Vivir con miedo

Momento de la manifestación contra el terrorismo el pasado domingo en París. // Foto: Christopher Furlong (El País).

Momento de la manifestación contra el terrorismo el pasado domingo en París. // Foto: Christopher Furlong (El País).

Por Concha Balenzategui

Líneas de metro sin servicio, circulaciones de Cercanías interrumpidas, tráfico cortado, estaciones desalojadas. Por tres veces en menos de un mes una alarma infundada ha sobresaltado Madrid. A mí, como a muchos guadalajareños que estudian, trabajan o hacen gestiones en la capital de España, también me ha tocado alterar repentinamente mis movimientos.

La primera vez fue el 19 de diciembre, cuando un “perturbado” empotró su coche, cargado con dos bombonas de butano, en la sede del PP de la calle Génova. Fue a la hora en la que uno de los autobuses procedentes de Guadalajara desembarcaba en el intercambiador de Avenida de América. Los que tomábamos a continuación el suburbano comprobamos que, “por causas ajenas al Metro de Madrid”, los vagones hacia el centro de la capital se paraban. En medio de una gran confusión, los intentos de otros trayectos en una línea alternativa se veían sucesivamente interrumpidos sin más explicaciones. En pocos minutos, cuatro líneas suspendidas, leía en Twitter, donde los medios hablaban de un atentado con explosivos. Nada animaba a salir a la calle, salvo la necesidad de llegar a la oficina lo más pronto posible. Y el exterior ofrecía una imagen también alarmante: sirenas, y decenas de policías cortando el tráfico rodado y el paso a los peatones.

Cordón policial tras el incidente en la sede del PP, el 19 de diciembre. // Foto: El Confidencial

Cordón policial tras el incidente en la sede del PP, el 19 de diciembre. // Foto: El Confidencial

No pude evitar que, mientras caminaba deprisa sin saber aún lo ocurrido realmente, pensara en el yihadismo y regresara a mi cabeza el recuerdo del 11-M que tan duramente golpeó a nuestra provincia. Diez años antes, los viajeros no tenían un smartphone para escudriñar en las noticias sobre lo que estaba ocurriendo, ni un servicio de Wathsapp que permitiera poner rápidos mensajes de tranquilidad a la familia. Fue lo que yo hice, aunque encontraba noticias contradictorias, y mi mensaje solo consiguió despertar a todos con el anuncio de un atentado que luego resultó ser una extravagancia chapucera. Horas después, cuando por las redes sociales ya circulaban decenas de bromas sobre lo ocurrido, me tocó explicar cómo estar cerca del epicentro en ese momento y sin información clara llegaba a inquietar.

Unos días después, el 2 de enero, la estación de Atocha fue desalojada por la amenaza de un magrebí presuntamente dispuesto a inmolarse y hacer saltar la estación por los aires. Me pongo en la piel de los viajeros que vivieron la situación, y puedo compartir su inseguridad inicial. A mí, por fortuna, el incidente me pilló de vacaciones. Estaba de viaje en el extranjero, donde sufrí un registro más exhaustivo de lo habitual en el aeropuerto de regreso. La Policía británica se excusaba diciendo que las medidas se debían a una alerta excepcional. El 7 de enero, con el brutal ataque a la revista satítrica en París, entendí a qué se estaban refiriendo.

Caja de zapatos que desató la alarma en el intercambiador de Nuevos Ministerior, la semana pasada. // Foto: SIPE (ABC)

Caja de zapatos que desató la alarma en el intercambiador de Nuevos Ministerios, la semana pasada. // Foto: SIPE (ABC)

Al día siguiente de la masacre de París, tuvimos un nuevo sobresalto en Madrid. Este me llegó a la salida del trabajo: Varias líneas de metro cortadas e interrumpida la circulación del Cercanías que tenía previsto coger. La información volvía a ser confusa, pero el hecho cierto es que había trenes parados en Alcalá de Henares, Azuqueca y Torrejón de Ardoz, mientras Nuevos Ministerios se había desalojado por la aparición de un supuesto paquete bomba. De nuevo caos circulatorio, trabajadores atrapados sin saber cómo regresar a casa, y búsqueda de información fiable y de alternativas para desplazarse. Esta vez el motivo de la alerta era aún más estúpido. Una caja de zapatos, probablemente olvidada por un comprador de las rebajas, había despertado las sospechas que alteraron el centro de la ciudad durante más de una hora. Y todo mezclado con la conmoción de lo ocurrido el día anterior.

