, sin alimentos, ni medicamentos; sin saneamiento, ni electricidad; sin juegos electrónicos, ni piscinas… Sin tantos `sin´ que la ilusión por salir de allí es lo único que pequeños y grandes comparten como una esperanza que los mantiene vivos.

De la hamada del Sáhara a la Alcarria

De las haimas a nuestros hogares. Contrastes de la vida: temperaturas infernales, arena y viento, en todos los horizontes: tierra y cielo. En el Sáhara parece que la superficie terrestre es superior a la celeste, ¿ficción o realidad? La impotencia humana y como testigo el sol. Y aquí nos quejamos de olas de calor.

En mi familia acogemos a una niña saharaui y conocemos la vida y las familias de los Campamentos de Refugiados del desierto: “…los saharauis están a sombra de una tela, en las haimas, donde las madres siguen dando de mamar a los niños, donde el agua es un bien tan escaso, como necesario; y las neveras y los hielos son un espejismo, o un sueño, como lo son las playas, las piscinas y los helados,…”

Los saharauis en general hablan el castellano (es la segunda lengua oficial) con relativa fluidez y se esfuerzan por aprenderlo. Hasta 1975 fueron españoles, ahora son un pueblo a la deriva, condenado porque Marruecos y su graciosa majestad, Mohamed VI, que les impiden desarrollarse como pueblo y como personas, les quiere robar hasta lo que ya no tienen. En los campamentos de refugiados es frecuente escuchar sentimientos como este: “…sólo nos queda la dignidad de la esperanza, recuperar nuestra tierra, vivir en libertad junto a las costas del Atlántico de las que fuimos expulsados huyendo de las bombas de NAPALM, fósforo blanco, de una muerte segura…”

“Vacaciones en Paz” es una programa solidario por el que, desde hace casi 20 años, los niños saharauis vienen con familias españolas para recuperarse de todas las carencias tan características de los campamentos: sanitarias, nutritivas y de una paz que añoran, y aprenden el castellano, que para los saharauis es la segunda lengua oficial.

A Guadalajara han venido, en la presente edición de “Vacaciones en Paz”, treinta y dos niños para pasar el verano en otras tantas familias. Niños y niñas como Marian, Mulay Ahmed, Salma, Mohamed, Yussef, El Azza o Hadiyetu… se convierten en familiares por una temporada. Son pequeños que cada vez se extrañan menos de nuestro mundo, aunque se sorprenden de la naturalidad de nuestras costumbres: ducharse a diario o cambiarse de ropa, sacar dinero del cajero o encender una lámpara… La curiosidad es enorme, no sólo por la cultura y tradiciones. En más de una cosa deberíamos ser humildes y aprender de ellos.

Los niños, españoles o saharauis, juegan sin…

Marian ya ha venido en otras ocasiones a Brihuega, donde han estados algunos de sus hermanos: “las bicicletas, las muñecas, el fútbol, emular los `galácticos del fútbol español, los juegos electrónicos, la televisión, las piscinas y las playas… me gusta todo…”

Son días de efervescencia que intentan vivir con intensidad. Cada uno ya ha oído hablar a su hermano o algún pariente o amigo de lo que son las vacaciones en España y ya han hecho planes para disfrutar a tope. Para los niños, como para cualquier persona, la imaginación, la ilusión, va más allá de la realidad. En los campamentos la ausencia de juguetes se suple con el ingenio. En España les faltan horas al reloj para realizar sus proyectos.

Ver niños ilusionados en las fiestas de los pueblos, amalgamados con los lugareños, en torno a los “Cabezudos” o jugando a los encierros en Brihuega, aplaudiendo a los guerreros del Torneo de Justas en Hita, jugando al fútbol con la camiseta de Alovera o de Aranzueque… es una realidad beneficiosa para todos: para saharauis y españoles.

LA SOLIDARIRAD CON EL PUEBLO SAHARAUI

La frase más pronunciada en estos días hacia las familias que acogen a un niño o niña saharaui es: “¡vaya obra que estáis haciendo!”. Es solidaridad y responsabilidad. Vivimos en una sociedad en la que tenemos que ayudarnos unos a otros, luchar juntos contra las injusticias y construir, entre todos, un mundo más equilibrado, más justo y solidario, y humanamente más habitable para todos…”

Los niños saharauis y españoles juegan en el Parque de las Eras de Brihuega. El Parque de las Eras parece la ONU: ecuatorianos, dominicanos, rumanos, polacos, colombianos, búlgaros, cubanos, alemanes, ingleses, saharauis y brihuegos; todos se entienden y juegan sin mirarse al color de la cara, al credo que profesan, ni mucho menos a la cantidad de matemáticas que saben. Tienen más cosas en común que diferentes, eso les une. Ahora escuchan la misma Música de la Banda de Brihuega.

