La Universidad que queremos

Viñeta ilustrativa de las posibles consecuencias de las reformas educativas.

Viñeta ilustrativa de las posibles consecuencias de las reformas educativas.

Por Marta Perruca

“¡Chicas! Me he mudado a Madrid”. Hacía varios años que no sabía nada de mis compañeras de Facultad, salvo de Mónica, con la que he compartido varios años de profesión en Guadalajara, pero aquel mensaje saltó en mi Facebook como si el tiempo  hubiera  estado deambulando perdido en aquellos pasillos grises, escudriñando esos sótanos de película de terror con olor a filmoteca o a las puertas del aula 506, cuando las que estábamos perdidas éramos nosotras y decidimos conocernos a lo largo de los próximos cinco años de Universidad.

Y de repente, me encontré de nuevo en ese vagón de tren con rumbo a Madrid, sentada frente a Mónica, como si esos viajes diarios a Ciudad Universitaria jamás hubieran dejado de formar parte de nuestras vidas, aunque esta vez no se tratara de llegar a tiempo a clase.

Dicen mis compis que diez años no son nada y, en cierto sentido, y teniendo en cuenta que la última vez que nos vimos fue detrás de esas mesas corridas de la Facultad, cuando todavía alguna suspiraba por cierto “atractivo profesor”, no hemos cambiado tanto. Cabría esperar encontrarse con unas perfectas desconocidas con las que ya solo compartes un puñado de años de facultad, por cierto, bastante decepcionantes gracias a una incomprensible reforma universitaria y, sin embargo, fue como si nos hubiéramos despedido el día anterior y todos estos años formaran parte de un extraño sueño. La vida puede dar muchas vueltas en diez años, pero en mi caso creo que se ha dedicado a repetir giros de 360 grados.

Esa tarde, los minutos se fueron consumiendo, uno a uno, bebiendo de pequeños retazos de historias personales, para volver al aula 506, a las infinitas colas de reprografía y a las frustrantes jornadas de matrícula del mes de septiembre, para terminar desembocando en esa eterna cuestión recurrente: ¿Aprendisteis algo en la Facultad?

Siempre he dicho que lo que pueda tener de periodista no lo he aprendido en la Universidad, sino a lo largo de mi carrera profesional, en la calle y metida entre las cuatro paredes de una redacción hasta altas horas de la noche. En la Facultad adquirí cierta madurez y aprendí a desdibujar verdades absolutas. Me enseñó encrucijadas de múltiples caminos que llevan a un mismo destino, o quizá no, y me infundió cierto espíritu crítico, pero no, no me hizo periodista, aunque me diera un título donde dice que lo soy.

Recuerdo la primera vez que el alcalde de Guadalajara, Antonio Román, habló del modelo que consideraba más óptimo para el campus universitario de la ciudad. El primer edil siempre ha defendido que la Universidad debía estar en el centro,  aunque luego se impusiera el megaproyecto del Polígono del Ruiseñor, avalado por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y la Universidad de Alcalá, que llevaba parejo un nuevo desarrollo industrial, con la construcción de un Parque Científico y Tecnológico. Aquel proyecto se diluyó entre trámites burocráticos y políticos, hasta que en 2013, la Junta terminaba devolviendo los terrenos al Ayuntamiento, perdiéndose por el camino los alrededor de 30 millones de euros que ya se habían invertido, según el PSOE.

Entrada al complejo del Colegio de las Cristinas. // Foto: www.lacronica.net

Entrada al complejo del Colegio de las Cristinas. // Foto: http://www.lacronica.net

Sinceramente, siempre me atrajo la idea del alcalde de un campus cercano que recuperara los antiguos edificios del casco y dinamizara el centro Guadalajara. Fantaseaba con una realidad paralela en la que disfrutaba con mis compañeras de los primeros rayos de sol paseando por una Calle Mayor repleta de vida y salpicada de comercios y terrazas. Ahora parece que el campus se construirá en el complejo del antiguo Colegio de las Cristinas y, a falta de conocer los detalles del proyecto que la presidenta regional, María Dolores Cospedal, se ha comprometido a desvelar en los próximos días, creo que, de llevarse a cabo, esta ubicación puede dar coherencia a esas instalaciones universitarias preexistentes, como el edificio multidepartamental y la Facultad de Educación, conservando el espíritu de esa universidad céntrica y cercana.

Es cierto que este modelo tiene sus inconvenientes, porque con él se pierde la oportunidad de concebir una ciudad universitaria para Guadalajara a imagen de la que ya tienen otras ciudades castellano-manchegas como Albacete, y se entiende que un campus céntrico tiene sus limitaciones, sobre todo de espacio, pero siempre he sido una romántica, qué le vamos a hacer.

Sin embargo, el proyecto de ese campus en pleno corazón de la ciudad que ya creí desechado, ya no me trae imágenes evocadoras. Y es que, con sus muchos defectos y desaciertos y a pesar de que todos nos hemos topado con ese profesor pelmazo que nos obligaba a estudiar su ladrillo como un dogma de fe, la Universidad era ese lugar que nos invitaba a pensar, a encontrarnos a nosotros mismos y a ser críticos.

Las bases que se están asentando ahora, primero en la Educación Primaria y Secundaria con la LOMCE, donde parece que esas disciplinas que nos invitan a cuestionarnos las cosas, como la Educación Artística o la Filosofía “distraen” y, después, durante los estudios postobligatorios con esos nuevos enfoques pragmáticos, perfilan un panorama en el que los  aparatos educativos ya no pretenden formar personas con las armas suficientes para enfrentarse a la vida, sino mano de obra adoctrinada para servir a la lógica del mercado y retroalimentarla.

No pretendo soltar aquí una soflama marxista, pero lo cierto es que la senda por la que avanzamos nos aventura hacia un futuro muy cercano en el que la educación universitaria no estará al alcance de todos, en vistas de la trayectoria de encarecimiento que han tomado las tasas universitarias, y los estudios de postgrado, esos que hasta hace poco teníamos a precios públicos con las licenciaturas, serán prácticamente prohibitivos, sólo al alcance de los que puedan permitirse pagar el precio astronómico de un máster. Afirman que nos pretenden equiparar con Europa, con el sistema 3+2, pero la realidad es que en otros países europeos la matrícula es mucho más barata y se pueden cursar masters con precios que oscilan entre los 200 y los 600 euros.

Tengo que reconocer que me gusta esa concepción de campus que siempre ha defendido Román, pero difícilmente puedo imaginarme un campus idílico si la Universidad ya no es ese lugar de encrucijadas donde nos deshacemos de las verdades absolutas y aprendemos a pensar, si el único cometido de las facultades es formar trabajadores al servicio del sistema, en lugar de dotar a las personas de las armas y destrezas necesarias para afrontar la vida que les depara, encontrar respuestas y soluciones a los problemas que puedan surgir por el camino o, quién sabe, quizá también mejorarla.

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Un pensamiento en “La Universidad que queremos

  1. Y digo yo, es necesario una Universidad tan grande. Si ahora están subiendo matriculas, cada vez más, y parece ser que va a ser menos personas, las que puedan estudiar. Por lo que me preguntó, porque la verdad que no lo tengo claro, Es lógico invertir tanto en Universidades nuevas, y por otra lado poniendo muy dificil matricularte. Será para luego decir que no es rentable y privatizar. O soy un mal pensado. Ojala me equivoque, pero caza muy mal la perrita.
    Igual estoy equivocado y a partir de ahora, va a tener todo el mundo trabajo y con unos sueldos decentes. (Qué mal me ha sentado la siesta que no me he disfrutado.)
    Buen artículo Marta.

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