Afortunadamente, ninguno de los episodios de estos días ha tenido consecuencias más allá de los colapsos circulatorios y los retrasos de cientos de personas. Todas las respuestas ciudadanas que he visto en estos casos eran de fastidio, pero de abnegación. Con la mente puesta en buscar rápidamente el camino a casa o a la oficina, pero de forma serena. Con inquietud, nunca con pánico. Ahora, tras el atentado de Francia, entendemos las medidas de la Policía y las suspensiones en los medios de locomoción. Yo tampoco puedo criticar las reacciones inmediatas y contundentes adoptadas “en caliente” por las autoridades ante una amenaza sin identificar. Porque sé que quienes toman la decisión de parar un metro o desalojar una estación están jugando con fuego por nuestra seguridad, aunque al final, tanto el sobresalto inicial como las molestias resulten desproporcionadas. Pero la repetición de los hechos hace que dejen de ser una anécdota para plantearnos qué grado de seguridad y de libertad de movimientos vamos perdiendo ante cada alarma.

Manifestación de París, el pasado domingo. // Foto: El País

Manifestación de París, el pasado domingo. // Foto: El País

Estamos todos muy “tocados” por lo vivido en los últimos días, y no podemos permanecer ajenos a una amenaza que se ha globalizado. Yo no puedo quitarme esa maldita sensación de vulnerabilidad, la constatación de que mi día a día puede verse alterado en cualquier momento. Y, además, me repugna la idea de que los “malos” están ganando la partida. Porque ese es el objetivo de los terroristas, más allá de unos muertos inmediatos: Sembrar la sensación de que todos podemos ser víctimas, para coaccionar a las sociedades. Meternos miedo en el cuerpo. Ponernos en un estado de alerta permanente. Y yo no quiero darles el gusto.

Veo sorprendida las imágenes de esa tremenda demostración de fuerza del pasado domingo con Merkel, Hollande, Juncker, Cameron, Renzi o Rajoy a la cabeza de cientos de miles de ciudadanos contra el terror. Pero no me tranquilizan, porque sé que es ese mismo terror el que nos mueve. Y nadie me quita la sensación de que somos vulnerables.

Se celebran cumbres internacionales que hablan de reforzar las medidas de seguridad en las fronteras, en internet, en los aeropuertos, y en cualquier sitio de gran trasiego. Leo noticias que hablan de involucrar a profesores, trabajadores sociales y médicos para detectar los síntomas de radicalismo entre los musulmanes. Me temo que todo acabará traduciéndose en más controles, más registros, más fastidio e inconvenientes también para los pacíficos, a quienes dificultarán nuestros movimientos más rutinarios.

Hay que pensar detenidamente hasta dónde llegamos con las medidas que decretamos en días de conmoción, y que perduran después durante años. Las que hacen que 13 años después del 11-S sigamos descanzándonos, mostrando nuestro neceser y dejando hurgar nuestra ropa interior en el aeropuerto, aunque nuestros muertos sean los de un tren de Cercanías al que uno sube con solo comprar el billete.

Siento que cada vez que legislamos para salvaguardar nuestra seguridad, perdemos un pedazo de libertad. El miedo es el caldo de cultivo perfecto para una nueva vuelta en la tuerca que aprieta las libertades individuales, y a veces con otras pretensiones. Excusas para mordazas que acaban coartando el derecho de circulación, de expresión y en definitiva la democracia, mientras seguimos asustados ante una simple caja de zapatos.

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