Las bacanales de Cospedal

Cospedal, en una instantánea de la Cumbre del  Vino del año pasado. // Foto: JCCM:

Cospedal, en una instantánea de la Cumbre del Vino del año pasado. // Foto: JCCM:

Por Rubén Madrid

En el Olimpo de la mitología griega vivían doce dioses y diosas que “pertenecían a la misma grande y pendenciera familia”, según relataron los aedos y, más tarde, Robert Graves en su fascinante ‘Dioses y héroes de la antigua Grecia’. Aquellos seres que se elevaban por encima de todos los mortales, no sin signos de menosprecio, “vivían todos juntos en un enorme palacio erigido entre las nubes, en la cima del monte Olimpo, la cumbre más alta de Grecia”, continúa Graves. Aunque tenían la encomienda de trazar los designios de los mortales, casi siempre andaban más bien enfrascados “en sus propias disputas y pleitos”.

Un día Zeus anunció que un hijo que había tenido con una mortal llamada Semele debía ocupar un lugar en el consejo del palacio. Dionisos, que así se llamaba, había hecho méritos: era el inventor del vino. Su ingreso puso fin a la paridad en los cielos griegos –una diosa, Hestia, le ofreció su lugar– e inauguró la muy preciada costumbre por parte de las civilizaciones venideras de divinizar el vino. Tras los griegos, los romanos humanizaron la cogorza: Baco es el nombre que dieron a Dionisos y bacanales a las juergas que se corrieron en su nombre. Hubo de hecho una suerte de sociedades que celebraban en secreto estas reuniones, hasta cinco en el mes de marzo. Y siempre a puerta cerrada. Ahora Cospedal es la heredera de esta tradición en nuestra tierra.

De hecho, fiel a las tradiciones con más solera, el Gobierno de Castilla-La Mancha va a volver a celebrar también en el mes de marzo un auténtico homenaje a Baco con la segunda Cumbre Internacional del Vino. Lo hará por todo lo alto, con conciertos en 16 escenarios de la región: Pitingo, José Mercé, Niña Pastori, El Cigala, Manu Tenorio y, entre otros, el exKetama Antonio Carmona, el único que se celebra en la provincia de Guadalajara.

Que corra el vino, por tanto, que las entradas son gratuitas… aunque con invitación previa.

Dirigentes provinciales del PP en la Noche del Vino. // Foto: JCCM.

Dirigentes provinciales del PP en la anterior Noche del Vino, en el Infantado. // Foto: JCCM.

Porque la que invita a estas bacanales es la Junta. 800.000 euros cuesta la cumbre. La misma cantidad este año que el pasado, según datos facilitados por la oposición socialista. Así que ya van 1,6 millones de euros para promocionar el vino, unas cifras que a lo mejor a alguno le hacen creer que se han acabado los recortes y que entramos en días de vino y rosas.

Este sector tiene una importancia vital en nuestra región, sobre todo al otro lado del Tajo, pero la cifra de gasto en promoción es obscena. Y hay que añadir la ingente campaña en los medios subvencionados por Cospedal, como los 120.000 euros que en la primera edición se llevó Guadanews por los publirreportajes en dos de sus números o los más de 240.000 euros facturados en conceptos vinícolas por Popular Televisión, que se ve que a la Junta le cobra con las tarifas de Telecinco. Eso es una bacanal: una fiesta sin freno en nombre del dios del vino.

Saraos, fiestas y despilfarro. La consejera de Economía, Carmen Casero, se quejaba de que Barreda convirtió el Año Quijote de 2005 en “saraos, fiestas y despilfarro”, aunque ahora vemos que se decía la sartén al cazo, porque la Noche del Vino del próximo viernes 13, como vemos, no se queda corta.

Toda una metáfora del modelo de gestión de Marín: un teatro convertido en ruedo. // Foto: JCCM.

Toda una metáfora del modelo de gestión de Marín: un teatro convertido en ruedo. // Foto: JCCM.

El amor al vino en esta región no es un hecho aislado. Está, también, el amor a los toros, que acabamos de celebrar también con desenfreno. Habrá que esperar a conocer el coste de todo este sarao montado en Albacete con el Ministerio de Cultura, el Congreso Internacional de Tauromaquia del pasado fin de semana. Ni la oposición, según me comenta el PSOE, ni los medios de comunicación que lo han preguntado, según he podido leer, han tenido opción de conocer la cantidad de recursos públicos empleados en este circo de exaltación de la fiesta nacional, que ha tenido su minuto de gloria en las redes sociales gracias a los pitos a Cospedal convertidos en aplausos en nuestra televisión regional. Marín sólo ha dicho que ha sido “barato y austero”. Veremos lo que entiende por tales, si otros 800.000 euros, por ejemplo. Precisamente para hacer más opacos estos gastos se hizo trizas el organismo que fiscalizaba el gasto público, la Sindicatura de Cuentas.

Hay otras cosas que no se tapan. Por ejemplo, un detalle del evento que resulta revelador del modelo de cultura que tiene el consejero Marcial Marín, que esta vez logró convertir literalmente un teatro, el Teatro Circo de Albacete, en un ruedo. (Lástima que el Moderno sea cuadrado.) Por cierto, el auditorio albaceteño no se llenó ni en la inauguración ni en ninguna de las conferencias, que tuvieron un seguimiento medio de 300 personas: de haber sido en Guadalajara, la concejala Nogueroles le habría negado a Marín el Buero Vallejo. Por no ir, no fue ni el Premio Nobel que según dijo Marín en septiembre acudiría a la cita para defender el mundo de los toros.

