Un traje cortado a medida de los cazadores

Imagen de la manifestación contra la nueva Ley de Caza que se celebró en Toledo, la semana pasada. // Foto: ediario.es

Imagen de la manifestación contra la nueva Ley de Caza que se celebró en Toledo, la semana pasada. // Foto: ediario.es

Por Marta Perruca

La foto salió borrosa, pero nos llevamos esa imagen impregnada de ternura y entusiasmo en la retina. Volvíamos de disfrutar de un precioso día de otoño, en el que un reluciente sol decidió calentar lo suficiente como para permitirnos mojar nuestros pies en las frías aguas del río Tajo, cuando apreciamos un atisbo de movimiento entre la frondosidad del bosque. Al afinar la vista nos apercibimos que se trataba de una hermosa cierva acompañada de sus pequeños cervatillos y enseguida paramos el coche en un apartadero y desenfundamos nuestra cámara de fotos. En una zona con escasa afección antrópica como la comarca de Molina de Aragón, de la que procedo, es bastante frecuente avistar animales silvestres, como ciervos, corzos o algún que otro zorro, pero no por ello dejamos de exclamar de alegría cuando los vemos, como si se tratase de un hecho insólito, de la misma manera que buscamos un rincón estratégico, cercano a la carretera, cuando el verano comienza a languidecer y acudimos a escuchar esos alaridos, casi humanos, que emergen de las profundidades del bosque y que anuncian el comienzo de la berrea. Si se permanece en silencio, incluso se puede escuchar el sonido del batir de los cuernos de los cérvidos.

No, no me gusta la caza. Sinceramente,  no puedo entender como alguien puede apretar el gatillo para herir de muerte a esas criaturas que, a menudo, se nos aparecen en el monte y nos hacen exclamar de emoción, casi haciéndonos cómplices de un estado natural y salvajeque forma parte de nuestra propia naturaleza.

Sin embargo, no se puede decir que esté en contra de esta actividad, como tampoco me muestro beligerante contra los toros, a pesar de que, por los mismos motivos, no me gustan. En primer lugar, porque en mi forma de ser no cabe que una opinión particular, en este caso, la mía, deba ser medida de todas las cosas, ya que, como puse de manifiesto en otro artículo, probablemente, mis argumentaciones encontrarían otras bien fundamentadas en sentido opuesto. Así, soy consciente de que la caza representa una importante fuente de ingresos en el medio rural y permite la supervivencia de los negocios turísticos en temporada baja. También podrían decirme que los cotos son los principales interesados en que se mantengan las poblaciones cinegéticas y sus planes cinegéticos, cuando se ejecutan de manera responsable, pueden contribuir a mantener la sostenibilidad de las especies y evitar plagas. No me van a hacer cambiar de opinión y creo que jamás compartiré sus postura, pero la respeto.

A veces tengo la sensación de haber dejado por el camino esa pasión y fervor adolescente que me empujaba a luchar con vehemencia por las causas que consideraba justas y me reprocho a mí misma este carácter templado. Realmente, envidio a esas personas que son capaces de posicionarse a uno u otro lado con convencimiento ¿Cuántas veces me habré cuestionado si no debería ser más combativa respecto a según qué cosas? Pero lo cierto es que el camino que he escogido me ha descubierto que la verdad nunca tiene una sola cara; que las cosas nunca son blancas o negras y que es necesaria una tensión entre polos opuestos para llegar a un término medio. De alguna manera, también me obliga a intentar mantenerme lo más cerca posible de ese pañuelo rojo que marca justo la mitad de la cuerda, aunque reconozco que no siempre es fácil.

El problema aparece cuando alguien se lía la manta a la cabeza y decide cortar la soga apropiándose del extremo más largo. Creo que es eso, precisamente, lo que ha ocurrido con la nueva Ley de Caza de Castilla-La Mancha, cuyo proyecto fue aprobado antes de las Navidades en Consejo de Gobierno. Esta medida ha despertado reacciones contrarias de colectivos y ciudadanos y ya son más de 118.000 las firmas recogidas en contra. De hecho,  el pasado 21 de febrero expresaban su malestar durante una manifestación en Toledo.

