Orgullo molinés

Los molineses encienden una gran hoguera a los pies del monumento erigido con motivo del centenario del Dogma de Fe de la Inmaculada Concepción. // Foto: M.P.

Los molineses encienden una gran hoguera a los pies del monumento erigido con motivo del centenario del Dogma de Fe de la Inmaculada Concepción. // Foto: M.P.

Por Marta Perruca

Tengo que reconocer que, aunque suelo subir rauda y ligera a esta atalaya, no me resulta nada fácil hacer un análisis frío y aséptico de los paisajes que se ciernen a sus pies. De alguna manera, no sólo me siento reina de esta torre, sino que creo que todo lo que puedo contemplar hasta el horizonte me pertenece, hasta tal punto que forma parte de mí, de lo que fui, soy y llegaré a ser y, en definitiva, de mi identidad. Siempre he dicho que el frío tan característico de estas parameras y sierras molinesas forja el carácter y que los vecinos de estos páramos tienen un patrimonio que está por encima de sus hermosos paisajes, de sus castillos y fortalezas y de su legado histórico, arqueológico o cultural. Estoy hablando de lo que otras veces he definido como “el orgullo molinés” y que el filósofo, escritor y economista, José Luis Sampedro, describió muy bien cuando su libro “El río que nos lleva” le descubrió estas tierras molinesas. Él definió a sus gentes como personas “graves pero acogedoras, tradicionales pero abiertas, bien asentadas en su dignidad como un patrimonio supremo e irrenunciable.”

Sí, los molineses somos muy molineses, además de obstinados y cabezotas, y nos sentimos dueños de nuestros páramos y sierra y orgullosos de nuestra historia y tradiciones.

Me dispongo a escribir este artículo por aclamación popular del modesto quórum que forma este Hexágono. Ellos me pedían esta mañana que escribiera sobre lo que en mi tierra se conoce como “la pequeña Navidad o la Navidad chica”, es decir, la festividad de la Inmaculada en Molina de Aragón, una de las particularidades de esta ciudad, por la que los molineses adelantamos casi 20 días en el calendario la celebración de la Navidad, para reunirnos en torno a la hoguera, sentarnos a la mesa en familia y acudir a la tradicional Misa de Gallo, como parte de un privilegio único en el mundo con más de cinco siglos de historia.

El caso es que, cuando me he enfrentado al papel en blanco no he podido evitar reconocer en esta fiesta ese orgullo molinés y, entonces, han volado por mi cabeza todas las páginas de la historia que ha contemplado el imponente castillo-alcázar de Molina de Aragón desde sus almenas y, en todas ellas, he vuelto a reconocer ese orgullo de los molineses, a un tiempo, “graves pero acogedores, tradicionales pero abiertos, bien asentados en su dignidad, como un patrimonio supremo e irrenunciable”.

Ahora que en Cataluña la cosa de la independencia anda más revuelta que de costumbre y surgen a raudales los pretextos para justificar su secesión, no es extraño toparse en la prensa con artículos relacionados con los argumentos históricos que buscan en el pasado las raíces de su independencia. No hace tanto que  los catalanes celebraban su fiesta nacional con la Díada.  Ese día, por extraño que parezca, se celebra la caída de Barcelona, el 11 de septiembre de 1714, en manos de las tropas borbónicas, durante la Guerra de Sucesión. Tras la contienda, derrotado el candidato de la Casa de los Austrias, el archiduque Carlos, se instaura la dinastía de los Borbones, con Felipe V. El reino de Aragón, que incluía a Cataluña, había apoyado al candidato austriaco, por lo que Cataluña pierde sus fueros e instituciones.

