La ciudad con ojos de forastero

Infantado

Vista del Infantado iluminado, el pasado sábado // Foto: Pedro Ruiz

Por Concha Balenzategui

La visita de unos amigos manchegos me permitió, el pasado fin de semana, mirar con otros ojos a mi ciudad. Cuando hace mucho tiempo que no vemos a una persona, nos resulta más evidente el avance de sus arrugas, de sus canas, de sus entradas o de su delgadez que si la viéramos a diario. Lo mismo pasa con los lugares. El reencuentro con una ciudad al cabo de unos años nos hace subrayar algunos aspectos que a los que la vivimos nos pasan desapercibidos.

Para mis amigos, que han visitado Guadalajara en otras ocasiones, los cambios resultaban más notables. Por eso estuve atenta a sus apreciaciones durante los paseos, las visitas turísticas, las fotografías captadas en los monumentos, y las entradas a los establecimientos hosteleros. También coincidimos con un goteo de personas foráneas haciendo los mismos recorridos, pues ya no sorprende eso que hace no tantos años era inusual en nuestra capital: los grupos de turistas. Lo cierto es que en Guadalajara tenemos una variada oferta de monumentos interesantes para visitar, aunque el recorrido nos reserve algunos lunares.

Por ejemplo, una de las primeras sorpresas para mis invitados fue que el Alcázar estuviera cerrado. La imagen de las vallas de la travesía de Madrid, el cartel de la entrada tirado por el suelo, y los matorrales que se están adueñando del interior, dan una imagen de abandono total. No parece cerrado tan “temporalmente” como se anuncia en la puerta. Tampoco les gustó que, en un primer recorrido, el sábado por la tarde, no encontráramos sino puertas cerradas, cuando aún había luz y ganas de paseo.

El domingo por la mañana, sin embargo, hubo pocas trabas: hallamos guías solícitos y precios razonables. El palacio del Infantado y el de Antonio de Mendoza tienen la entrada gratuita, mientras las visitas a la capilla Luis de Lucena, el palacio de La Cotilla o el torreón Alvarfáñez cuestan 1 euro. Por 3 euros, además, se permite un recorrido por todos los monumentos que gestiona el Ayuntamiento con la tarjeta “Guadalajara Card” que, hay que reconocerlo, es un gran invento para estos menesteres.

Estos lugares dejan además un buen sabor de boca por las pequeñas joyas que esconden en el interior, aunque no siempre el estado de conservación es el mejor. Las maderas del claustro del actual instituto Liceo Caracense piden a gritos un barniz. Tampoco resulta grato (no les pareció a mis amigos) encontrar cerradas las Salas del Duque, en el interior del Infantado, y perderse los frescos de Cincinato.

No lo he dicho, aunque lo habrán deducido, que la visita recorrió en gran parte el renombrado “Eje Cultural”. Y es curioso que su reciente remodelación no diera lugar a ningún comentario por quienes conocían su estado anterior. En realidad, lo único que llamó la atención de estos visitantes es la suciedad que acumula el pavimento rosado de las aceras, cuya porosidad es un imán para cualquier tipo de porquería. Fíjense la próxima vez que pasen: Está hecho un asco cuando apenas se cumple un año de su estreno.

Inauguración del "Eje Cultural", a finales de marzo de 2014. // Foto: Jesús Ropero. Ayuntamiento de Guadalajara

Inauguración del “Eje Cultural”, a finales de marzo de 2014. // Foto: Jesús Ropero. Ayuntamiento de Guadalajara

Mis amigos alabaron también la Concatedral de Santa María y disfrutaron del paseo por el Puente de las Infantas y el Torreón de y el Lavadero del Alamín, en una parte menos frecuentada por los turistas. La sorpresa también les llegó con el edificio de la Escuela de Artes, pues hay mucha arquitectura destacable en nuestra ciudad más allá del Renacimiento.

Con las reservas expuestas, a ratos me convencí de que podía “presumir de ciudad”, como dice la propaganda del PP. Pero otros comentarios de mis amigos me entristecieron: “Aquí había un bar muy grande” o “esto era una tienda muy chula”, decían ante los cierres metálicos. Para ellos era muy evidente la masacre de los negocios del centro, y también anotaron la pérdida de ambiente en las barras respecto a sus visitas años atrás, o en comparación con su ciudad, donde aseguran que la crisis no ha vaciado los bares, ni mucho menos los ha cerrado. Para concluir la estampa, la noche terminó en el “Metrópoli”, uno de los locales que bajará la persiana definitivamente este mismo mes, después de años batallando por el negocio en pleno casco.

Folleto "Presume de ciudad" dedicado al casco.

Folleto “Presume de ciudad” dedicado al casco.

“Guadalajara cuenta ahora con un centro histórico renovado”, dice uno de los últimos folletos que ha llegado a mi casa. Y tiene razón, si nos atenemos al pavimento. Pero la vida no ha vuelto. Hemos visto intentos de agrupaciones de negocios para plantarle cara a la crisis y al centro comercial, como los de la calle Bardales y el área comercial Miguel Fluiters. Pero los cierres no cesan.

He leído además anuncios de nuevas medidas para revitalizar el casco de Guadalajara, como que se colocarán toldos en verano en la calle Mayor, para evitar la solanera que desanima al paseo. También ha levantado el telón el Teatro Moderno; ha abierto un aparcamiento gratuito en la plaza de Dávalos -inutilizado durante años- y se ha prolongado generosamente la apertura del estacionamiento del Mercado de Abastos, que pocos se explican por qué se cierra por la noche. En fin, medidas seguramente buenas, que florecen con las elecciones, cuando los candidatos escuchan a los comerciantes, como si fueran los que atesoraran el secreto de la salvación del casco. Y los que justifican muchas decisiones, desde la peatonalización de una calle, hasta la ubicación de los mercadillos navideños, pasando por la Feria del Libro.

¿Estamos a tiempo de salvar el casco?, me pregunto. Y hoy respondo con escepticismo. Quizá porque estos días he mirado a la ciudad con ojos de forastera.

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