Pastrana y las abejas

Paseo inaugural de la Feria Apícola. // Foto: Guadaqué

Paseo inaugural de la Feria Apícola. // Foto: Guadaqué

Por Concha Balenzategui

Se ha celebrado, entre el jueves 5 y el domingo 8, uno de los eventos más destacados del calendario comercial de la provincia de Guadalajara: la Feria Apícola de Pastrana. Los organizadores han hecho balance positivo a su conclusión, con más de 30.000 visitantes a la carpa de la plaza de la Hora, que este año ha vuelto a aumentar en número de participantes. El tiempo ha acompañado a esta edición y las ventas han estado animadas, hasta el punto de que algunos expositores agotaban existencias de sus productos mucho antes de echarse el telón final.

Que la Feria goza de una excelente salud después de 35 ediciones es un hecho innegable. Quienes siguen esta cita año tras año, saben que, en su esquema, son pocas las novedades que se ofrecen cada año desde que la Feria optó por instalarse sobre la plaza de la Hora. El interés hay que buscarlo más bien en los productos y aperos que muestran los expositores o en las comunicaciones que se exponen en el palacio Ducal. Pero no suele haber un ingrediente único y sorprendente que marque cada año de forma vistosa la Feria. En definitiva, los asiduos sabemos que esta es una Feria pequeña, pues la carpa se recorre en unos minutos, y aunque hay actividades dedicadas a animar al gran público, suelen tener pocos fuegos de artificio.

Pero seguramente, esta es la fórmula de su éxito, porque lo más sobresaliente de la Feria Apícola, es el hecho de que se siga celebrando, 35 años después de su nacimiento, y que haya ido creciendo de forma sostenida. Piensen por un momento en cuántos eventos de carácter comercial tienen tanta solera y siguen aguantando el tirón tres décadas y media después. Las ferias de ganado, por ejemplo, con una longevidad cercana a la apícola, son unas fiestas entrañables, pero con un carácter más folclórico y etnográfico que de negocio, sin olvidar que la de Hiendelaenina no se celebró el año pasado. Hemos tenido grandes ferias comerciales, como Expoguadalajara, que han tenido años de grandes fastos y expositores a todo tren, pero que desapareció sin más. Otra citas, en torno al motor, a las bodas, a la vivienda o al vino, que en ocasiones han superado a la apícola en resultados económicos, número de visitantes o repercusión mediática, tampoco pueden presumir de 35 años de presencia indiscutible. Porque el evento de Pastrana, que también ha notado las crisis y ha tenido ligeros vaivenes en los resultados, ha tenido un camino marcado por pequeños pasos que han forjado su consolidación, huyendo de dar saltos mortales sin antes asegurar bien la red.

El otro ingrediente de la fórmula mágica está en haber sabido mantener el atractivo para los aficionados al tiempo que aumentaba el gancho para los profesionales. Este interés viene marcado por la desaparición hace años de la otra cita importante del sector, la de Don Benito (Badajoz), tanto como por la profesionalización de los apicultores, que son cada vez gente más interesada, preparada y al día en campos como la tecnología, el marketing, la investigación o la comercialización.

Y en este sentido, la parte más interesante de la cita de Pastrana es la que se cuece cada año en las conferencias, que reúnen las investigaciones más importantes sobre los productos apícolas, las novedades en las normativas, las iniciativas que afectan a la distribución y el consumo y sobre todo, la salud de las abejas. Porque si la Feria goza de buena salud, no se puede decir lo mismo de la apicultura, un sector gravemente amenazado. La elevada mortandad de las abejas trae de cabeza a los profesionales precisamente en un momento en que el producto estrella de las colmenas, la miel, va ganando en prestigio por sus cualidades y en demanda de consumo. A la varroasis, enfermedad siempre presente en las conferencias de Pastrana, sin encontrarse un remedio eficaz, y al nosema ceranae, identificado en el Centro Apícola de Marchamalo, se unen otras amenazas, como el avance del avispón asiático y el escarabajo, y todo en un marco donde la proliferación de los cultivos transgénicos, el abuso de los pesticidas, la contaminación y los efectos del cambio climático están configurando un escenario tremendamente hostil para las abejas.

37 millones de abejas muertas en Ontario. // Foto: Apicultura ecologica

37 millones de abejas muertas en Ontario. // Foto: Apicultura ecológica

Decía Ángel López Herencia, presidente de los apicultores guadalajareños hace unos días: Hace falta “investigación, investigación e investigación ante las amenazas”. Abogaba además el representante de los apicultores por que sea el propio sector quien pelee por la solución, dado que los fondos destinados desde la Administración son limitados.

No hay año en que la progresiva desaparición de las abejas no sea protagonista en las conferencias técnicas. Y si estas ponencias se han centrado en cuantificar los estragos acaecidos sobre la población apícola y los estudios sobre el resultado de los distintos tratamientos, no sé si han conseguido transmitir la preocupación existente en todo el mundo por el despoblamiento de las colmenas.

Según la organización Greenpeace, en España hay más de 300 productos nocivos para las abejas cuyo uso está permitido en agricultura. No estamos hablando de la supervivencia de un sector, que aunque emblemático en nuestra Alcarria,es minoritario. Estamos hablando de un problema que nos afecta en gran medida, y a nivel mundial. Según la mayor parte de los cálculos, de la polinización depende como mínimo al 30 por ciento de la cosecha mundial y el 90 por ciento de las flores silvestres que pueblan el planeta. Las abejas mueren a millones, y hay miles de noticias en la red que alertan de las consecuencias de su desaparición.

No debería caer en saco roto el convencimiento de los expertos de que no es posible un mundo sin abejas, porque equivaldría a un mundo sin flores y a un mundo con mucha menos comida de procedencia vegetal. La advertencia fue expresada de forma rotunda hace años: Si desaparecen estos insectos polinizadores del planeta, la especie humana solo les sobrevivirá cuatro años. ¿Apocalíptico? Puede ser. Pero yo no gastaría muchas bromas al saber que el cálculo se le atribuye nada menos que a un científico de la talla de Albert Einstein.

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