Guardando las distancias y teniendo en cuenta que en mi tierra, aunque orgullosos de nuestra idiosincrasia, a nadie se le ocurre emprender una huida independentista, es cierto que ante el bombardeo de noticias sobre lo que está pasando en Cataluña, en más de una ocasión hemos entendido esta anécdota catalana como cogida con pinzas, porque Molina, se puede decir que sí surgió como Señorío Independiente, en medio de las disputas entre Castilla y Aragón. La taifa de Molina fue conquistada en 1129 por Alfonso I de Aragón, pero su repoblación se llevó a cabo por el Reino de Castilla, lo que supuso el inicio de los enfrentamientos entre ambas coronas por el territorio molinés. El conflicto se resolvió por mediación de Manrique de Lara con la Concordia de Carrión, en 1137, por la que Castilla devolvió a los aragoneses las plazas de Calatayud y Daroca y las tierras de Molina fueron declaradas solariegas, reconociendo, ambas coronas, a Manrique de Lara como primer señor de Molina y de Mesa. Surgió, de esta manera, en 1138 el Señorío de Molina, independiente de ambas coronas, manteniéndose así durante un siglo y medio, hasta que María de Molina, casada con Sancho IV, rey de Castilla, lo recibiera en heredad, tras la muerte de su hermana, doña Blanca de Molina en 1281, cuando el Señorío pasó a pertenecer a la Corona de Castilla. No obstante, sus fueros se mantuvieron casi invariables hasta su abolición en 1813.

Y a estas alturas todavía son muchos los que se preguntan por qué esta comarca guadalajareña, perteneciente a la parte castellana de nuestra región, lleva el nombre de Molina de Aragón, si tras su trayectoria como territorio independiente se adhirió al reino de Castilla. Pues este confuso apellido también tiene que ver con nuestro orgullo molinés. Lo relataba perfectamente un gran amigo, Óscar Pardo de la Salud, en su blog, la semana pasada. Dos siglos más tarde, cuando Enrique de Trastámara asesinó a su hermano para subirse al trono de Castilla, decide premiar a un francés, Beltrán de Guesclin, con el título de duque y la villa y Señorío de Molina, por la ayuda prestada. No conformes con ello, los molineses decidieron integrarse en el reino de Aragón, antes de caer en manos de un francés, que además había ayudado a asesinar al legítimo Rey de Castilla, Pedro I. El entonces Rey de Aragón, Pedro IV, acogió al Señorío de Molina bajo su reinado y mandó a su hermano, Juan de Aragón, con 500 jinetes y un gran batallón para hacer frente a los ataques del rey castellano. La que fuera Molina de los Caballeros perteneció a Aragón del 5 de junio de 1369 al 5 de mayo de 1375, cuando se firmó la Paz de Almazán y el Señorío fue devuelto a la Corona de Castilla, a cambio de una importante suma de dinero y el compromiso de nupcias entre el hijo del rey de Castilla y la hija del de Aragón. Esos años, dejaron como herencia perpetua ese apellido y la Torre de Aragón, que gobierna el punto más alto de la ciudad.

La reina Isabel la Católica, en diciembre de 1475, juró ante las Cortes de Castilla, que el Señorío de Molina jamás se cedería a nadie y estaría por siempre vinculado a la Corona de Castilla. Desde entonces, todos los reyes de Castilla, primero, y de España después, han ostentado el título de Señor de Molina. Felipe VI, es el XXXII Señor de Molina, y como lo hiciera su padre, tendrá que venir a estas tierras para ser confirmado como tal.

No, no existe un fervor independentista en el Señorío de Molina, aunque sí late en los corazones de los molineses un orgullo que, de alguna manera, nos hace dueños de nuestro destino. Así que cuando llegaron a estas tierras los franceses, tampoco consentimos permanecer bajo su yugo, por lo que los ejércitos de Napoleón tuvieron que quemar y saquear la villa en varias ocasiones. El incendio más devastador tuvo lugar el 2 de noviembre de 1810, convirtiendo en cenizas buena parte del esplendor de esta ciudad. No obstante, y a pesar de sus muchas limitaciones, esta comarca fue, durante la Guerra de la Independencia, arsenal de armamento -en 1809 se levantaba una fábrica de armas de la que salían hasta 10 fusiles diarios y en la que nacían los cañones de madera reforzados con remaches de hierro que aguantaban entre 15 y 20 disparos-. También fue granero, dispensario de uniformes militares, hospital -llegó a habilitar cinco hospitales para curar a los soldados-, academia militar y punto de reunión y reorganización de los ejércitos de Guadalajara, Aragón y Soria, a cuyas Juntas nutría con asiduidad de armamento, uniformes, calzado e incluso soldados. La villa llegó a ser refugio de hasta 20.000 reclutas y en ella configuró el brigadier Villacampa, famoso por sus innumerables campañas en el bajo Aragón, su columna formada por 4.000 soldados. Bajo su mandato luchó el batallón de Molina, formado por 600 contingentes y es recordada en Molina una de las batallas en los campos de Cariñena, en julio de 1810, cuando perdía la vida Celestino Malo, abanderado de la Orden de la Virgen del Carmen. También asistió a las necesidades de Juan Martín “El Empecinado” cuyas campañas se centraron sobre todo en la zona de la Alcarria y la Sierra Norte de Guadalajara. Como reconocimiento a la heroica conducta de los habitantes de la villa”, la Comisión de Premios de la Junta Suprema Central le concedía el 8 de julio de 1811 el título de ciudad y la construcción de un monumento conmemorativo en forma de pirámide. Un año más tarde, el 9 de julio de 1812, las Cortes Constituyentes de Cádiz ratificarían el acuerdo. Durante aquella época la Institución Provincial pasó a llevar el nombre de Diputación Provincial de Guadalajara con Molina.

