La distopía de la Alcarria

La torre de Caja de Guadalajara era una 'broma' al lado del Faro del Henares que Gestesa proyectó, pero no hizo, en Alovera. // Foto: Lacronica.net.

La torre de Caja de Guadalajara era una ‘broma’ al lado del Faro del Henares que Gestesa proyectó, pero no hizo, en Alovera. // Foto: Lacronica.net.

Por Rubén Madrid

A ciertas utopías, como a los cerdos, les acaba por llegar su ‘San Martín’. Es ese momento en que se desploman como un castillo de naipes, en medio de una coral de carcajadas. Porque lo peor de imaginar cómo será el mundo el día de mañana es que seguramente el día de mañana el mundo no será como lo habíamos imaginado. Le sucedió a maestros como George Orwell en ‘1984’, que habría hecho mejor en situar sus episodios un poco más tarde, y le ha ocurrido en general a la literatura y a la siempre atrevida filmografía de ciencia ficción. Incluso en su versión más comercial y pop, como en la película ‘Regreso al futuro’, donde las cosas en este 2015 al que viajaron no son como esperábamos. No tenemos ni hidratadores de comida ni monopatines voladores. Echen un vistazo, si no, al simpático repaso que hacía la semana pasada la agencia Europa Press en su reportaje ‘2015 de regreso al futuro vs 2015 real aciertos y fallos’.

Guadalajara, además de alguna utopía (como la autovía de la Alcarria, rebautizada como ‘utopía de la Alcarria’) ha tenido también sus propias distopías, que no son meras profecías incumplidas como el fin del mundo maya, sino estos mundos de pesadilla imaginados para prevenirnos del mal y que, afortunadamente, y como el 1984 del Gran Hermano, se quedan sólamente en el papel… concretamente en papel mojado.

En Guadalajara ahora sabemos que el futuro ya está aquí y que tampoco ha sido como lo imaginamos.

Los delirios de la fiebre inmobiliaria se han apagado con la crisis y finalmente Alovera no tiene el rascacielos más grande de la región, con cuarenta plantas. El Palacio Ducal de Cogolludo no se convirtió en un centro de interpretación consagrado a don Quijote, como tampoco la aldea abandonada de Tobes es la gran Ciudad del Cine que se anunciaba ni la Real Fábrica de Paños de Brihuega acoge a los turistas más selectos como hotel de cinco estrellas.

¿Fue la cordura quién impidió que estos proyectos saliesen adelante?

Real Fábrica de Paños de Brihuega. // Foto: Eduardo Bonilla.

Interior de la Real Fábrica de Paños de Brihuega, hace tres años. // Foto: Eduardo Bonilla.

Uno de los casos más llamativos ha sido la Real Fábrica de Paños de Brihuega, un edificio del siglo XVIII que iba a albergar un hotel de cinco estrellas –después de ser desestimado el proyecto de Parador Nacional–. La constructora Rayet lo compró y generó no pocas expectativas con el anuncio de una inversión de 8,7 millones de euros para rehabilitar este bien de interés cultural (BIC) y levantar un hotel de lujo con 50 habitaciones. Hoy, más de una década después de que la empresa lo adquiriese por 2,2 millones, la última noticia que hemos tenido es que se ha caído parte del tejado. Un agujero enorme en la cubierta: eso es lo que queda de un proyecto que amenaza con encarnar como ninguno el desplome literal del castillo de naipes en que han desembocado los delirios tremendos de ayer. Hoy nadie espera en Brihuega un alojamiento despampanante. Los briocenses se dan con un canto en los dientes si se lleva a cabo un apuntalado de emergencias.

Otro gran debate pasó por el futuro uso del Palacio Ducal de Cogolludo, uno de los edificios más emblemáticos de la provincia. En algunos casos conviene que a las distopías, o las ocurrencias políticas sin más, se las trague un agujero negro: Barreda dijo en 2007 que a la conveniente rehabilitación que se puso entonces en marcha le sucedería una genialidad, la cesión del edificio a la Junta para su musealización como recreación del Palacio de los Duques de la segunda parte del Quijote. En este año celebramos el IV Centenario de la publicación de esta segunda parte, afortunadamente sin inauguración a la vista en Cogolludo.

¿Pero qué me dicen de Tobes, de la gran meca del cine que se iba a levantar en una aldea abandonada? Ese era el sueño que despertó de su letargo a este despoblado del municipio de Sienes. De la nada más oscura a un cielo plagado de estrellas del celuloide. La crisis rebajó al final los ímpetus de un proyecto que pretendía ser algo así como La Masía para hacer cantera de cineastas. Ha mantenido por nombre Orson The Kid y ha acogido algunos campamentos para jóvenes, pero lejos de los desvaríos originarios. Como también se quedó en cuarto y mitad el revolucionario proyecto cifrado inicialmente en nada menos que 25 millones de euros para convertir el Monasterio de Sopetrán de Hita en un poblado medieval con 200 unifamiliares de piedra y madera, un complejo de lujo vintage. Con balneario, por supuesto.

