Luchando contra los fantasmas

Apurando el verano en una de las terrazas de mi pueblo, Molina de Aragón. // Foto: Bienve Ferrer

Apurando el verano con mis hermanas en una de las terrazas de mi pueblo, Molina de Aragón. // Foto: Bienve Ferrer

Por Marta Perruca

Y llegó agosto como cada año, puntual a su cita después de un extraño julio en el que los fantasmas conversaban distendidamente en la panadería con las personas de carne y hueso. Eso sí, agosto ya es otra cosa. Es el mes en el que los espectros aprovechan para marcharse de vacaciones y dejan espacio a esos otros que palpitan y que vuelven aquí cada año por estas fechas. Entonces la gente camina desorientada por las calles, mientras los coches casi no aciertan a la hora de escoger por qué calle transitar y aparcar se convierte en una pesadilla, porque en la ciudad parece que no nos importa caminar dos o tres manzanas, pero aquí tenemos el imperativo de dejar el coche en la puerta.

A lo largo de estos días hemos visto estampas que serían increíbles en otra época del año. Decenas de personas han hecho cola a diario en la pescadería o la carnicería desde primera hora de la mañana, incluso se apelotonaban en la puerta cuando todavía colgaba el cartel de cerrado; hemos visto a las cajeras de los supermercados confusas y exhaustas al tiempo que una marabunta de gentío salía y entraba cargando bolsas y cajas, mientras los coches esperaban en doble fila en la puerta; y las terrazas de los bares y las mesas de los restaurantes han estado a rebosar y hemos contemplado esos regueros de turistas con la mirada perdida en las fachadas de nuestros monumentos, subiendo por la ladera del castillo o visitando el Museo de Molina.

En este breve periodo, el reloj ha marcado un tiempo extraño, porque los trayectos de cinco minutos se perdían en encontradizas conversaciones de media hora en las que, al mismo tiempo, no importaba el tiempo que ha pasado ni los acontecimientos que han regado nuestra vida en el último año, porque en Molina nos convertimos en los mismos de siempre.

El mes de agosto es siempre así en mi pueblo, aunque como son una mayoría aplastante los meses en los que nos codeamos con los fantasmas parezca que la ciudad no esté preparada para recibir a estos visitantes con latido. Así que, cuando realmente empezamos a acostumbrarnos a este ritmo frenético, nos sobreviene septiembre como una bofetada y los salicores rodando por el suelo en las solitarias calles nos recuerdan que los fantasmas están a punto de regresar.

Así que podríamos decir que nos quedan dos días de verano y la semana que viene comenzaremos a palidecer.

Escribo estas líneas consciente de que no se alejan mucho de lo que he relatado en otras ocasiones por estas fechas, pero como ya decía la semana pasada, creo que es necesario insistir en los problemas para que el olvido no los relegue a ese mundo en el que las cosas no existen. También es cierto que cuando llega el momento de elegir la temática que alumbrará este artículo de los jueves siempre aparece algo que inclina la balanza hacia alguna u otra cuestión y hoy me encontraba en Facebook con un artículo del Heraldo de Aragón que compartía un amigo y que ha terminado de inspirar esta reflexión.

Dicho artículo estaba encabezado por el siguiente titular “Teruel ha probado todas las fórmulas para luchar contra la despoblación”. Esta afirmación ha despertado en mí una pregunta obvia ¿Y Guadalajara qué ha hecho para luchar contra la despoblación? No es que nos hayamos quedado de brazos cruzados, puesto que ahí están las Asociaciones de Acción Local que gestionan los fondos europeos del programa Leader y movimientos como La Otra Guadalajara o la Plataforma en Defensa de la Sierra Norte que aportan sus propuestas para frenar el avance de esta enfermedad, que parece imparable.

