Reflexiones de un peñista con un pie en el sarcófago

José Luis Rodríguez, "Burgui", con el cabezudo Agapito.

José Luis Burgos, “Burgui”, con el cabezudo Agapito.

Por José Luis Burgos*

Año 2014, este año he cumplido 26 ferias consecutivas vistiendo los hábitos peñísticos. Muchos de mis compañeros de fatigas durante la semana festiva ni siquiera habían nacido cuando me enfundé por primera vez el fajín y el pañuelo morados. Otros eran inocentes infantes que miraban a los peñistas con una mezcla de admiración y recelo. Ahora estamos todos juntos en torno a una idea de fiestas para nuestra ciudad que, como todo, tiene sus pros y sus contras.

A los peñistas, como no puede ser de otra forma, nos gusta que las peñas tengan protagonismo dentro de la fiesta. Se nos achaca que sólo estamos por la noche, que nos llevamos la subvención y nos dedicamos al vicio y al fornicio (ya nos gustaría). Pero como todo en la vida, no es blanco ni negro; por suerte hay matices y términos medios, que es a lo que se está llegando.

Cada vez más las peñas organizan multitud de actos durante el día. Las peñas más antiguas y tradicionales se han convertido en una fusión de gente joven con ganas de noche, empalme, encierro y copiosos desayunos a base de huevos fritos con chistorra (qué tiempos aquellos), y veteranos curtidos en mil batallas, con retoños de diferentes edades a los que atender y a los que también les gusta, y mucho, el ambiente festivo y peñístico. (Todavía recuerdo el primer día de cole de mi hijo en Infantil, tras la semana de Ferias, cuando su profesor de música llegó con la trompeta a clase y les pidió a los niños que le dijeran una canción para que la tocara. Mi hijo, poseído todavía por el “espíritu peñístico” le dijo: “El tablón”).

Debido a esta mezcolanza de edades e intereses, las peñas viven mucho el día. Se hace baile vermú, actividades para los pequeños, comidas de hermandad, salen por la tarde a hacer pasacalles, organizan encierrines, parques infantiles y un montón de actividades para disfrute de toda la ciudad. A la par, siguen con la organización de actividades nocturnas, las verbenas que hacen que la ciudad sea una marea de gente que se mueve de una a otra. Bien es cierto que esto último ha ido en decadencia, dado que la ubicación de unas peñas en el ¿nuevo ferial? y otras en el centro de la ciudad, en sus lugares de costumbre, ha hecho que se parta el ambiente. Hay una zona del “más allá”, a pesar de los esfuerzos realizados por las peñas allí ubicadas y el apoyo que el Ayuntamiento está dando en estos últimos años, una vez que se ha puesto de manifiesto que el modelo no es bueno para el ambiente en la ciudad. El caso es que, si eres de fuera, parece que hay dos fiestas: una donde siempre y la otra en “lo nuevo”. Pero a los de aquí nos sigue pareciendo que no es así, puesto que realmente son dos medias fiestas.

Pero dejando de lado el eterno problema de las ubicaciones, la evolución del movimiento peñísta en estos 26 años de militancia activa ha sido grande. Se ha pasado de ocupar casas viejas y garajes a utilizar carpas y locales prefabricados que, una vez terminan las fiestas, desaparecen hasta el año siguiente. Se ha pasado de ser grupos de 80 personas a saltar con facilidad las 300 y tener una organización logística encomiable. Los que han pasado por la directiva de alguna peña saben bien el esfuerzo que lleva organizar diez días de actos, suministros, locales, limpieza, charanga, más suministros… Y el lunes posterior, mañana, se desinfla todo, se guarda y hasta el año que viene, salvo algunas reuniones y eventos puntuales durante el año.

Al hilo de esto me viene a la memoria y quiero compartirlo con todos, una teoría que lleva tiempo rondándome la cabeza y estoy por discutir con Iker Jiménez -¿verdad Carmen?- a ver si él puede echar algo de luz al caso de “Los alcarreños hinchables”. Durante la semana de Ferias, más concretamente el último sábado, la ciudad se inunda de paisanos a los que únicamente ves ese día (con la excepción de la cena de Navidad de la empresa ), que saludan a diestro y siniestro, con naturalidad, con porte torero, se interesan por tu familia, por cómo te va la vida, por tus estudios y trabajos, por tu salud. Departes con ellos animadamente, y te despides al rato: Ellos con naturalidad -¡hasta mañana! ¡la semana que viene te llamo!-; tú con tristeza, porque sabes que no es cierto.

El domingo por la noche, de manera inexplicable, todos estos paisanos son desinflados y guardados en cajas (yo sospecho que están con los cabezudos). El resto del año no los vemos, no están.

Y después de estás pequeñas reflexiones de un peñista veterano, me vuelvo a mi sarcófago hasta las Ferias que viene.

*José Luis Burgos Rodríguez, “El Burgui”, es un GTV (guadalajareño de toda la vida) con lazos en Chequilla. Es abogado, balonmanero, y amante de la música y “la pachanga” en toda la extensión de la palabra. Es un peñista convencido, miembro de Agapit’os desde hace 26 años. 

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2 pensamientos en “Reflexiones de un peñista con un pie en el sarcófago

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