La calle de Carlos

Teniente Figueroa

Vista de la calle Teniente Figueroa, tras su reciente reforma // Foto: Ayto. Guadalajara

Por Óscar Cuevas

Si hay un lugar de Guadalajara que encierra encanto y ofrece joyas a la mirada, esos son los apenas 200 metros que tiene de largo la calle Teniente Figueroa. Allí se guarda buena parte de lo mejor del patrimonio monumental de la capital. Es una calle coqueta y al tiempo señorial, decadente y a la vez orgullosa, que transpira los aromas de un pasado glorioso. A mí me gusta pasar por allí, la tengo como algo muy propio desde que estudié en el instituto que a ella se asoma. Pero me sigue llamando la atención su visión, sobre todo cuando pienso la cantidad de perlas que caben en tan poco trayecto.

Iglesia de Santiago

Interior de la Iglesia de Santiago // Foto: Universidad Politécnica de Madrid

Entre la calle Mayor e Ingeniero Mariño, serpenteante, se estira esta rúa genial donde encontramos la que para muchos es nuestra más bella iglesia, la mudéjar de Santiago; donde admiramos nuestro mejor edificio civil del Renacimiento, el Palacio de Antonio de Mendoza; donde contemplamos majestuoso -y lamentamos que siga cerrado- el magnífico edificio de Correos que frisa los 100 años, y que anda en estos días en busca de un futuro que le robaron. También está en Teniente Figueroa la magnífica sede del Colegio de Arquitectos, esa casona bellamente rehabilitada rodeada de un amplio jardín. Y el hotel más castizo de la ciudad, el “España”. Y un edificio neoclásico la mar de elegante frente a Santiago. Y por supuesto, referente, al fondo a la izquierda según desciendes, la casa de Carlos Santiesteban, a quien hoy entierra Guadalajara con un nudo en la garganta.

Casa de Santiesteban, adornada profusamente la pasada Navidad // Foto: Óscar Cuevas

Casa de Santiesteban, adornada profusamente la pasada Navidad // Foto: Óscar Cuevas

El pintor Santiesteban representaba bien el espíritu de su calle y su barrio, porque él también era coqueto y señorial, decadente y orgulloso, humano y divino a un tiempo. En Teniente Figueroa pasó su infancia el artista, y a ella regresó en la madurez, tras haber recorrido el mundo, españoleando como un poeta en Nueva York, nadando entre burbujas de champagne francés y perfumes aristocráticos de la Sevilla más “casta”. En Teniente Figueroa paró el pintor su viajar en los 70, para culminar la singladura vital entre el amor a su madre, primero; su recuerdo, más tarde; y su propia vejez, finalmente, metido siempre en una casa que era un rincón andaluz incrustado en Castilla.

Carlos Santiesteban // Foto: Aache

Carlos Santiesteban // Foto: Aache

Hace muchos años, 13 ya, entrevisté al genio para un reportaje que hicimos en “El Decano”.  Nueve artistas locales escogían su rincón favorito de Guadalajara, el que más les inspiraba. Y Santiesteban citó a su calle, como no podía ser de otro modo. Me habló de su padre y los paseos infantiles; de su madre, a la que veneraba como veneran las beatas a la imagen de su virgen; de juegos infantiles al escondite en el zaguán de Correos. Y de su despertar al amor tras el portalón de madera. Así lo contaba: “Son recuerdos de adolescencia, el momento más significativo de una vida. En esta calle, al caer la tarde, en los días de verano enseguida hay sombra. Y aquí jugábamos los chicos y chicas hasta la noche, en esas tardes alargadas por el calor. Tengo grabado cómo, tras estos portones en los que nos escondíamos, empecé a vivir las primeras sensaciones del amor en su aspecto físico y espiritual. El juego era el pretexto para meternos detrás y, evidentemente, encontrarnos. Aquí tuve mis primeros besos con chicas del barrio, y las primeras sensaciones de cercanía a los cuerpos fuertes, seductores, de chicos más mayores. Yo no lo llamaría sexualidad, pues entonces no alcanzaba a valorarlo así. Pero era bonito”.

