El Infantado, patrimonio de Guadalajara ¿Y de la humanidad?

Postal del Palacio del Infantado antes de la Guerra Civil. // Foto: http://perso.wanadoo.es/jarecio/album/Guadalajara/

Postal del Palacio del Infantado antes de la Guerra Civil. // Foto: http://perso.wanadoo.es/jarecio/album/Guadalaj ara/

Imagen del Palacio del Infantado después de la Guerra Civil. // Foto: http://humanidadestoledo.uclm.es/

Imagen del Palacio del Infantado después de la Guerra Civil. // Foto: http://humanidadestoledo.uclm.es/

Por Marta Perruca

Mi padre suele relatar que cuando él hizo la mili, allá por el año 55 del siglo pasado, el cuartel se encontraba frente al Palacio del Infantado y los militares custodiaban la llave de unos sublimes restos abatidos por los bombardeos, durante la Guerra Civil. Cuenta que en su patio interior yacían los leones derrotados en el suelo y que al atravesar el umbral de la puerta se encontraban con un cielo abierto. Sin embargo, la belleza de esos restos seguía atrayendo a un buen número de curiosos y visitantes.

El aspecto actual del edificio más emblemático de Guadalajara se debe a la reconstrucción que se abordó a principios de los años 60, cuando fue cedido a la Diputación Provincial para realizar un gran proyecto museístico, iniciándose así su rehabilitación y reconstrucción, aunque el edificio ya no recuperaría jamás el esplendor que tuvo en el Renacimiento, perdiéndose para siempre sus excepcionales artesonados mudéjares, únicos en el mundo.

No sé a vosotros, pero a mí la imagen de esos leones -que hoy vemos colgados en esos excepcionales arcos mudéjares- arrinconados y sedientos de admiración en un patio cebado de ruina, siempre me ha parecido demoledora. Quizá porque son incontables las horas que he permanecido absorta en cada uno esos complejos trazados, cuando las horas de estudio se me antojaban casi mágicas en aquellas robustas mesas y sillas de porte elegante de la antigua sala de estudio de la Bibliteca Provincial, antes de que se mudara a otro Palacio, el de Dávalos. Allí también me maravillaban sus balconadas, que rematan la fachada más noble del edificio y los paseos por sus modestos jardines, quizá no tan pomposos como lo fueran en su tiempo, pero aún con cierto encanto.

Supongo que algo parecido debieron sentir los vecinos de la postguerra en Guadalajara al contemplar las postrimerías de un majestuoso Real Alcázar, que hoy desluce un aspecto ruinoso, o los que todavía en nuestro tiempo tienen que  lamentarse de los antiguos palacios que han sucumbido a la bola de demolición, como el Palacio del vizconde de Palazuelos , que aliñó tantos momentos en aquella vieja taberna del Boquerón.

Afortunadamente y, una vez superada esa dura posguerra, los años de desarrollismo tuvieron a bien recuperar parte del esplendor del Palacio del Infantado, puede que tarde, aunque como dice el dicho, más vale tarde que nunca. Y digo que es una suerte, porque lo cierto es que esta ciudad no destaca precisamente por un correcto tratamiento y puesta en valor de su patrimonio y a la vista está que la que fuera un verdadero centro cultural impulsado por la Familia Mendoza, esa hermosa ciudad de los campanarios, hoy nos devuelve una imagen fría y gris, que quizá solo se disuelva un poco en sus numerosos parques y zonas verdes.

Ya lo he dicho otras veces: Guadalajara adolece de un verdadero problema de autoestima, que incluso, en cierta medida, se traslada a toda la provincia. Me comentaba un conocido que durante unas jornadas sobre turismo se ofreció una estadística por provincias en la que aparecía Toledo, Cuenca, Ciudad Real y Albacete y se obviaba a Guadalajara, englobada en el apartado “otras provincias” donde solo aparecía reflejado Sigüenza. Es una realidad que nuestra provincia atesora un importante patrimonio histórico, artístico y medioambiental y, sin embargo, es esa gran desconocida, como también lo es el Palacio del Infantado o los tesoros del Museo Provincial, que alberga en su interior, por cierto, el más antiguo de España.

