Criado de Val, fuerza mayor

El autor del texto, entre Criado y su esposa Isabel

El autor del texto, entre Criado y su esposa Isabel

Por Antonio Herrera Casado

En el momento, siempre triste, de cantar la memoria de algún amigo, a quien la muerte ha vencido y nosotros hemos sido testigos de ello, se agolpan los datos, las valoraciones y las anécdotas. Así ocurre hoy con Manuel Criado de Val, que ha fallecido el jueves 5 de marzo en Madrid, y a quien ahora quiero memorar porque ha dejado tras sí una estela densa de trabajos, hallazgos y consecuciones. No puede decirse de él, como de algunos hay que decir, por desgracia, que fuese un malogrado varón: Criado de Val, a lo largo de sus 98 años de vida, casi todos los ha dedicado a estudiar, a analizar, a crear teorías y abrir caminos. Desde un punto de vista intelectual, científico, más que humano. No creo que pueda cantarse nada mejor de alguien: decir que ha analizado el mundo en su torno, y que le ha dado nuevo sentido.

Don Manuel hubiera podido generar una leyenda, como la gente que muere con muy avanzada edad. Pero no quiso. Pocos quedarán –y esos sin memoria ya- que le recuerden cuando era pequeño. Por tanto, nadie sabe lo que entonces haría. Él no lo ha contado, porque él no ha contado nunca nada de su vida. La entendió como vehículo para contar la de los demás. La de don Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, por ejemplo. O la de Hernando Colón, el hijo del Almirante. O la de Cervantes y sus muchachos (Quijote y Sancho) a los que terminó por conocer como si fueran de la familia. No acabaríamos nunca de referir sus intereses, sus pasiones, siempre nacidas del amor a lo bien dicho, a la palabra justa, al diccionario… si de alguna manera hubiera de definir la tarea (y eso con amplitud y demasiada generalidad) de don Manuel Criado de Val, debería decir que fue el mejor defensor del diccionario que ha tenido España en este pasado siglo.

En Guadalajara ha dejado lo mejor de su obra, a pesar de que esta ha sido reconocida por todos en España, en América, en el mundo entero. De Guadalajara (de Rebollosa de Hita) era su padre, y aunque él tuvo en Madrid cuna y ahora sepulcro, posiblemente pasó más días en nuestra tierra que en la Corte. Era amigo de andar subiendo cerros, pisando barro y dormitando a la sombra de los cerezos. Encontró en Sopetrán su Valdevacas. Incluso encontró que Valdevacas, “el mío lugar más amado” del Arcipreste de Hita, estaba en Guadalajara, y en concreto en el valle del Ungria, dormitando a la sombra de los cerezos, entre Fuentes y Valdesaz. Pero fue en el molino de los monjes de Sopetrán al abrigo del viento norte, bajo los muros severos del cenobio benedictino, donde Manuel e Isa, su mujer, encontraron el reposo de tantos caminares. Allí fueron todos su amigos alguna vez (yo solamente una, porque yo he sido, más que amigo suyo, colaborador y admirador siempre).

Ahora me viene a la memoria una anécdota que viví con él,- y con otros amigos más- un día de verano, en lo alto del castillo de Zorita de los Canes. Ya no recuerdo qué año sería, pero fue el lugar que elegí para presentar uno de mis libros, el “Cuaderno de Campo de los Castillos de Guadalajara”. Con Jonás Picazo, Serrano Belinchón y Dionisio Muñoz, y un par de docenas más de amigos, estábamos charlando, echando discursitos y recordando fastos medievales, en el recinto del templo románico de los calatravos, cuando el cielo empezó a nublarse, y enseguida a ponerse muy muy oscuro por la Bujeda. Y todo tan rápido que a los cinco minutos empezó a tronar, y poco más adelante a caer goterones. No lo dudamos: salimos corriendo camino abajo, hacia el pueblo. Pero… ¿y don Manuel? ¿Y doña Isa? Ella se pudo apañar, pero a don Manuel hubimos de cogerle, entre dos amigos, y “a la sillita la reina” bajarle hasta el bar del pueblo. Fue emocionante.

