Un huerto en la Calle Mayor

Huerto en un solar urbano de Lavapiés, en el proyecto 'Esta es una plaza'. / Foto: TVE.

Huerto en un solar urbano de Lavapiés, en el proyecto ‘Esta es una plaza’. / Foto: TVE.

Por Rubén Madrid

Imaginen un huerto urbano en un solar de la Calle Mayor. Y en el siguiente, unos columpios. Imaginen que cualquiera de los terrenos entre edificios junto a los que pasa cada día alberga unas pistas para jugar a la petanca, o un teatrillo para marionetas, o unas mesas para reunirse a la sombra a echar una partida de mus. E imaginen tal vez un centro de arte al aire libre en cualquiera de esos terrenos en los nuevos desarrollos que ahora mismo son criaderos de maleza y de alimañas, cuando no vertederos ilegales. Imagínenlo en Guadalajara, en su barrio o en su calle, porque en otras ciudades, en sus barrios y en sus calles, sus vecinos ya pueden verlo.

Sólo en el casco antiguo de Guadalajara hay más de ochenta solares sin construir, según ha calculado en alguna ocasión el PSOE de la ciudad. Son muchos y se tiran a la vista del paseante allí por donde pasa: las propias Calle y Plaza Mayor, Dávalos, junto al Mercado Municipal… Alguien bromeaba el otro día en Twitter contestando a las manifestaciones inaugurales del alcalde Román que lo extraño no es que desde el equipo de Gobierno hayan recuperado el Teatro Moderno y las naves del Matadero como Museo Sobrino, sino que lo verdaderamente curioso es que ambos edificios no hayan acabado por los suelos.

Uno de los últimos solares, en la Cuesta del Reloj, visto desde el Mercado de Abastos. // Foto: R.M.

Uno de los últimos solares, en la Cuesta del Reloj, visto desde el Mercado de Abastos. // Foto: R.M.

La situación causa rubor. La sensación de abandono se extiende. Lo advertimos propios y extraños. Los derribos generan cada vez más contestación por parte de la ciudadanía, en algunos casos hasta el punto de lograr su paralización, como ocurrió con el edificio del Pi y sus bodegas gracias a la voz de alarma de IU, pero en muchos otros se llega tarde o nada impide que la piqueta abra otro socavón. A veces el tamaño del despropósito resulta verdaderamente inconcebible, como en el derribo del edificio de la Calle Mayor que tenía el mural de Bosch dedicado a la Constitución.

La Asociación de Amigos del Moderno, tan denostada en la prensa del régimen, ha tenido entre muchos aciertos el de sensibilizar sobre el patrimonio a conservar en el casco urbano. No sólo ha combatido para que un antiguo teatro no haya corrido la misma suerte que el Cine Imperio, a sólo unos pasos de allí, sino que ha organizado tres ediciones de la Ruta de las Eras con la Asociación de Guías Turísticos en las que su presidente, Manuel Granado, ha obrado de cicerone por diferentes puntos del callejero para recordar lo que antaño ‘era’ ese rincón en el que hoy el transeúnte sólo encuentra interrogantes en forma de vacíos urbanos.

Vacíos urbanos se llama precisamente a estos solares y algunos expertos están instando a los responsables políticos a que se tengan en cuenta en los planos municipales como opción activa, y no pasiva, de los diseños. La geógrafa Helena Cruz explicaba muy bien esta nueva sensibilidad en un artículo publicado por eldiario.es en diciembre: “El urbanismo formal -a menudo criticado por lento y rígido- se ha visto alterado por iniciativas ciudadanas de carácter espontáneo que cambian el rol de vecinos y vecinas, pasando de ser meros usuarios a diseñadores y constructores del espacio público”.

En muchas ciudades, las gentes han dado dos pasos más que en Guadalajara: no sólo han criticado la proliferación de solares a raíz de la crisis inmobiliaria, sino que han propuesto que se reconviertan en espacios públicos y, de paso, se han puesto ellos mismos manos a la obra, a través de algunas asociaciones, para elaborar proyectos en estos terrenos baldíos. No es fácil -hay que implicarse- pero los resultados son todo un avance para la comunidad en tres planos muy útiles: crean empleo, fomentan la participación ciudadana y multiplican los espacios comunes.

Montaje con fotos del arqueólogo Pablo Aparició, antes y después del derribo del Mural de Bosch en la Calle Mayor.

Montaje con fotos del arqueólogo Pablo Aparicio, antes y durante el derribo del Mural de Bosch en la Calle Mayor.

