Sudamericanizarse o morir

Magro, posando en un paisaje de sus viajes profesionales a América Latina

Magro, posando en un paisaje de sus viajes profesionales a América

Por Gloria Magro Esteban*

En los últimos años Guadalajara ha perdido varios miles de habitantes. En algunos casos es la búsqueda de nuevos y mejores horizontes económicos, educativos o laborales de jóvenes con aspiraciones que no pueden satisfacer ni aquí, ni en el resto de España. En otros casos se trata de emigrantes económicos que emprenden el camino de vuelta a sus países de origen. Pueden ser retornos temporales, a la espera de que la economía repunte, como los europeos del Este, que después de aquí intentan probar suerte en Italia o Alemania. Pero en otros, si hablamos de los latinoamericanos que vuelven a cruzar el Atlántico, tal vez se trate de un viaje sin retorno. Y la realidad que les espera, en muchos casos, no es ni mucho menos tan halagüeña como las cifras económicas que los periódicos parecen sugerir.

Junto al bullicio y el aparente caos que parece calcado de unos países a otros, cada vez que aterrizo en un aeropuerto latinoamericano, y eso es algo que hago varias veces al mes desde hace ya unos años, no deja de sorprenderme la enorme distancia entre lo que desde aquí se denominan con asombro e incluso envidia economías que repuntan, con unos datos de crecimiento asombrosos en comparación con los nuestros, y lo que allí se ve a pie de tierra, sin que medien cifras de por medio. La realidad cotidiana del viajero, por poco perspicaz que sea, desmiente mitos o al menos los aligera en gran parte. Y si en vez de un viajero ocasional se es un expatriado económico en busca de mejores horizontes profesionales, la perspectiva en un primer momento tiene que ser, como poco, alarmante.

Bogotá

Vista de Bogotá // Foto: Jorge Díaz (Wikipedia cc)

Podemos referirnos a Bogotá, Santiago de Chile, Río de Janeiro o Lima. Sus economías funcionan, los datos avalan las gestiones de sus gobiernos, y para muchos españoles esos países son un nuevo “El Dorado”, dispuesto a recibirlos con los brazos abiertos. Sin embargo, no hay que rascar mucho bajo la superficie para darse cuenta de que no se está en una tierra de promisión y de que el milagro del crecimiento económico en el que se les supone inmersos no es desde luego perceptible, o al menos no alcanza a la mayoría de la población.

Sin haber salido aún del aeropuerto, la realidad de estos países asalta al viajero en toda su crudeza, con su miseria, economía informal, deficiencias de infraestructuras y sobre todo, las vertiginosas diferencias de clase. Las cosas no mejoran según te vas acercando a las grandes ciudades. Y no es por la sensación subjetiva, en muchos casos, de que si el taxi tiene un pinchazo el atraco y posible asesinato es seguro, sino por la indignación creciente de por qué es posible que en países tan ricos y con esas cacareadas economías de crecimiento exponencial, la mayoría de la población viva en esas condiciones de decrepitud. Después, cuando se dejan atrás esos barrios inmensos de techos de hojalata -o ni eso- en muchos casos las vigas de hormigón con las varillas elevándose hacia el cielo es todo lo que hay. Al fin se llega al confort de un hotel lujosísimo en una zona segura, pudiente y bien fortificada, y se respira con alivio. Pero la inquietud ahí sigue. Los europeos no estamos acostumbrados a considerar a la mitad de la población de nuestros países como inferiores, social ni racialmente, ni a excluirlos de ese milagro económico que aquí nos venden en contraposición con la situación que nosotros arrastramos.

Pobreza

Las políticas económicas expansivas y el crecimiento exponencial han reducido los índices de pobreza en países como Brasil, pero las desigualdades continúan

Es cierto que en los últimos años, por toda América, gobiernos corruptos y despolitizados han dado paso a nuevas formas de enfrentarse a la pobreza y a la desigualdad, con el apoyo de una población que por fin parece darse cuenta de su poder en las urnas y de que es posible cambiar su presente y su futuro. Pero, o no es suficiente, o los cambios van demasiado despacio.