Palacio Mendoza

Claustro renacentista del Palacio de Antonio de Mendoza, hoy Instituto Liceo Caracense // Foto: Guiados en Guada

Así era Carlos Santiesteban, como su calle: franco pero sutil, coqueto y señor. Ahora se nos ha muerto, en esta recién estrenada primavera, de un día para otro, y pintando hasta al final, con su paleta de colores imposibles, damas aflamencadas y árboles larguísimos, entre azules, rosas y morados. Algún patán casi lo mata el pasado verano por difundir un rumor que pensaba cierto. Él supo disculparlo, porque era generoso, y siguió viviendo y pintando, pintando y viviendo, hasta el último suspiro, en una casa que era tan suya y que ahora es tan nuestra, y en la que, pronto espero, tendremos su Museo. Porque con su muerte, la casa de Carlos ya es propiedad de la ciudad; gracias al pintor, y gracias a José María Bris, que cerró con él en 2002 un espléndido acuerdo cargado de visión de futuro y de sensibilidad para con el artista, que con ello ha tenido también una vejez digna.

El Museo Santiesteban está llamado a dejarnos a don Carlos en el recuerdo propio, en el de nuestros hijos y nuestros nietos. Si lo miman un poco, será una gloria visitarlo. La verdad es que no es necesario tocar demasiado, pues la casa ya es un palacio en sí misma, una auténtica caja de tesoros pictóricos, piezas de arte antiguo y muebles franceses de porte y categoría. Al tiempo, también está llamado, el futuro Museo, a dar vida a una calle maravillosa, pero a la que le falta pulso ciudadano, le faltan vecinos y le faltan bares. Y a la que sobre todo, ahora, también, le falta el duende de Carlos.

El alcalde de Guadalajara (el que ustedes quieran que lo sea) tiene tarea a partir del 24 de mayo con esta calle. Tiene que poner en marcha este nuevo recurso cultural. Y al tiempo, encontrar una solución para el edificio de Correos. El actual primer edil, Antonio Román, ya se hizo “la foto” hace unos días con el presidente de la empresa pública. Y nos contó que entrambos buscan un uso, una salida para el inmueble.

Yo lo que pienso es que el presidente de Correos tira bastante de “jeta”, y que lo que debería hacer es lo que nos dijeron que harían: reformar el edificio y volver a llevar allí la oficina postal que nos quitaron en 2009, de modo teóricamente “provisional”, dejando al casco y al centro sin un servicio básico. Pero, por lo que dicen Javier Cuesta y Antonio Román, parece que al señor no le da la gana ni mucho ni poco, y que está más interesado en desprenderse del mochuelo, para lo que ha encontrado en el Ayuntamiento al cómplice necesario. Así que tendremos que buscarle otra salida, a Correos.

Correos

Edificio de Correos en Teniente Figueroa // Foto: portalguada.com

A mí me parece que a este edificio le caben dos opciones: una, relacionada con esa Universidad que quieren ampliar en el entorno de Las Cristinas. Otra, quizá más realista, tiene que ver con ese “Museo Municipal” del que Guadalajara carece, y para el que se busca ubicación desde hace años. Me consta que Román tiene en la cabeza el Palacio de La Cotilla. Pero estarán conmigo es que es bastante mejor acomodo esta sede.

Yo quiero imaginar un futuro deseable: El Museo Municipal de Guadalajara en Teniente Figueroa, al lado de la Casa Museo de Carlos Santiesteban. Sería todo un impulso vital para una calle que, con la reciente reforma ejecutada en calzada y aceras, acaba de estrenar nueva “piel”, y está mucho más bonita. Pero que necesita también de un nuevo brío, un motor que la mueva, un latido interior que la resucite. Sobre todo, ante la repentina ausencia del enorme corazón de Carlos Santiesteban, quien ya descansa en el cielo de los pintores inmortales, que no es otro que la memoria de los hombres. De Creeft, Pradillo y Sobrino allí lo andan esperando.

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7 pensamientos en “La calle de Carlos

  1. Muy bien pensado todo, Óscar. Bien escrito y con razonamientos fuertes. Sería un buen sitio para el Museo de la Ciudad, efectivamente. Aunque también podría el alcalde haberse puesto serio con los de Correos y exigirles que sigan allí dando servicio a la ciudad: si se va Correos, se va las Cajas, se van los bares, se van las tiendas, se van los habitantes….etc, así es como se muere la Calle Mayor baja. Más energía con los poderosos, y menos suficiencias con los que no tienen tanta fuerza (me estoy acordando de los libreros, pero esa es otra historia, que saltará al mes que viene).