A puerta cerrada. Las bacanales de Cospedal, estos saraos con los que nuestra región se pone el mundo por montera, son ya práctica habitual. Tienen estos actos institucionales, de aforos controlados y cheque en blanco que organiza la Junta, un aire sospechoso cuya pauta se repite una y otra vez. Ya el acto central del Año del Greco consistió en una misa en latín y un ‘Réquiem’ de Verdi dirigido por Ricardo Muti en la Catedral de Toledo en el que de las 2.000 butacas de aforo, 1.200 fueron entradas regaladas. El coste, una vez más, fue elevadísimo: cerca de medio millón de euros, según cálculos del digital Elplural.com (porque las cifras oficiales no se darán hasta 2016), cuando el ingreso en taquilla de sólo 20.000 euros.

Se puede alegar que con Barreda la política de fuegos de artificio hace justo diez años con el primer Año Quijote no fue ningún ejemplo de austeridad. Y es cierto. Pero hay, al menos, dos aspectos a valorar: en primer lugar, las cuentas estaban saneadas y el expresidente manchego no presumía de austeridad, porque ni era su necesidad ni tampoco su virtud; pero es que, además, los conciertos de aquella programación, como el de Elton John en el Escartín, abrieron sus puertas para 5.000 personas. Eran actos multitudinarios, no bacanales a puerta cerrada.

Miedo da el ingreso en este recién inaugurado Año Quijote, éste de Cospedal y en plena campaña electoral. De momento el concurso para el logo nos ha costado ya 9.000 euros.

El consejero Marín, en un acto del Año del Greco. // Foto: JCCM.

El consejero Marín, en un acto del Año del Greco. // Foto: JCCM.

Pero sin duda lo peor de estas bacanales y festines de postín, chaqué y entrada preasignada es que tienen en común que, con independencia de su mayor o menor coste para nuestras arcas, resultan fiestas en las que la temática y el derecho de admisión tienen un sesgo sectario aunque se celebran en espacios que nos pertenecen a todos. A veces, incluso en espacios como el Infantado o el Teatro Moderno que, durante una temporada, nos han sido negados a la mayoría de los ciudadanos esgrimiendo para ello razonamientos más propios de los delirios de un dios del vino. El guateque del PP, la fiesta privada del partido en el Infantado cuando al resto se nos cobraba entrada, ya mereció artículo aparte.

Estas bacanales, guateques y festivales retratan a una casta que marca distancias con la plebe, son eventos que trazan el umbral infranqueable entre una aristocracia acunada en los brazos del partido y una masa de contribuyentes que mira pero no toca, que un 15 de mayo se reúne en una plaza para gritar que no nos representan y que después se asocia en círculos, mareas, plataformas y candidaturas para ‘recuperar’ –el subrayado es mío– la ciudad y sus lugares.

La reapertura ayer del Teatro Moderno resultó paradigmática. Mediante el reparto de invitaciones, el Ayuntamiento blindó medio aforo para garantizar que fuesen palmeros y no disidentes quienes estuviesen entre las butacas. Habría que evitar a toda costa que hubiese muecas de disgusto o chiflidos disconformes que aguasen la fiesta particular del equipo municipal y su invitada de lujo, la presidenta de la Junta, cabeza de la misma administración que cerró el teatro hace dos años y medio. A pesar de los esfuerzos, la paradoja no pasó desapercibida: quienes desde entonces pidieron que se abriera, Amigos del Moderno, se quedaron fuera; quienes no hicieron nada por reabrirlo, como Cospedal y Marín, estuvieron dentro. Pagar entre toda la ciudadanía el caché de Malikian para un concierto casi privado es una obscenidad a la altura de las bacanales romanas. Ya avisábamos la semana pasada de que iríamos poniendo cara a los gorrones.

Pero aguarden al final de la historia. Porque según nos relata Graves, cuando Zeus nombró dios del Olimpo a su hijo Dionisos, el Baco romano, el músico Orfeo, hijo de una poetisa, tal vez una cuentacuentos, y al que suponemos amigo de los titiriteros, se negó a adorar al bastardo, “a quien acusaba de dar mal ejemplo a los mortales con su comportamiento”. Dionisos, muy rencoroso, aplicó la Ley de Seguridad Ciudadana y “ordenó que Orfeo fuese perseguido por una muchedumbre de ménades”. Le atraparon, le decapitaron, trocearon su cuerpo y lanzaron los cachitos al río. “Las nueve musas los recogieron tristemente y los enterraron al pie del monte Olimpo, donde los ruiseñores, desde entonces, cantan con más dulzura que en ningún otro lugar”.

Tal vez esa sea la razón por la que también anoche, mientras el Moderno reabría con el patio de butacas convertido en otra bacanal de Cospedal, los ruiseñores se quedaron cantando a Orfeo fuera del teatro, a las puertas del Moderno, una vez más en la puñetera calle. Las musas no traspasaron el cordón policial.

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