Sin embargo, estas últimas tienen un carácter reivindicativo y apuestan por dirigir los presupuestos y políticas de la Administración hacia los terrenos en los que ellos consideran que se debe actuar para luchar contra el problema. La labor que realizan es muy loable y hasta se puede decir que en muchas ocasiones ha dado sus frutos y ha frenado medidas que podrían resultar injustas para los vecinos de estas zonas, como el cierre de las urgencias en nuestros pueblos.

Una de las muestras de unión que ha manifestado la comarca de Molina de Aragón, contra la despoblación, en el verano de 2010. // Foto: Marta Perruca

Una de las muestras de unión que ha manifestado la comarca de Molina de Aragón, contra la despoblación, en el verano de 2010. // Foto: Marta Perruca

De manera diferente, las Asociaciones de Acción Local sí han emprendido acciones concretas, algunas más provechosas que otras, y también se puede considerar que parte de ellas han dado sus frutos, como es el caso del proyecto para fomentar el cultivo de trufa en la comarca de Molina.

La Administración, en ocasiones, también tiene su propio guión en esta empresa y hace unos meses veíamos como se promovían actividades formativas y actuaciones serias para reimplantar la actividad resinera en nuestros montes.

También los ayuntamientos han llevado a cabo modestas iniciativas para atraer a nuevos vecinos como, por ejemplo, la rehabilitación locales municipales para convertirlos en bares o restaurantes, incluso viviendas sociales, aunque los regentes de los mismos se lamenten, a veces, de que más que una alternativa de futuro resulten ser sólo un negocio para la temporada de verano.

Sí, desde hace tiempo venimos escuchando la advertencia de que viene el lobo y por momentos nos la hemos creído y hemos puesto cierto empeño en evitar que nos dé caza, pero tengo la sensación de que nunca nos lo hemos tomado demasiado en serio. Quizá en un momento nos dimos cuenta de que la gente se había ido de los pueblos y de que los que se quedaron estaban envejeciendo. Pero el tiempo no concede treguas y aquel problema que convenía atajar antes de que fuera demasiado tarde, cada segundo que pasa está más cerca de convertirse en una situación irreversible. Hemos llegado a ese punto en el que o nos ponemos a trabajar en serio y a luchar con uñas y dientes por el futuro de nuestros pueblos o llegará el momento en el que ya sólo habitarán en ellos los fantasmas.

Y leía en el Heraldo de Aragón todas esas fórmulas desesperadas que nuestra vecina provincia ha llevado a cabo para frenar las despoblación sin atisbos de éxito contundente, porque realmente creo que ahora  ya no sirve de nada que cada cual achique el agua de su camarote  si no nos ponemos de acuerdo para acertar a reparar los daños en la cubierta.

Una de las iniciativas que ha impulsado el Gobierno de Aragón es la implantación de multiservicios rurales, lo que se traduce en pequeñas tiendas de ultramarinos que permiten el abastecimiento en las zonas rurales que carecen de servicios. Se trata de un servicio muy útil, pero a la postre, poco rentable, dada la escasez de usuarios. Esta medida podría servir realmente a su cometido si se enmarcara dentro de un proyecto más amplio, en lugar de dedicarnos a aplicar paliativos antes de tener un concienzudo diagnóstico del problema. Sería útil y rentable, por ejemplo, si se elaborase un calendario de actividades varias que asegurasen la afluencia de gente en las zonas rurales de esta u otra provincia, teniendo en cuenta las potencialidades y fortalezas de cada territorio, que, de veras, existen.

Se han perfilado apuestas serias en este sentido, como el proyecto de Serranía Celtibérica o el Geoparque de la Comarca de Molina de Aragón y el Alto Tajo, por enumerar  algunas de ellas. Lo único que hace falta es que nos decidamos a remar todos juntos en la misma dirección. De lo contrario, solo nos quedará lamentarnos de que los fantasmas nos hayan ganado la batalla final.

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Un pensamiento en “Luchando contra los fantasmas

  1. Estoy de acuerdo con tu analisis.Quizas yo sea mas pesimista que tu y despues de treinta años luchando por aqui veo las cosas muy negras y no encuentro salidas.

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