Órdago a la grande del PP

Rajoy, flanqueado por Cospedal y Román, durante un mitin del PP. // Foto: Guadaqué.

Rajoy, flanqueado por Cospedal y Román, en un mitin del PP. // Foto: Guadaqué.

Por Rubén Madrid

La reforma electoral de Rajoy debe ser aprobada “con o sin consenso”, subrayaba la semana pasada nuestro alcalde, Antonio Román, al hablar de la medida de ‘regeneración democrática’ que, en la práctica, amenaza con cambiar las reglas del juego minutos antes de empezar la partida. Los alcaldes no deben ser elegidos en los despachos, ha añadido estos días la número uno del PP provincial, Ana Guarinos, presidenta de la Diputación y elegida, por tanto, en los despachos.

Que “el partido más votado sea el que gobierne” es una frase de tremendo sentido común. El sentido común que llevó durante siglos a afirmar que la Tierra era plana y que descendíamos de angelicales figuras moldeadas en barro nos dicta también que el candidato más votado debe convertirse en alcalde… aunque no disfrute del respaldo de la mayoría de quienes acuden a las urnas.

Es evidente que el PP apela al sentido común, pero también que quiere pasar por encima de la realidad social, que seguramente a estas horas se inclina bastante poco por restituir la enormidad de poder municipal y autonómico del que la ciudadanía le hizo depositario hace tres años y medio, cuando los dirigentes socialistas (Barreda el primero) huían de la marca Moncloa como de la peste.

El problema es que, precisamente por simple, el sentido común puede reducir algo tan complejo como la democracia a una frase hecha. Afortunadamente, hasta ahora la elección de un alcalde ha distado mucho de las votaciones en los concursos de la tele, donde suele ganar el más respaldado por los sms con independencia del índice de participación o de las mayorías que conformarían los que “pierden”. El PP, que durante años se ha negado a reformar el sistema electoral para hacerlo más proporcional, trata ahora de ganar las alcaldías sin acudir a las alianzas cuando no tenga el apoyo de la mitad más uno de los sufragios, que es el punto exacto donde se sitúan las mayorías en democracia, y no, por ejemplo, en el 40%.

Supone un mal precedente que el partido que esté en cada momento en el poder busque a partir de ahora las fórmulas que le resulten más convenientes para perpetuarse. Esta intentona es una traición en toda regla al pacto de convivencia. Porque, más allá del sentido común, nuestro sistema hasta ahora ha descansado en la democracia representativa: escogemos a los dirigentes que nos representan; no elegimos tanto bastones de mando -qué señor o señora nos manda- como voces que digan lo que pensamos en la calle. Sacrificamos el ideal romántico del foro callejero con el ciudadano practicando política de manera permanente para delegar la tarea en aquellos en quienes confiamos que mejor defenderán nuestros planteamientos. Y hasta les pagamos por ello. Son estos representantes, nuestros concejales en el caso del Pleno, quienes a través de la conformación de mayorías deciden cuál de entre todos es el alcalde y qué grupo de concejales (de un partido, o de más) llevan a cabo las funciones ejecutivas. Si un partido ha sido tan votado que acapara más de la mitad de los ediles del Consistorio no necesita establecer alianzas para que uno de los suyos sea alcalde. Así explicado parece incluso tan de sentido común como que gobierne “el más votado”.

No voy a ahondar mucho más en la naturaleza de la propuesta de ley y su trampa. El debate está siendo denso e interesante, y se explicó muy bien aquí mismo Óscar Cuevas en ‘Lo que el más votado esconde’. Recordaba, además, algunas fórmulas que pueden lograr que la medida resultase menos traicionera, por ejemplo establecer una votación de vuelta. He leído que también el PSOE planteó en 2004 la elección directa de alcalde y he visto a dirigentes del PP como su portavoz regional  Francisco Cañizares y nuestro edil Luis García criticar de hipocresía a los socialistas por oponerse ahora a la medida de Rajoy. Se equivocan. Hay dos diferencias fundamentales entre las propuestas de Zapatero y Rajoy: aquella planteaba una votación para escoger a los concejales, como hasta ahora, y otra más para la elección directa del alcalde, con votación de vuelta. Pero además el PSOE incluía su propósito en el programa electoral con el que se presentó a las generales. De modo que ambas reformas se parecen, pero no son iguales, y es posible respaldar una y rechazar la otra por cuestiones de forma y fondo.

Punto de vista de Forges sobre la reforma... como si hasta ahora no participasen los bancos en las elecciones.

Forges, en El País, sobre la reforma.

Lo que hoy aquí venimos a añadir al debate es una reflexión sobre la deriva rupturista que encierran los planes del PP, con unos riesgos de los que no parecen ser conscientes precisamente sus impulsores, cegados tal vez por la urgencia electoral. El impulso que su propuesta daría a la aglutinación de voto en la izquierda provocaría previsiblemente que esta reforma conduzca hacia al menos dos escenarios que, a mi juicio, suponen todo menos una regeneración democrática como la que tantas voces han venido demandando en las encuestas o en las plazas del 15-M:

