Se fueron con el viento

Un momento de la inauguración de la exposición temporal en el Museo de la Evolución Humana de Burgos. // Foto: M.P.

Un momento de la inauguración de la exposición temporal en el Museo de la Evolución Humana de Burgos. // Foto: M.P.

Por Marta Perruca

Tenía unas ganas enormes de conocer el Museo de la Evolución Humana y la oportunidad me la pintaron calva, porque el Museo de Molina de Aragón, en el que trabajo, cedía algunas de las curiosidades de sus fondos para la exposición temporal “Se fueron con el viento. La sexta extinción”  que se inauguraba la semana pasada. Así que pusimos rumbo a Burgos para ver el resultado de la muestra y cómo lucían en las vitrinas nuestro huevo de ave elefante de Madagascar (Aepyornis Maximus) del Pleistoceno final-Holoceno, el más grande del mundo, incluso por encima de los de los dinosaurios, que por cierto, son bastante más pequeños y también se pueden ver en nuestro museo; un cráneo de bisonte del Pleistoceno (Bisón Priscus), procedente de la Antigua Checoslovaquia y un fragmento de mandíbula de mamut del Pleistoceno final (Mammuthus Primigenius). Junto con los nuestros, también se mostraban las postrimerías de otros animales como el oso de las cavernas, el rinoceronte lanudo, el uro, el caballo salvaje, el miotrago, la holmesina, la macrauquenia, el gliptodonte o el megaterio.

Paseábamos por los distintos rincones de la exposición descubriendo algunos animales que me a mí me resultaron familiares, bien porque fueron pintados en las paredes de las cavernas por nuestros ancestros prehistóricos o bien, porque es frecuente verlos en los documentales de la 2, pero, sin embargo, otros me parecieron verdaderamente increíbles.

Sin darme cuenta, los derroteros de la memoria me llevaron a recordar al discurso que formuló Gabriel García Márquez, cuando recogía el Premio Nobel de Literatura en el año 1982, que comenzaba narrando las impresiones, que a modo de crónica, dejó escritas el florentino, Antonio Pigafetta, sobre America Latina, quien acompañó a Magallanes en su primer viaje alrededor del mundo. El marinero hablaba de animales fantásticos, que en sus palabras, casi podían representarse como seres mitológicos. Según relataba el escritor en su discurso, “contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo”. A García Marquez este relato, a pesar de tratarse de una crónica rigurosa, se le antojó como “una aventura de la imaginación”, quizá como un Macondo en Cien Años de Soledad, que podría entenderse como un retrato de la sociedad latinoamericana de la época, pero visto bajo el prisma del realismo mágico, lo que le confiere un cariz de historia fabulosa.

Siglos más tarde, Darwin también llegó a esas tierras y sus ejemplares de animales, también debieron sorprenderle en extremo. Estos seres, junto con los fósiles que encontró,  como el armadillo gigante, que también puede contemplarse en la exposición, fueron decisivos para que formulara su teoría de la Evolución.

A pesar de tratarse de animales de especies diferente, procedentes de lugares y momentos históricos distantes, todos ellos tienen algo en común: haber “cohabitado” con el ser humano.

Ejemplar naturalizado del conocido como lobo de Taxmania, del Museo de Ciencias Naturales de Madrid. // Foto: M.P.

Ejemplar naturalizado del conocido como lobo de Taxmania, del Museo de Ciencias Naturales de Madrid. // Foto: M.P.

De hecho, uno de las piezas más impactantes que podemos encontrar en esta muestra es un lobo de Tasmania taxidermizado, proveniente del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, que se expone junto a la reproducción de unas imágenes únicas  grabadas en vídeo, en los años 30 del siglo pasado, de un ejemplar en cautividad. Este marsupial entró en competencia con el hombre, porque atacaba con frecuencia al ganado, por lo que fue perseguido y cazado de forma masiva hasta llevarlo a su completa desaparición. Lo que resulta revelador, al mismo tiempo que triste, es que su extinción no puede achacarse a un cambio climático o en su hábitat, a una plaga o a la acción del hombre primitivo. Probablemente, todavía existan personas con vida que puedan dar testimonio de cómo eran estos animales, que los hayan visto abrir sus amplias mandíbulas y corretear, aunque fuera en algún zoológico o en cautividad, por lo que solo nos queda reconocer que su masacre fue premeditada y que el ser humano fue el causante de su desaparición.