    • Don Antonio, ¿podría ser más explícito con eso de “menos suficiencias con los que no tienen fuerza..”?¿qué les ha pasado a los libreros y con quién?. Sea claro. No creo que sea su estilo tirar la piedra y esconder la mano.
      Por otro lado, hoy domingo de Ramos estando la calle Mayor con una afluencia de gente más que considerable durante la tarde, “NO HABÍA NI UN SÓLO BAR ABIERTO (excepto el de la plaza del ayuntamiento que curiosamente estaba lleno)”. La gente tiene derecho a descansar, por supuesto, pero cada uno elige su carrera profesional, y la visión comercial es la que hace que los establecimientos tengan éxito, y aquí en Guadalajara prima más el quejarse por todo y echar la culpa a los demás en vez de ver lo que hacemos mal cada uno. Luego que “los bares se van” y se muere la calle Mayor baja.

  2. Muy buen comentario Oscar, me parece todo genial. Pero……..en la descripción de la calle,se te ha olvidado el inmueble del Nº 2, en la actualidad el edificio llamado ” La Casa de Las Palomas”.Es vergonzoso que en el corazón de la ciudad, exista un edificio abandonado y con todas las ventanas abiertas, para que aquello sea un hervidero de palomas que entran y salen a su antojo sin que nadie haga nada. Se que el edificio es particular, pero para eso esta el ayuntamiento, para obligar a los propietarios a que tapen las ventanas con ladrillos y si hacen caso omiso para que lo declaren en ruina, hay que hacerlo de manera subsidiaria y pasarle los gastos de ejecución. Pasate un dia por el lugar Oscar y parate 5 minutos y observas si lo que estoy diciendo es cierto o no.

  3. A mi parecer, Carlos Santiesteban, (q.e.p.d) es un pintor sobredimensionado, eso si, siempre fué un gran vendedor de si mismo a imitación del genial Salvador Dalí. Esa colección de medallas y distinciones, esas amistades con la rancia aristocracia de Sevilla y olé puede que sean una pátina que envuelve la falta de creatividad que desborda a los grandes artistas pero no puede ocultar que el cromatismo y el manejo de los colores no lo es todo..Esos retratos, esas figuras y esas manos, ¡Ay, esas manos…¡ Si El Greco levantara la cabeza..

  4. En lo que se refiere a la calle, estoy de acuerdo. Es un espacio singular que nos retrotrae a otros tiempos donde era el centro o el ägora de la ciudad. Ese recordado y querido Instituto, al cual también tuve el honor de pertenecer como alumno de Bachillerato, en los tiempos del “cuarto y reválida”, al que acudía en bicicleta desde mi pueblo quedando esta bajo “pupilaje” en la afamada “Casa Arco” por deferencia de su dueño siempre con su mono y camisa azul..Colindante se encontraba “El Metro” con su lema: “Vinos de Arganda” su pila de mármol moteado siempre llena de agua y de vasos junto a las frascas y los pellejos del vino. Como no recordar el famoso Hotel “Palas” ubicado en los que fue el Convento de Sta. Clara del siglo XIV que fue adquirido y derribado por el ínclito Conde de Romanones para edificar el citado Hotel donde se alojaban los toreros en los días de Ferias. Pero eran los martes de mercado cuando Santa Clara respiraba los aires de la provincia en las conversaciones y chalaneo de los labradores y ganaderos que abarrotaban los bares , estratégicamente situados, como el Bar Soria y sus afamados calamares y bacalao, El Bilbao y el Bar Rio más elegante. Un poco más arriba La Murciana otro emblemático de la restauración de aquellos tiempos de chatos y tintos con limón o con sifón. La parada de los autobuses de Patricio Muñoz, el trabanco a la Estación y la parada de los taxis daban a este lugar un aroma especial en el continuo trasiego de gentes de todas las edades, estudiantes, agricultores, funcionarios , mezclado con aquellos que acudían al Zaragozano o a Correos para realizar gestiones administrativas y donde no faltaban aquellos personajes singulares que formaban parte del paisaje y paisanaje de la ciudad: Roque y su cubo para el recuelo del café, El Ministro, Alejandro , la Justel, y el más singular de todos ellos ” Antonio “el Mangurrino”. Y más de una vez, como me tenían enseñado, ayudé a cruzar la calle a aquel matrimonio que vendia los cupones de la ONCE con un monótomo y respetuso . “quieren loteria” .Creo que todavía viven. Ellos son historia viva y “verían” con sus oídos lo que otros no somos capaces de recordar..

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