Un microcosmos político

Ayuntamiento de Molina de Aragón. // Foto: viajesylugares.com

Ayuntamiento de Molina de Aragón. // Foto: viajesylugares.com

Por Marta Perruca

Mi pueblo es una especie de microcosmos político donde se puede tomar la temperatura de la sociedad española en general, salvando las distancias, claro. Aquí, como en cualquier lado, hay gente de izquierdas y de derechas, independientes de ocasión o convencidos, algún que otro espantado de la política, indecisos y agnósticos. Mi pueblo, Molina de Aragón, no es demasiado grande, pero tampoco pequeño: una modesta cabecera de comarca con 3.500 vecinos, que creo que recoge bastante bien el espectro del electorado, con población inmigrante incluida, incluso de las fuerzas políticas reinantes o por reinar, ya se verá.

Mi pueblo, que en otro tiempo con menos avances tecnológicos vivía el devenir de la historia, las tendencias y el progreso con cierto retardo, no ha permanecido imperturbable ante los acontecimientos acaecidos en los últimos años, ni a los fenómenos sociales desencadenados por la crisis económica y la corrupción.

Hubo un tiempo en el que eso de la política parecía ser algo totalmente extraño y ajeno a los ciudadanos, un mero ejercicio que, si acaso tocaba, se practicaba una vez cada cuatro años, y ya está. Antes depositábamos nuestra confianza, o no, en nuestros representantes políticos para que gestionasen lo público y nos despreocupábamos por completo hasta transcurridos los cuatro años de legislatura, cuando sin mucho entusiasmo, nos tragábamos el discurso electoralista de cada partido y acudíamos a votar casi de manera autómata, dependiendo del pie del que cojeáramos, porque tampoco es que tuviéramos mucho donde elegir.

A veces asomaba el hocico alguna candidatura independiente cuya aceptación entre los votantes dependía más de la simpatía que inspirase su cabeza de lista, que de su inclinación política y que, con mucha suerte, conseguía lograr un concejal.

Y acudíamos a las urnas con el mismo talante cuando se trataba de elecciones generales o autonómicas, con la decisión casi tomada de antemano y dejando poco margen de maniobra al discurso político que pretendía arañar algún que otro voto de esos votantes indecisos.

Nunca se me ha ocurrido percibir a los que fuimos entonces como una masa ingenua e ignorante, sino más bien indiferente.  Sabíamos de la existencia de cierta corrupción entre la clase política, pero la aceptábamos e incluso me atrevería a decir que mirábamos hacia otro lado. No importaba demasiado, mientras aquello no afectase a nuestro bolsillo.

Mesas desmantelada en el Barranco de la Hoz. // Foto: Víctor Marfil

Mesas desmantelada en el Barranco de la Hoz. // Foto: Víctor Marfil

En nuestra sociedad, en el microcosmos de mi pueblo se observa muy bien, no damos un valor real a lo público, porque no lo concebimos como algo nuestro que hemos pagado con nuestros impuestos y, por tanto, tiene que servir al bien común. Solo de esa manera se explica que algún desalmado se haya afanado en expoliar las piedras de las mesas del paraje conocido como el Barranco del Toro y de la fuente de la casa del forestal, o que, al menos hasta ahora, no hayamos reparado demasiado en esos millonarios presupuestos en infraestructuras que se licitaban en otra época, ni en su utilidad. No he encontrado el dato concreto, pero habría que echar un vistazo a las cuentas, porque si el Centro de Interpretación “La Dehesa” de Corduente se llevó 2,2 millones de euros, a la maqueta del cañón del Tajo que podríamos contemplar en su interior si estuviera abierto, la llamaban Rolls Royce por el montante económico que había supuesto; también se comentó en su día el derroche de dinero empleado en la la maqueta de un Parador que nunca se construyó y que ahora nos venden recortado o “mutilado”, como afirma “La Otra Guadalajara”.

La famosa maqueta del Parador durante su presentación. // Foto: lacronica.net/EFE

La famosa maqueta del Parador durante su presentación. // Foto: lacronica.net/EFE

Además, aquí nunca desapareció la figura del cacique, ni el clientelismo político. Y habrá quien se lleve las manos a la cabeza, pero admitámoslo, en Guadalajara y en otras capitales de provincia, tampoco. Lo del caciquismo no es exclusivo de las zonas rurales, sino algo inherente al ordeno y mando de nuestra sociedad. De hecho, siempre me ha parecido que la política en nuestro país se quedó estancada en esa falsa ilusión de Democracia que fue la Restauración, pero con unas reglas algo más modernas y sofisticadas.