  1. Uno de los modelos que saldría previsiblemente refortalecido sería el bipartidismo más clásico, con un partido de derecha y una formación o coalición de pretendida izquierda reformista que intente superar en votos a aquel, sin necesidad incluso de bisagras ni alianzas para gobernar. Una democracia en blanco y negro, para el partido rojo clarito y el azul oscuro. El bloque conservador y el bloque socialdemócrata. La estructura por la que transitaba España hasta hace muy poco, siempre amparada por la pretendida estabilidad institucional, que se ha mostrado generosa en casos de corrupción política, en empobrecimiento del debate político, en politización de casi todos los órdenes de nuestras vidas (hasta el agua que bebemos) y en incapacidad para dar respuesta a los ciudadanos cuando más se ha necesitado, caso de la crisis económica. La valoración de la clase política en cada encuesta del CIS o las revueltas masivas de indignados contra los partidos mayoritarios demuestran a las claras el rechazo generalizado a este modelo, cuyos resultados electorales descansan más en el castigo del mal gobernante que en la confianza prestada al candidato más capacitado. Gana Zapatero porque pierden Aznar y Rajoy y gana Rajoy, esperando para ello lo que haga falta, porque pierden Zapatero y Rubalcaba. Ahora que parecía rota la baraja, en que incluso en el ámbito electoral del PP surgían aventuras a diestra y siniestra como Vox o UPyD, uno de los agraviados reacciona haciendo esfuerzos de renovación de puertas hacia afuera, y no de puertas para dentro.
  2. La invitación clara del PP a que la izquierda se agrupe en un bloque para hacerle frente en los ayuntamientos, y tal vez más tarde en todo el país si la práctica se generaliza, podría reavivar la división de las dos Españas que necesariamente han de helarnos el corazón, en palabras machadianas, con sus disputas irreconciliables en un callejón sin salida donde muchos otros quedarán en tierra de nadie. Es la España en la que mejor se desenvuelven los obtusos de ambas orillas, la que discute y no habla, la que convierte el debate sobre el estado de la nación o de la autonomía en un recuento de pajas en ojos ajenos, la que Goya retrató intentando imponer sus fanatismos a garrotazos, la de las posturas enconadas que en los años treinta elevaron el volumen de la disputa hasta convocar por la izquierda a la revolución más arrebatada y por la derecha a los salvapatrias de brazo de hierro que lo solucionan todo matando moscas a cañonazos. Otra vez la inevitabilidad del destino trágico de nuestra historia, en la que algunos no creemos.

Tal vez el PP esté más cómodo en escenarios así, pero en ningún caso (ni con las dos Españas, ni con más bipartidismo) su reforma supondría una regeneración democrática.

Hay también una tercera posibilidad que tal vez no contempla la derecha con su enorme carga de dinamita. Si el PP obliga a toda la izquierda a formar en bloque, probablemente surgiría sólo una unidad temporal, sin ánimo de prolongar un modelo bipolar: en los ayuntamientos, para ganar las alcaldías como opción más votada; y en las generales, para derogar estos pucherazos.

E imaginen que un frente así acabase por triunfar en unas elecciones. ¿No sería el momento oportuno para fundar con su mayoría, “con o sin consenso” del PP, un nuevo proceso constituyente? Ya puestos, aprovecharían para conformar un sistema electoral más proporcional o de circunscripciones únicas, para apostar por listas abiertas, para legislar a favor de modelos honestos de financiación de partidos y para acabar con los privilegios de las castas (sí, las castas) económicas y religiosas de nuestro país. Y, por supuesto, sería de sentido común que el partido más votado impulsase, con o sin consenso, una república federal.

Los dirigentes del PP que ahora hablan de reforma electoral “con o sin consenso” están proponiendo un pulso a dos manos que podría acabar por forzar la máquina mucho más de lo que cualquier estrategia ‘antisistema’ pudiera imaginar. En su apuesta a todo o nada, en su órdago a la grande, deben ser conscientes de que tiene cabida lo que tal vez para otros no, pero sí para ellos, supondría la ruptura de la unidad de España. Y la derecha que ahora previene de los despachos ha recurrido en estos casos, con demasiada frecuencia, a los cuarteles.

Creo que nada será igual en nuestro país si finalmente el PP impone su reforma. Creo que si el PP quiere ser fiel a su ideario, le convendría serenar los ánimos, cumplir con las normas y hacer gala precisamente de conservadurismo. A su ideario le convendría que ciertamente fuesen reaccionarios, que descarten aventuras de alto riesgo y evitar cualquier efecto bumerán. Que cada alcalde (y cada presidente autonómico) aguante su vela en la cita de primavera, que sus dirigentes piensen en la democracia con un horizonte más amplio del que ahora mismo les preocupa, la próxima primavera. Toda convocatoria con las urnas se cobra siempre alguna cabeza, pero más allá del futuro concreto de Rajoy, de Guarinos o de Román, el PP debe pensar que hay vida más allá de mayo de 2015. Lo contrario es hacerse el ‘harakiri’.

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Un pensamiento en “Órdago a la grande del PP

  1. Sólo un pero en el análisis. Esta propuesta no es ninguna “equivocación” del PP, es algo muy, muy, muy bien trenzado y planificado para perpetuarse en el poder, como lo ha sido el pucherazo más espectacular de la historia de nuestra democracia perpetrado por Cospedal en CLM. Hemos sido un conejillo de indias. Y lo que queda por ver.

    El argumento del más votado es una falacia, que el PSOE lo defendió, torticero y mentiroso, y el de que se pretende la “regeneración democrática” una estafa aún más clara que los carteles electorales de Cospedal vendiendo empleo.

    Más bajo que esta gente ya no se puede caer. Pretenden gobernar autoritariamente con apenas un 35-40% de los sufragios, que es le porcentaje que les asegura la España rancia y caciquil a la que representan, y a la que pretenden reanimar con el frentismo al que hace referencia al final de su artículo, el cual no es una consecuencia fortuita, sino buscada, provocada y meditada profundamente. Llevan años y años haciéndolo a diario, desde la segunda legislatura de Aznar, lo que pasa es que las memorias son de una fragilidad proporcional al consumo de basura diaria de millones de españoles en Tele5 y similares.

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