A mí se me ocurre una reflexión: “¿Por qué los mayores nos empeñamos en buscar diferencias donde no las hay? ¿Por qué condenamos lo ajeno sin conocerlo?… “Somos más responsables de los males y bienes de este mundo de lo que nosotros creemos…”

LA VIDA FAMILIAR CON UN SAHARAUI

La convivencia es enriquecedora, porque es lo que más se trabaja y lo que más se disfruta. Nuestra experiencia, ahora que ya llevamos acogidos en los últimos años a varios niños y niñas saharauis, es muy elocuente: “…con la mirada conquistan la nevera y la cocina: todo se les antoja. Luego, a los pocos días, como el resto de niños, están hartos de todo, incluso de helados y chuches…”

Los niños saharauis forman parte de nuestra familia. La convivencia nunca es fácil, pero tiene su recompensa. Los niños vienen a nuestras familias con varios objetivos: comprobar su salud, recuperarse nutricionalmente, eludir los meses más duros del desierto, aprender el castellano,… pero sobre todo, conocer una cultura donde la paz es un hecho, como lo son el respeto de los derechos humanos, la tolerancia al color de la piel y al credo, a la libertad y a un bienestar de un primer mundo por el que sin duda lucharán en un futuro, cuando les llegue esa responsabilidad…”

Una cuestión recurrente es si esta acogida solidaria temporal es conveniente. Pues bien, desde el inicio de los tiempos existe el bien y el mal. Esto viene a significar una realidad que todos, sin excepción, padecemos. Tenemos momentos de mejor y de peor. Reflexionen sobre sí mismos. Se terminan los ratos buenos y nos introducimos en los malos, se acaba la buena vida, las vacaciones, las fiestas,… y llega el trabajo, el madrugar, el aguantar imposiciones de jefes o compañeros…

Los niños saharauis, como lo de cualquier parte del mundo, pueden ser pobres, pero no tontos. Sus familias están estructuradas, su infancia tiene un gran equilibrio en lo personal, en lo sentimental y emocional. Están escolarizados en su totalidad. En el Sáhara no existe el analfabetismo. Cuando los niños vienen de vacaciones a España, a nuestras casas, saben que tienen que regresar, y es más, lo están deseando, pese a que nos cause dolor, al separarnos de ellos, a las familias que hemos convivido con ellos.

Los niños saharauis están deseando volver a contar las experiencias que aquí han vivido. Lo que han visto, observado y aprendido,… y les aseguro: es mucho. Siguiendo los consejos de los facultativos, se recuperan nutricionalmente, pasan controles y análisis clínicos, para detectar posibles enfermedades latentes; aprenden el español, idioma que puede abrirles en el futuro muchas puertas, y también aprenden que otros niños, aunque en apariencia diferentes, en realidad se parecen mucho. Y que pueden jugar perfectamente con ellos y convivir en paz.

Además, debido al cariño, una vez que se van, se llevan ayuda humanitaria, y este vinculo también se traduce en una comunicación a los largo del año, que también se traduce en el mantenimiento y sostén de esa ayuda humanitaria. Eso es responsabilidad y compromiso solidario. Y si les queda alguna duda, hagan, por favor, un ejercicio de empatía, pónganse en su lugar, o pongan a sus hijos en su lugar. ¿Que desearía ustedes si necesitasen esa ayuda? ¿Rechazarla porque luego llega la realidad? Seamos coherentes y responsables.

Y aún así, las familias de acogida recibimos una recompensa enorme, que supera con creces la ayuda que podemos entregar. Debemos recordar que lo que nos hace grandes son nuestros conocimientos, y con esto se aprende, y mucho. Y lo que nos hace felices, son nuestras obras, y es lo que nos sobrevive. Mi deseo: que sean felices.

* Avelino González Vega nace en 1964 años en Pajares de la Lampreana (Zamora). Por motivos de trabajo recala en Brihuega en 1986, donde habitualmente reside. Ha cursado estudios de ingeniería técnica (Gijón, Zamora y Salamanca) y periodismo (Madrid), y ha colaborado en prensa asiduamente desde 1995. Ha publicado una novela: “Romance en la Alcazaba” (2003), y es coautor, junto a otros escritores en varios libros. Actualmente cursa estudios de Ciencias Políticas (UNED).

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