Claro que una cosa es que nos hagamos un poco los tontos y toleremos ciertos privilegios y desmanes a quienes tienen que gobernarnos y otra muy distinta que nos tomen por gilipollas –con perdón-.

Y eso es lo que creo que ha pasado en los últimos años. Antes los políticos –más bien la clase poderosa-  picaban un poquito de aquí y otro de allá, pero en un tiempo en el que las administraciones, por pequeñas que fuesen, movían cantidades ingentes de dinero, parecía muy fácil hacer desaparecer unos cuantos ceros más entre presupuestos millonarios.

Pero la gota que colmó el vaso, todos lo sabemos bien, fue cuando se atrevieron a pasarnos la cuenta. Nos dijeron que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades y que debíamos pagar por ello. Y entonces ocupamos las plazas como símbolos de los foros públicos donde surgió la democracia e incluso hubo quien acampó en ellas. En mi pueblo también se vivió ese germen del 15-M  y grupos modestos de gente formaron corrillos para hablar de política en la Plaza de España, algo impensable hasta entonces.

La cosa, ya sabéis, se quedó en agua de borrajas, sin demasiados cambios en las próximas citas electorales que acontecieron entonces y que tiñeron el mapa de azul, pero sí que hubo algo que perduró de todo aquello. Se había despertado de nuevo el interés de los ciudadanos por la política y nuestros gobernantes ya no podían hacer y deshacer a su antojo sin someterse al juicio de la opinión pública, cuestión que se vio favorecida por el afianzamiento de las redes sociales.

Mi pueblo, como todo microcosmos político que se precie, no podía apartarse de esa tendencia. Comenzó la legislatura con un alcalde socialista, investido con los votos de IU, pero sin pacto de gobierno, situación que meses más tarde desembocaría en la dimisión del alcalde, David Pascual (PSOE) y en un nuevo Pleno de Investidura que acabó otorgando el bastón del mando a Jesús Herranz (PP).

En los últimos meses, este pequeño microcosmos ha sido, en cierta medida, un hervidero de Democracia. Se han sucedido las asambleas para discutir de cuestiones municipales y hemos visto a muchos vecinos de la ciudad y de la comarca dispuestos a instrumentalizar la política y a coger el toro por los cuernos, en lugar de contemplar la faena desde la barrera.

Aquí, los partidos tradicionales también han andado afanados en configurar sus listas y en los mentideros se han ido comentando los posibles candidatos de cada formación. Aprovecho para aclarar aquí, ante las reiteradas preguntas de mis vecinos, que mi nombre no aparecerá en ninguna de ellas,  que en Molina, como en todos los pueblos, también se estila mucho eso del teléfono escacharrado de la rumorología.

El equipo que conforma las lista de Podemos en Molina de Aragón.

El equipo que conforma las lista de Podemos en Molina de Aragón.

Y por supuesto, en Molina de Aragón no podía faltar un círculo de Podemos con su lista morada, formada por integrantes de varias generaciones, personas que poco tenían que ver hasta ahora entre sí, pero que han confluido en un momento concreto y en una tendencia social determinada que nos ha hecho corresponsables del juego político, en lugar de meros espectadores.

Personalmente, ese Pablo Iglesias y sus chicos, que en las Europeas se me antojaron como unos idealistas simpáticos con verdadera determinación por cambiar las cosas, han terminado por parecerme unos vende-motos oportunistas con más cara que espalda, más dispuestos a convertirse en la nueva casta que a acabar con ella –ya lo he dicho-.

La verdad es que no creo que este sea el caso y  no osaría cuestionar el talante democrático y la voluntad de cambio con la surge este movimiento en mi pueblo.

Lo cierto es que algo está cambiando cuando personas que nunca se interesaron por la cosa política ahora deciden dar un paso adelante para  presentarse a unas elecciones  y formar un equipo de Gobierno en su ciudad.

Habrá que esperar al 24 de mayo para saber en qué se traduce ese caldo de cultivo que se ha ido cocinando durante los últimos meses en los resultados electorales y unos cuantos meses más para constatar la tendencia del proyecto político que capitanee la fuerza o fuerzas que resulten más votadas.

A mí se me ocurre que podría ser este el momento de dejar al margen los intereses de unos pocos, para impulsar y materializar aquello que queda dispuesto en el artículo 29 del Estatuto de Autonomía de Castilla-La Mancha y configurar, de una vez por todas, una comarca real, con personalidad jurídica y demarcación propia, en torno al Señorío de Molina de Aragón. Continuar con esa tendencia política corresponsable y dejar de lamentarnos del olvido y la inoperancia de otros, para coger las riendas y ser los dueños de nuestro destino.

Ahí lo dejo, por si alguien quiere recogerlo.

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