Ayer me alegraba al leer la noticia de que el Palacio del Infantado se contemple como un posible candidato a ser declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Es un proceso complejo y este representa un pequeño paso. En el año 2003 el Ayuntamiento de Guadalajara quiso que este emblemático edificio pugnara por la declaración, pero no encontró el apoyo del Gobierno regional. Ahora, después de una década, al menos podemos decir que la Consejería de Educación, Cultura y Deportes tiene la intención de elaborar y presentar la documentación necesaria para que este monumento figure  en la “Lista Indicativa” de Patrimonio Mundial, un requisito previo e indispensable para que el edificio pueda ser contemplado para optar a la declaración. La Dirección General de Cultura, según publica la prensa, ha informado al Ministerio de Educación, Cultura y Deporte durante el Consejo de Patrimonio Histórico celebrado en Lanzarote, de la próxima presentación de la candidatura de este inmueble a dicho inventario previo. Es un paso simbólico, más que otra cosa, pero ahí está.

Nada más conocer la noticia, mi primera reacción ha sido valorar las posibilidades de nuestro monumento, consultando la lista de aquellos que ya lo son. Sinceramente, lo he hecho con ciertos prejuicios infundados en ese problema de autoestima, que aunque consciente de ello, en el subconsciente, muchas veces se vuelve poderoso. El Palacio del Infantado es muy bonito ¿pero lo suficiente como para que la candidatura salga adelante?

Entre los diversos lugares que podría elegir para preparar mis exámenes de la carrera, la antigua biblioteca, en este Palacio del Infantado, ganó por goleada, quizá porque cuando llegué a esta ciudad que, en superficie, siempre me había parecido fría y gris, el Palacio del Infantado se me mostró sublime, al mismo tiempo que cálido y acogedor. Allí se encontraba y se encuentra aún, la sede del Museo, con sus numerosos e ignotos tesoros y el Archivo Provincial  -hoy recogido en un edificio de nueva construcción- donde se escondían todos nuestros secretos, convenientemente archivados en vetustos legajos y no tan antiguos. Se respiraba un ambiente especial, como decía, casi mágico, que llegaba al cenit en ese fin de semana especial de junio, cuando las palabras se apoderan del Palacio, durante el Maratón de los Cuentos.

Creo que eso es lo que ocurre cuando los grandes monumentos de una ciudad adquieren un uso público y se convierten en parte de nuestra vida cotidiana, que uno aprende a amarlos y a entenderlos como suyos, como parte de su identidad y, entonces, la poderosa imagen del edificio, tal y como lo conocemos, reducida a escombros amontonados en un patio, resulta impactante.

Además de contar con algunos requerimientos, que se tienen en cuenta a la hora de valorar una candidatura, como su belleza formal y el hecho de constituir un referente artístico y cultural, la UNESCO contempla lo siguiente: “Estar directa o tangiblemente asociado con eventos o tradiciones vivas, con ideas o con creencias, con trabajos artísticos y literarios de destacada significación universal”.

Las palabras se apoderan del Palacio del Infantado, durante el Maratón de los Cuentos. // Foto: http://www.afgu.org/

Las palabras se apoderan del Palacio del Infantado, durante el Maratón de los Cuentos. // Foto: http://www.afgu.org/

Y es que parece obvio que no existe mejor manera de perpetuar, poner en valor, dar a conocer y conservar nuestro legado patrimonial, que integrarlo en la vida diaria y cultural de una ciudad. Recuperar el Palacio del Infantado y convertirlo en el principal epicentro de la cultura en Guadalajara siendo la sede del Museo Pronvincial más antiguo de España, para albergar después un evento de alcance internacional, como el Maratón de los Cuentos, fue un gran acierto.

Es por ello que resulta incomprensible que se  trate de hacer política con el patrimonio que los vecinos de una ciudad han hecho suyo y se empiecen a cerrar las puertas a la celebración de eventos culturales que propician el intercambio de ideas al antojo de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, responsable de su gestión desde el año 1984, que considera política una conferencia del expresidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, y no una fiesta particular con motivo de la Interparlamentaria del Partido Popular, o que decide, no se sabe muy bien bajo qué criterio, cobrar una entrada de tres euros para acceder a un edificio. Visto desde fuera alguien podría pensar que la entrada al Palacio del Infantado bien merece que se paguen tres euros, como se hace en otros muchos monumentos de nuestra geografía, pero no hay que olvidar que a fuerza de millones de instantes y recuerdos y, por mucho que la Junta ostente su gestión, este edificio pertenece a los guadalajareños y, además, eso es parte de ese valor intangible que incrementa su encanto y riqueza cultural, por lo que resulta incomprensible que se les vete la entrada.

Afortunadamente, y como hemos dicho ya en este foro, la Junta ha dado marcha atrás a la medida y en un mar de políticas desacertadas en cuanto a Cultura ha virado su dirección para apostar por nuestro Palacio para la obtención de un reconocimiento que brilla por su ausencia en la provincia y que, me atrevería a decir, no se debe a la carencia de valores que lo merezcan, sino a un arrastrado problema de autoestima.

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