Antes recordé que fue caminante incansable. Su casa de campo, el molino de Sopetrán, lo tenía junto al viejo Camino de Navarra que pasaba junto al río Badiel, en las entrañas de la Alcarria. Y creo que esa pasión por el camino (él ha sido creador del término “Caminería” que por fin consiguió que los sesudos académicos (amigos unos, otros no tanto) colocaran en el Diccionario de la RAE, devenía de su desprecio por los automóviles. Nunca tuvo coche propio, nunca se sacó el carnet de conducir, y así con todo, recorrió más mundo que la media de los mortales. Lo cual viene a confirmar que el coche es una pasión inútil. Ni se vive más, ni mejor, por tenerlo. A él le llevaba su hermana en un BMW pequeño que tenía, viejo siempre y destartalado, pero eficiente. Y los amigos, y los colaboradores.

Don Manuel vivía entre estatuas, librerías repletas y salones donde se reunía con gente, a hablar. Un par de pisos de la calle José Abascal casi no abarcaban sus posesiones librescas. Solo tenía eso: libros, papeles, cajas con fotografías. Archivos, álbumes, ediciones de lujo, primeras tiradas, regalos de admiradores… no tenía otra cosa. Amigos también. ¡Qué gran ejemplo para las gentes de hoy! Porque don Manuel supo dónde está la esencia de la felicidad: en las amistades verdaderas, en los paseos andando por el campo, en el descubrimiento de cosas no sabidas, en el amor también, seguro, pero nunca en el dinero, en las cuentas corrientes ni en los registros de la propiedad. ¡Qué sabio era!

Y como a toda necrológica, por muy amistosa que sea, hay que ponerle fechas, y títulos y congresos y nombramientos y todo eso, pues aquí aprovecho para decir que don Manuel Criado de Val, alcarreño de origen, nació en Madrid, en 1917. Que fue investigador del CSIC, un cargo importante, señalado y por oposición. Pero que no fue nunca catedrático de nada, y en la Universidad de Madrid no llegó a tener puesto alguno. Su vida la desarrolló fundamentalmente en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en el dirigió institutos, revistas, seminarios y mil tareas sabias, por las que sin duda hubiera pasado a la historia. Pero es que además se animó a organizar cosas, y así creó en 1961 el Festival Medieval de Hita en el que recreó la Edad Media henarense con evocaciones dramáticas del Libro de Buen Amor, justas y torneos, danzas de botargas y un sin fin de aportaciones; fue el promotor y dirigió siempre los Congresos Internacionales de Caminería Hispánica. Organizó muchos otros encuentros, en España, Guadalajara y América, sobre temas culturales castellanos, como Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Colón, el Arcipreste de Hita, etc. Escribió libros, muchos, y de entre ellos cabe destacar como singulares la “Teoría de Castilla la Nueva” y la “Historia de la villa de Hita y su Arcipreste” en los que concretó temas que han pasado a ser de dominio universal. Al menos hay que decirlo aquí, en la hora de su muerte, porque suele ocurrir que estos hallazgos personales, capitales, se diluyen luego en las aguas disolventes de la humana generalidad: la clave del Arcipreste estaba en el arzobispo Gil de Albornoz, a quien se parodia en el Libro. Y poco más. Un gran hombre… don Manuel.

* Antonio Herrera Casado (Guadalajara, 1947) es doctor en Medicina, profesor emérito de la Universidad de Alcalá de Henares, Cronista Provincial de Guadalajara desde 1973, Académico correspondiente de la Real de Historia desde 1987, y fundador de la editorial alcarreñista AACHE. Ha escrito 80 libros sobre temas de historia, arte, patrimonio, naturaleza y personajes de Guadalajara, y colabora semanalmente en “Nueva Alcarria” desde 1970, estando en posesión de algunas distinciones, como la “Abeja de Oro” de la provincia de Guadalajara y recibido algunos premios como el Camilo José Cela de literatura de viajes.

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