Aún estamos a tiempo

El autor del artículo, el arqueólogo cabanillero Pablo Aparicio.

El autor del artículo.

Por Pablo Aparicio Resco *

Tomar una fotografía de la situación actual del patrimonio histórico-artístico de Guadalajara no es sencillo, da ciertos sudores y uno no sabe por dónde empezar a meter mano. El camino no es directo, habrá idas y venidas, ilusiones y desaliento, pero merecerá la pena si nos ayuda a entender un poco mejor los grises de nuestra ciudad.

El patrimonio de esta capital de provincia tiene, quizás, algo del mito de Edipo. Éste, cuando era todavía un bebé, fue abandonado por su padre Layo, convencido de que su vástago sería su asesino. Edipo, encontrado y criado por otra familia, decidió consultar al oráculo, que le informó de que asesinaría a su padre y se casaría con su madre. Confundido, dejó a la familia con la que se había criado –que creía su verdadera familia– y acabó topándose con su padre biológico, matándole en una trifulca y casándose, tal y como había predicho el oráculo, con su madre. Intentando no cometer el error al que estaba condenado acabó cometiéndolo. Ironías del destino. Algo similar le ha pasado a Guadalajara: las ansias de progreso de una ciudad que descansa su síndrome de inferioridad a la sombra de Madrid han acabado condenándola a un vacío casi completo de pasado material, de personalidad monumental. Éste, a su vez, la hunde todavía más en la insignificancia. Las destrucciones se han sucedido, una tras otra, con más prisa que pausa, desde al menos el siglo XIX, auspiciadas por la incompetencia o la soberbia de gobiernos de cualquier color y por un pueblo sin conciencia patrimonial. El perfil que observamos en el dibujo de la ciudad que trazó Wyngaerde en 1565 nos golpea con las calles por las que hoy paseamos, calles de una ciudad irreconocible.

Guadalajara tiene sangre de horchata. De fábrica y marca blanca. Dos ejemplos nos bastarán para mostrar que se siguen cometiendo los mismos errores, que se sigue desmantelando la memoria de la ciudad. La esquina de la Cuesta del Reloj ya no forma parte del entramado urbano, ha sido sustraída, eliminada, convertida en solar para dejar paso a algún otro edificio de nueva planta. Reluciente, sí. Pero vacío y sin alma. A pocos metros, la plaza de Dávalos ya agoniza horripilante y fría. Se sustraen espacios a la ciudadanía para entregárselos al asfalto. Suma y sigue. Esto también es acabar, poco a poco, con el Patrimonio. Romper las redes que construyen el tejido histórico de una ciudad, los rincones que conforman la memoria de sus habitantes y la conectan con la de los que les precedieron. Luego se nos puede llenar la boca, eso sí, con promesas vacuas de convertir el Infantado en Patrimonio de la Humanidad. Pero ya será tarde. Acabando con los trazados y casas históricas de la ciudad se deslocalizan los monumentos más destacados, pierden su contexto y, arqueológicamente, mueren. Llegados a este punto, ¿qué importa que estén en Guadalajara? No me extrañaría, si seguimos por este camino, que dentro de cincuenta años se decida vender la Capilla de Luis de Lucena a un empresario Chino para que la instale en el museo de su rascacielos de Hong Kong.

Dibujo de Guadalajara de Anton Van der Wyngaerde (ca. 1565). // Fuente: http://arquiguad.blogspot.com.es/2010/09/wyngaerde-y-guadalajara.html

Dibujo de Guadalajara de Anton Van der Wyngaerde (ca. 1565). // Fuente: http://arquiguad.blogspot.com.es/2010/09/wyngaerde-y-guadalajara.html

¿Para qué sirve el Patrimonio? Nos preguntaremos entonces. “Tener una iglesia del siglo XV es inútil”, podemos llegar a pensar. Me gusta recordar siempre esta frase del filósofo rumano Eugène Ionesco: “Si no se comprende la utilidad de lo inútil, la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte”. Y tenía razón. La cultura no se puede pesar, no te puedo vender tres cuartos de mi conocimiento sobre la Historia de España, no puedo comprar mi propia reflexión crítica en el Corte Inglés. Qué profunda desazón saber que no hay manera de acceder a la empatía con una tarjeta de crédito. Qué terrible la imagen de alguien que sostiene un libro de Dostoievski pensando que aquello no sirve para nada. Sí, quizás como pisapapeles o como tope de una puerta. Los que mercantilizan la sociedad y la ciudad pueden prescindir de cultura, de conocimiento histórico, de reflexiones críticas y de empatía, porque no pueden comprarlo ni venderlo, no pueden hacer negocio con ello, son cosas inútiles. Conviene recordar también las palabras de otro filósofo, en este caso italiano, Nuccio Ordine: “Entre tantas incertidumbres, con todo, una cosa es cierta: si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida.”