Bula papal en la que se reconoce este privilegio, conservada en el archivo de la Iglesia de San Gil. // Foto: M.P.

Bula papal en la que se reconoce este privilegio, conservada en el archivo de la Iglesia de San Gil. // Foto: M.P.

Misa capitular con motivo de la Inmaculada. // Foto: M.P.

Misa capitular con motivo de la Inmaculada. // Foto: M.P.

También fue una cuestión de orgullo y cabezonería la que hizo que el Papa León X concediera, el 18 de febrero de 1518, el privilegio de celebrar una misa capitular en la media noche del día 8 de diciembre, en honor a la Inmaculada Concepción de la Virgen, tres siglos antes de que la Iglesia la proclamara Dogma de Fe. Este privilegio volvió a ser ratificado en 1883, por el Papa León XIII, una vez disuelto el Cabildo de Clérigos de la Iglesia de San Gil y por iniciativa de Melchor Gaona, encargado de la parroquia. Con motivo de la celebración del centenario de la proclamación del Dogma de Fe, en el año 1954,  los molineses decidieron erigir un monumento a la Virgen de la Inmaculada en el cerro donde se erige una ermita en honor a Santa Lucía. Cada año, en la tarde del 7 de diciembre, se enciende una gran hoguera a los pies de la Virgen que asciende hacia los cielos sobre una gran columna, con la luna como pedestal y con una corona de estrellas.

Este año, además, aprovechando la afluencia de gente, se darán cita la II Feria del Regalo y la Muestra de Cortos que organiza la Asociación Cultural “Socumo”.

Mis compañeros me pedían esta mañana que escribiera un artículo sobre por qué se celebra la fiesta de la Inmaculada en Molina de Aragón y qué significa para los molineses. Para mí estos días tienen un significado muy especial y quienes me conocen saben que siempre podrán encontrarme en mi pueblo en dos fechas señaladas: El Carmen y la Inmaculada, porque en ambas, por pura tradición molinesa, puedo disfrutar de una familia numerosa como la mía.

Al fin y al cabo, creo que si de algo estamos convencidos los molineses es que somos dueños de nuestro territorio, de nuestra historia y tradiciones, pero sobre todo, de nuestro orgullo, que en definitiva, ha configurado  nuestra identidad y, todavía hoy, sigue escribiendo los capítulos de nuestra historia.

Los molineses  celebran una cena familiar similar a la de Nochebuena. // Foto: M.P.

Los molineses celebran una cena familiar similar a la de Nochebuena. // Foto: M.P.

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2 pensamientos en “Orgullo molinés

  1. Marta se nota que has escrito con el corazón, si no es complicado hilar tan bien la historia, con los sentimientos y la pasión.
    Como siempre un lujazo leerte, como siempre aprendiendo de las grandes maestras.
    Gracias por estos retazos de nuestra historia en forma de artículo.
    Un beso grande y nos vemos pronto 😉

  2. Orgullo Molinés, mi comentario esta mañana en la hora de la comida “mañana me voy a mi pueblo, así que seguro que os veo a todos allí porque este puente todo el mundo va a Molina”

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