Pero de entre todos los proyectos, y mira que los ha habido caros y ambiciosos, hay uno que sobresalía por encima de todos, un megaproyecto que quiso hacer honor a la grandilocuencia de la retórica inmobiliaria de los años de expansión. No sé si lo recuerdan: una torre de cuarenta plantas, un diseño de oficinas vanguardista con planta circular que apuntaba al cielo y que no tendría nada que envidiar al edificio Agbar de Barcelona. Iba a ser el rascacielos más alto de la región y lo proyectó Gestesa en Alovera, concretamente en el camino de la Barca del polígono anexo a la A-2 donde se asienta la fábrica de Mahou.

La criatura, con el rimbombante nombre de Faro del Henares, fue presentada ante el Ayuntamiento campiñero. Seguía la misma estela de otros rascacielos como Torre Garena en Alcalá de Henares o Torre Gestesa Chamartín en la capital del reino, también impulsada por la misma promotora inmobiliaria. La altura del coloso aloverano sería de 130 metros, mayor incluso que las Torres Kio o Torre Europa y, desde luego, miraría muy por encima del hombro a la torre de Caja de Guadalajara, de cuyos avatares recientes también les doy por enterados.

Planos del proyecto Orson The Kid, de 'ciudad del cine' para niños.

Planos del proyecto Orson The Kid, de ‘ciudad del cine’ para niños.

El Pleno de Alovera dio el visto bueno en 2006 a la operación de recalificación como suelo terciario de 300.000 metros cuadrados, con el objetivo, dijo el equipo de gobierno, de atraer firmas hasta estas oficinas. Pero entonces llegó Paco con las rebajas. El último anuncio del proyecto data de la primavera de 2008, en los albores de la crisis. En  mayo de ese año el Ayuntamiento dio luz verde al aplazamiento de seis meses del pago de los 21 millones de euros convenidos con la UTE de Gestesa para desarrollar este proyecto en el sector II-1. No hemos vuelto a saber nada. No se ha vuelto a hablar de ello, a menos que la memoria y el buscador de Google nos hayan traicionado.

El de Alovera no fue el único gigante con pies de barro. También en Guadalajara capital se anunció la construcción de rascacielos, alguna torre más de Hercesa, otras de Realia y del Grupo Santos –frente al polígono del Balconcillo–. Pero hoy la crisis ha rebajado la altura de los proyectos inmobiliarios. Tampoco se ha vuelto a hablar más del segundo centro comercial, cuando hace apenas una década el Ferial Plaza todavía por abrir resultaba a todas luces insuficiente, al menos a las luces de aquellos iluminados que nos alumbraban.

La provincia con una de las estaciones de AVE menos transitadas de España, en Yebes, también inventó sus cuentos de la lechera, ahora frustrados. Últimamente nos hemos lamentado hasta la saciedad, pero entonces muchos se creyeron el sueño posible de construir casi de la noche a la mañana una ‘Avelandia’ de 30.000 habitantes –Ciudad Valdeluz tendría más población que Azuqueca–. El ritmo ya se ha frenado considerablemente y cualquier previsión pasa por una planificación mucho más realista. Y no sólo en Yebes: las expectativas de crecimiento no se han cumplido en ningún otro lugar. Un famoso estudio de la CEOE fijaba una previsión para 2010 en la que la provincia habría alcanzado los 350.000 habitantes, se habrían creado 50.000 nuevos puestos de trabajo y pueblitos como Valdarachas pasarían de tener 28 vecinos a pasar de los 13.000.

Guadalajara no es un caso aislado en un país de campus universitarios a medio construir, de grandes palacios de congresos, de centros de arte vacíos de contenido y de parques temáticos con los motores ‘al ralentí’. Un periodista de El Mundo, Pedro Simón, ha llegado a hacer incluso una serie de reportajes por todo el país siguiendo la que ha llamado ‘Ruta del Despilfarro’. Pero lo que sorprende, en Guadalajara como en resto del país, no es sólo el desvergonzante derroche de fondos públicos para sufragar estos delirios de grandeza, que son un mal en el que la democracia no ha logrado distinguirse de reyes y tiranos. Lo que sorprende todavía más es el nivel, dicho incluso en sentido literal, que alcanzó esta escalada de alucinaciones de la que fuimos presa. Piénselo en frío: una torre de cuarenta plantas no en Hong Kong o Nueva York, ni siquiera en Madrid o en Barcelona, no: en Alovera.

Esas torres, esos residenciales de lujo y esos megaparques temáticos son, por caros, por disparatados y también por innecesarios, los monstruos que pueblan nuestra particular distopía de la Alcarria. Como si en vez de haber sido trazados en planos y maquetas hubiesen sido en realidad delirios surgidos de una mente retorcida, una premonición grotesta que nos previniese de que el futuro avanzaba hacia la pesadilla.

¿Triunfó la cordura, entonces?

No. Simplemente vino la crisis.

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5 pensamientos en “La distopía de la Alcarria

  1. Vivo de muy poco tiempo aquí, cerca de Guadalajara, y no conozco bien toda esta “distopía”. Pero el post lo describe tan bien que se me pone el pelo de punta. Por otro lado es uno de los pocos momentos cuando me alegro que ha llegado la crisis.
    ¡Felicidades! Tu entrada es maravillosa.

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