Zaragoza ha sido pionera en la reutilización de estos espacios urbanos vacíos. Allí se puso en marcha el proyecto ‘Esto no es un solar’, un impulso animado ‘desde arriba’, concretamente por el propio Consistorio a iniciativa de IU. No es la única experiencia, pero sí una de las que ha recorrido más trayecto, aunque se ha visto afectada por una controvertida salida de los presupuestos. Allí el modo de operar ha consistido en estudiar varias propuestas desde un punto de vista tanto urbano como socioeconómico, buscar personas dispuestas a trabajar en los barrios y realizar las actuaciones: zonas de juego infantil, pistas deportivas, jardines, zonas con mesas de ping-pong o simplemente plazas ajardinadas –un modelo en desuso en Guadalajara– cambiando momentáneamente el uso de unos solares que seguían a la espera de un plan.

En Zaragoza (se puede leer en El Heraldo) estos proyectos han logrado crear hasta una decena de empleos por actuación, incluso medio centenar al año, y han sido ejecutados por empresas de inserción social como Rey Ardid, Consolida Oliver, Ozanam o Adunare. “Se aplica a los solares de propiedad municipal calificados como ‘equipamiento’ o ‘zona verde’ en el PGOU, aunque también se ha trabajado en espacios particulares previo acuerdo con sus propietarios”, explica uno de los artículos del diario aragonés. Se trata, por tanto, de una ocupación ciudadana temporal que abre al público lo que antes eran decrépitos suelos vallados, no sólo un problema estético, sino también de salud pública. El acuerdo con el propietario, cuando no es suelo municipal, puede llevarse a cabo a través de otros mecanismos como la exención de pago del IBI.

Lo que viene ocurriendo en Zaragoza –con algunos casos de vandalismo, no todo es Jauja– se ha extendido por ciudades de todo el país. También en el Madrid de Ana Botella. Allí las autoridades han sido receptivas a un movimiento que esta vez ha surgido de abajo, concretamente de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Madrid y de la Red de Huertos Urbanos que aglutina a una treintena de iniciativas. Hay algunos proyectos muy potentes, como los de Lavapiés y Campo de la Cebada, donde grandes solares entre edificios se han convertido desde hace cuatro años en multiespacios verdes y creativos al aire libre, autogestionados por los vecinos y con una programación estable de actividades.

Las experiencias se repiten de Berlín a Nueva York (569acres.org) y de Rivas Vaciamadrid a Barcelona. En la ciudad condal se ha implandado el Plan de Buits (plan de vacíos) con un modelo mixto entre el ayuntamiento, que selecciona los solares y los saca a concurso, y el movimiento vecinal, que se encarga de presentar las propuestas que luego se adjudican para cada espacio. En Guadalajara, en cambio, las iniciativas han sido escasas: el Ayuntamiento de Yebes sí ha apostado por huertos urbanos, mientras que el de Guadalajara rechazó una moción planteada por IU a iniciativa del siempre vivo Rincón Lento.

Más allá de la generación de propuestas llamativas pero puntuales, algunas voces van ya más allá y toman estas experiencias piloto como punto de partida para una visión más profunda y renovadora del urbanismo: “En la nueva agenda urbana, las actuaciones para dar vida a los vacíos urbanos deberían desarrollarse en base a una nueva lógica, huyendo del modelo especulativo”, opinaban esta misma semana en otro artículo Helena Cruz y Raúl de Castro. En cualquier caso, los experimentos que se llevan a cabo por todo el país, con sus modelos muy variopintos y sus dificultades propias de unas iniciativas que abren brecha, comparten un espíritu muy elogiable que, entre muchas virtudes, humaniza el urbanismo.

Creo que merecería la pena intentarlo en Guadalajara. No sólo hay una plaga de solares vergonzante en pleno centro y un fracaso rotundo de las iniciativas pensadas para arrastrar a los ciudadanos hacia la Calle Mayor baja, sino que además conviene un impulso de reapropiación del entorno urbano en cada uno de los barrios y hace falta una urgente revitalización de un movimiento vecinal que en Guadalajara ha caído por maduro –edad y politización–. El mejor modo de hacerlo pasa por entender los vientos de nuestros tiempos, con un reimpulso a las formas más audaces y posmodernas  (esta vez sí) de implicación de los ciudadanos en la vida municipal.

De inicio, estos proyectos requieren un diagnóstico, una cartografía o un inventario de espacios vacíos que ofrecería una idea precisa de la dimensión del problema en nuestra ciudad, más allá de una impresión desoladora (y el verbo descarga aquí toda su intencionalidad). El Consistorio se vería obligado a establecer los canales de participación que hemos tenido prácticamente cerrados a cal y canto, salvo para opinar en Facebook sobre los conciertos de Ferias. Y el resultado, si todo acabase bien, no podría ser más cívico: la reapertura de nuevos espacios para ejercitar la saludable costumbre de vivir en comunidad, más escenarios para la socialización y un sentimiento remunicipalizador, que siempre favorece la cohesión. No sé qué opinan los ‘think tanks’ de los candidatos para las elecciones de mayo: a mí no se me ocurre una mejor forma de hacer ciudad… y de presumir –pero de veras– de ella.

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