Sin embargo, no todo es desazón. Ni mucho menos. Son las iniciativas colectivas e individuales las que están intentando rescatar y poner en valor aquello que queda del patrimonio de Guadalajara. En una conversación, hace unos meses, Susana Ruiz nos recordaba la importancia de unirnos todos y salir a la calle a reivindicar nuestro patrimonio. Querían hacernos pagar por acceder al famoso Palacio del Infantado pero las movilizaciones populares frenaron esta “expropiación” encubierta. El Monasterio de Bonaval o el Castillo de Galve de Sorbe son ejemplos de patrimonio en peligro –estos fuera de la capital– que gracias al trabajo del Grupo de Defensa del Patrimonio de Guadalajara, junto con otros colectivos, se están dando a conocer y consiguiendo pequeñas ayudas, insuficientes pero oxigenantes. La labor de los históricos del estudio de nuestro patrimonio, como Herrera Casado o José Pradillo, resulta también encomiable: incansables, estoicos, siguen publicando y difundiendo cuanto pueden. Pero detrás de ellos vienen otras generaciones que se dejan ver, entre otros sitios, en la Asociación de Amigos del Museo de Guadalajara y su apretada agenda de actividades, conferencias y publicaciones. A esto nos sumamos otros investigadores y empresas que, en ocasiones sin ninguna retribución, intentamos poner nuestro pequeño grano de arena para recuperar la memoria de la ciudad. Mientras tanto, la realidad sigue pegando fuerte: en una televisión local que no nombraré aquí, me comentaba hace poco una periodista que en la Junta se pavonean de tener superávit mientras dan palmaditas en la espalda a proyectos inútiles. Así nos va.

Iniciativa 'Abraza el Infantado', Guadalajara / Foto: Nando Rivero-La Calle Guadalajara

Iniciativa ‘Abraza el Infantado’, Guadalajara / Foto: Nando Rivero-La Calle Guadalajara

La crisis ha tenido su faceta positiva: se ha creado un perfecto caldo de cultivo para el despertar de las conciencias, se ha pegado un escobazo en la pared que ha despertado a propios y ajenos, y mucha gente se ha puesto en marcha. La iniciativa está ahora en manos de colectivos, asociaciones y pequeñas empresas que, cargados de ideas y con una formación envidiable, empiezan a tirar de un carro que tiene las ruedas atascadas en el fango de unos gobiernos noqueados, incapaces, a los que la realidad quizás les viene grande. Se explica así la huida hacia delante de aquellos que no quieren escuchar las nuevas voces y sensibilidades, de aquellos que no comprenden que el patrimonio debe entenderse como espacios de construcción de la memoria y no como sacacuartos a los turistas, de aquellos edipos que, por querer atrapar al fantasma del progreso, están vistiendo con harapos una ciudad que podría ser bonito recuperar.

Para algunos indígenas americanos, la Tierra es la herencia que dejan los hijos a los padres –sí, en este orden que a los occidentales se nos antoja incongruente–. Es decir, aquellos que no han nacido tienen derechos pero carecen de obligaciones –pues no están entre nosotros–. Les corresponde a los padres garantizar el derecho de sus hijos a disfrutar de la Tierra como próximos habitantes (esto es, cuidar su entorno como si ya fuera propiedad de los que están por venir). Merece la pena recuperar esta filosofía ecologista –sostenible y responsable– para entender también el patrimonio como una doble herencia: de nuestros padres, para recordarles y entenderles, y de nuestros hijos, para protegerla y enriquecerla hasta que ellos lleguen.

Aún estamos a tiempo.

* Nacido en 1989, es historiador del arte (UCM), máster en arqueología (UV) y especialista en virtualización del patrimonio (UA). Ha participado en varias excavaciones en España y el extranjero y ha llevado a cabo múltiples publicaciones científicas (Academia.edu). Actualmente dirige PAR – Tecnologías de representación gráfica del patrimonio y realiza trabajos de Arqueología Virtual. Además, es docente de cursos de extensión universitaria de la Universidad de Burgos y de cursos de postgrado del Incipit (CSIC). Compagina su actividad profesional con su activismo político en Podemos Cabanillas del Campo. Puedes seguirle en Twitter: @ArcheoPablo o visitar su blog: https://parpatrimonioytecnologia.wordpress.com/

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