Es de ese sentido común, en estos tiempos el menos común de los sentidos, que las leyes en las sociedades deben dictarse para garantizar la convivencia de sus miembros y regular, de manera justa, sus obligaciones, derechos y libertades, pero la realidad es que en este caso en concreto la Ley se ha elaborado para  favorecer los intereses de los titulares de los cotos y los cazadores, sin tener en cuenta otros muchos aspectos relacionados con los derechos de uso y disfrute del resto de ciudadanos; la protección y conservación del medio natural y los propios derechos de los animales. De hecho, ya han aparecido en la prensa informaciones que apuntan a que los propios responsables de elaborar la Ley son parte interesada en la misma.

A lo largo de sus capítulos, artículos y disposiciones son muchos esos puntos, ciertamente camuflados, que inclinan la balanza claramente hacia un lado. Un documento de Ecologistas en Acción da cuenta, de manera pormenorizada, de todos ellos, que cualquiera puede consultar y valorar como estime oportuno.

Ciudadanos reclamando el uso público de los montes, frente a la caza. // Foto: eldiario.es

Ciudadanos reclamando el uso público de los montes, frente a la caza. // Foto: eldiario.es

Personalmente, me ha llamado la atención el siguiente párrafo, que aparece incluido en el artículo 26, por el que se prohíbe “cualquier acción que pretenda espantar la caza existente en terrenos ajenos, así como aquellas que provoquen la huída o alteren las querencias naturales, incluida la recogida de espárragos, setas, hongos, u otros frutos silvestres en los días de caza o previos a estos, cuando esté correctamente señalizada la cacería y se actúe sin el consentimiento del titular del aprovechamiento cinegético. No se entenderá como práctica de espantar, aquellos procedimientos y medios permitidos para proteger los cultivos u otros bienes”, es decir, que se da prioridad a la caza frente a cualquier otra actividad que pueda desarrollarse en el monte e interferir en el buen desarrollo de la misma.

También me ha soliviantado especialmente que se  permita el establecimiento de vallados secundarios, que puedan vedar el tránsito por caminos o veredas, o se favorezca la construcción de infraestructuras cinegéticas sin contemplar una regulación en cuanto a su impacto medioambiental.

Pero lo que realmente me ha sacado los ojos de las órbitas es que se permita cazar animales domésticos asilvestrados o incluso la caza con lanzas, arcos, ballestas; en horario nocturno o en vehículo motorizado. Es cierto que se reconocen limitaciones a estas prácticas, pero no por ello dejan de estar permitidas.

Siempre he creído en la necesaria existencia de grupos de presión o tendencias con posturas enfrentadas, como condición de posibilidad de una lucha dialéctica que pueda dar  lugar a una regulación y gestión más mesuradas y equilibradas, que respondan a los intereses de una mayoría –una postura ciertamente idealista, lo sé-  y, sinceramente, me da miedo la facilidad con la que nuestros representantes pueden cortar la cuerda a su antojo. Aquel día de campo todas las fotos nos salieron borrosas, como esos derechos de los animales y de los propios ciudadanos que ahora quedan desdibujados.

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2 pensamientos en “Un traje cortado a medida de los cazadores

  1. Un hombre, vuelve tranquilamente de su trabajo, circulando a una velocidad adecuada, y un ciervo irrumpe en la calzada y es atropellado, con la mala suerte de que el vehículo se sale de la calzada y se mata su conductor. ¿Quién es el responsable? El muerto, según la legislación vigente, y estos es gracias a los grupos de presión de los cazadores, y a los nefastos legisladores que tenemos. Es un desprecio a la seguridad vial y a los conductores.

  2. Pingback: Se fueron con el viento |

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