Y podemos rasgarnos las vestiduras y lamentarnos de la barbarie perpetrada por los vecinos de una isla que se encuentra en nuestras antípodas; pensar que se trata de una historia que no nos pertenece, porque fue escrita desde una perspectiva histórica que hoy nos puede parecer algo lejana e, incluso, increíble, casi como una especie de Macondo o como el relato fabuloso de Pigafetta, mientras que lo que deberíamos hacer es preguntarnos ¿qué es lo que estamos haciendo ahora para evitar que esta historia se repita?

En el catálogo de la exposición puede leerse que “en la actualidad existen  213 mamíferos, 213 aves, 168 reptiles, 525 anfibios y 423 peces en peligro crítico de extinción”.

Decía el director científico del Museo y comisario de la exposición,  Juan Luis Arsuaga, durante la inauguración de la misma, que cuando una exposición está bien explicada no es necesario poner de manifiesto lo que se quiere transmitir con ella, porque “si lo hemos hecho bien, el mensaje es evidente”.

El lince ibérico, destacó el director de Atapuerca, es actualmente el animal que corre un mayor peligro de extinción. En España tenemos una gran cantidad de especies en peligro, lo que señaló, se debe también a nuestra gran biodiversidad. Contar con un legado importante, un patrimonio vital de tal relevancia, nos hace más ricos, pero además, tal y como recordó Arsuaga,  representa una “enorme responsabilidad”.

Castilla-La Mancha es la tercera comunidad autónoma con mayor superficie arbolada, después de Andalucía y Castilla y León y en Guadalajara contamos con algunos extensos referentes de este legado natural, como son los parques naturales de Alto Tajo y la Sierra Norte que también atesoran una enorme biodiversidad. Nuestra responsabilidad al respecto, por tanto, debería ser importante y, sin embargo, la legislación y las políticas que se están acometiendo caminan en la dirección opuesta.

Lo ponía de manifiesto hace apenas unas semanas, cuando hablaba de la Ley de Caza que ha impulsado el Gobierno de Castilla-La Mancha y ahora el decreto de Ley que pretende modificar la Ley de Montes, viene a poner la puntilla.

De igual manera, esta reforma consiente actuaciones que ponen en peligro la protección y conservación del nuestro medio ambiente bajo la premisa y el pretexto de “sólo en casos excepcionales” como es el caso del polémico punto que trata el tema de los incendios forestales. Hasta ahora la Ley contemplaba un límite de 30 años para poder recalificar y construir en los terrenos calcinados, pero el nuevo decreto pretende introducir excepciones que permitan este cambio de uso camufladas como “razones imperiosas de interés público de primer orden que deberán ser apreciadas mediante ley”, que es lo mismo que decir “está prohibido, pero no”.

También suprime competencias a los agentes forestales, rebajándoles casi a meros vigilantes del medio sin capacidad jurídica para sancionar y prevenir delitos medioambientales.

Las bases políticas y legales que pretenden fundamentar el mantenimiento de nuestros montes y, por lo tanto, de nuestro patrimonio natural y biodiversidad, se están sometiendo paulatinamente al dios dinero y a los intereses económicos de nuestros gobernantes y ya no se trata de un relato de la Prehistoria o de nuestro pasado cercano, sino de la historia que estamos escribiendo ahora y que hablara de nosotros en el futuro. Quizá, en una época futura, también exista un museo u otra exposición temporal que hable de ello, si es que todavía no hemos conseguido acabar con nosotros mismos, y puede que, entonces, en ella también se contemple un espacio lapidario, pero sobre el Lince Ibérico. Estoy convencida que, en ese caso,  nuestras generaciones futuras también se lamentarán de las consecuencias de nuestros errores desde un punto de vista ajeno e increíble, mientras cometen los suyos propios.

La sala del lobo de Tasmania en la exposición “Se fueron con el viento. La sexta extinción”, es un rincón para la emoción y la tristeza, para la lagrimita, tal y como apuntaba el comisario de la misma,  ¿pero qué estamos haciendo para evitar que la historia se repita?

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