Siempre pensé, seguramente con mis escasas dotes para la clarividencia sociopolítica, que el progreso era imparable y que lógicamente los países de Centro y Sudamérica acabarían alcanzando niveles de desarrollo e igualdad semejantes a los logrados por Europa. O que al menos iniciarían ese camino. Pero nunca se me ocurrió, y a tenor de nuestra realidad hoy creo que a nadie más tampoco, que seríamos nosotros los que nos “sudamericanizaríamos”, en el peor sentido del término.

Favelas en una gigantesca barriada de Caracas // Foto: Olga Rodríguez

Favelas en una gigantesca barriada de Caracas // Foto: Olga Rodríguez

Para quien todavía no lo capte, el significado del término es sencillo de explicar a grandes rasgos, dentro de su complejidad. Sin Educación universal de calidad, sin Sanidad pública de ningún tipo, en la mayor parte del continente americano parece imperar la ley del más fuerte, que no del más inteligente o talentoso, como muchas veces se piensa. Así, la pobreza es endémica al sur del Río Grande. Los pobres son hijos de pobres y padres de pobres, en un círculo difícil de romper. Y donde se ha roto, como en Venezuela, el escándalo internacional y el rechazo por las prácticas neocomunistas está servido. En muchos casos, los países latinoamericanos han seguido históricamente las recetas económicas y los dictados de su vecino del norte, prisioneros de sus multinacionales y vendidos por su propia élite. Con una población despolitizada, entregada a partidos políticos colorados o blancos, vacíos de contenidos y de programas pero dedicados sin ningún pudor a llenarse los bolsillos, y con una aristocracia local cuyo único interés es irse de compras a Miami, las oportunidades quedan acotadas a los que viven en sus jaulas de oro, dejando fuera a la mayoría de la población. Sin embargo, de un tiempo a esta parte muchos de estos países han dado giros copernicanos en sus gobiernos y sus políticas, intentando revertir su destino con medidas que, si bien sobre el papel están dando resultado, de momento no parece que mejoren las condiciones de la mayoría de la población.

Masiva manifestacion en Guadalajara contra los recortes sociales, en julio de 2012 // Foto: Nacho Izquierdo

Masiva manifestacion en Guadalajara contra los recortes sociales, en julio de 2012 // Foto: Nacho Izquierdo

Todo eso, explicado en un país como el nuestro, donde el empleado de la gasolinera puede ser vecino de rellano de un profesor universitario o de un ejecutivo de banca, grosso modo parece irreal. Pero poco a poco nosotros también vamos dando pasos en esa dirección. No creo que sea irremediable aún, pero las prácticas sudamericanizantes de viejo cuño empiezan a implementarse en España, justamente cuando esos países han abandonado ese camino. Las últimas elecciones fueron buena prueba de ello. Se mintió con los programas, se impusieron por la fuerza de una mayoría engañosa unos recortes que van a ser muy difíciles de levantar, y el empobrecimiento de la mayoría de la población hoy es patente. Pero no para todos: los ricos son más ricos que nunca, y con la crisis se han vuelto más ricos aún. Y ahí está ya la cuña de la pobreza, de las diferencias sociales, de la ley del más fuerte, como si España también estuviera al sur del Río Grande.

Dentro de unos meses tendremos Elecciones Municipales y Autonómicas, un ensayo de las Generales. Tenemos la oportunidad de empezar a revertir el proceso. O no.

magropeq* Originaria de Jadraque, Gloria Magro Esteban es periodista, licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense, y además tiene estudios universitarios de Antropología Social y Cultural. Como profesional de la comunicación trabajó en varios medios de prensa, radio y televisión de la provincia de Guadalajara, antes de dar un salto profesional, y vivir en primera persona los últimos años de vida del extinto periódico nacional “Diario 16”. Tras el cierre de esta cabecera cambió de profesión, y se recicló como auxiliar de vuelo. En la actualidad vive a caballo entre su casa de Guadalajara y cualquier país del continente americano, porque hace rutas transoceánicas unas tres veces al mes.

 

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