La experiencia se reduce a momentos únicos

“El terror me hizo pasar por encima de la muralla y seguir corriendo a fin de escapar de los fragmentos de roca que a cada momento esperaba se desplomaran sobre mí. En realidad lo que estaba ocurriendo era nada menos que un horrible terremoto. Tres veces se sacudió con violencia la tierra bajo mis pies, con intervalos de ocho minutos aproximadamente. Una gran mole de piedra se desplomó a media milla del lugar donde yo estaba, provocando su caída un ruido tan espantoso como el del trueno. El mar parecía sacudirse aún con mayor violencia que la isla.”

‘Robinson Crusoe’, de Daniel Defoe.

Por José Durán *

Me gusta recordar cuando mi padre me leía de pequeño las aventuras de Robinson Crusoe. Para un niño de un pueblo de Cáceres esos episodios en unos parajes totalmente lejanos y desconocidos no podían más que despertarme la imaginación y hacerme soñar despierto. Qué gran historia, cómo podían existir esos lugares. Cada día estaba deseando llegar a casa para seguir escuchando las aventuras de aquel náufrago en esos sitios imposibles.

José Durán, en una foto de su perfil de Facebook, con un banjo en una de las actividades de su librería.

José Durán, en una foto de su perfil de Facebook, con un banjo en una de las actividades de su librería.

¿Quién no tiene recuerdos de esos primeros cuentos que incluso antes de aprender a leer le contaban sus padres, o de aquel primer libro que fue capaz de leer solo por primera vez?

De niños estos momentos abren un espacio que nuestra fantasía rellena con una mezcla de ocultas ganas de que realmente pase algo distinto que rompa nuestra monotonía. El miedo se diluye con la atracción irresistible a que de verdad aparezca el lobo.

Nos enfrentamos gracias a todas esas historias, que otros han recogido o escrito para nosotros, a un cúmulo de emociones y anhelos, desconocidos hasta esos momentos, que despiertan nuestras inquietudes y, sin darnos cuenta, siembran lo que seremos después. Nuestra sed de aventuras aparece con las primeras lecturas y la alimentamos porque en el fondo la llevamos dentro.

Seguramente, para mal o para bien, no sería quien soy sin echar la vista atrás a todas esas historias que me contaban y a las que después buscaba en los cuentos. A todos esos libros que entonces y ahora he leído. Y ¿cuántos más quedan por descubrir?, ¿qué lugares imposibles, qué espacios y qué gentes que ni siquiera llegamos a imaginar?

Gracias a mi humilde profesión de librero, que lleva inherente la extraña misión de asesorar a los que vienen en busca de ese momento mágico que proporciona el encontrar el libro adecuado, tengo la suerte de seguir acercándome a esa literatura creada para los más pequeños. Seguramente si mi oficio hubiera sido otro, por ley natural me habría alejado de ese maravilloso mundo. Un mundo hoy enriquecido por los distintos formatos, por las bellas ilustraciones, por la molestia que se toman los autores en nutrir de emociones y enseñanzas todos esos libros.

Presentación de un libro de Pep Bruno, con la ilustradora Rocío Martínez, hace dos semanas en la librería Ballena de Cuentos. // Foto: R.M.

Presentación de un libro de Pep Bruno, con la ilustradora Rocío Martínez, hace dos semanas en la librería Ballena de Cuentos. // Foto: R.M.

Hoy en día contamos con miles de propuestas diferentes, para todo tipo de públicos que dejan a la pobre Caperucita a merced del lobo.

La literatura infantil hoy en día es un auténtico regalo a todos los sentidos. Además de un arte, se convierte en un transmisor de ilusiones, un hilo conductor de las emociones, un bello paseo, un momento que al niño, hoy en día sometido a la actividad continua, le relaja mientras le transporta a mundos y aventuras desconocidas.

La experiencia de un niño se reduce prácticamente a momentos únicos, porque cada cosa pasa casi siempre por primera vez. Cada cuento, cada libro, nos mantiene a todos siempre ante esos instantes mágicos de esa primera vez.

Hay que estar agradecidos a todos aquellos que desde nuestra infancia nos acercan a la magia de estas experiencias únicas. Primero seguro a los abuelos y padres que nos cuentan las primeras historias pero qué decir de los autores, de las ediciones, de los narradores  y, cómo no voy a incluir aquí, a las librerías que las ponen a nuestro alcance.

¿Hay algún regalo más barato y a la vez más enriquecedor que un libro cargado de belleza y emociones?

* José Durán Trinidad es librero en La Ballena de Cuentos de Guadalajara.

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