El coso de la vida

Alguacilillo

Un alguacilillo sigue atento la lidia en una corrida de toros // Foto: Eduardo Briones

Por Óscar Cuevas

En el redondel de la plaza de toros se representa en las tardes de corrida la tragedia de la vida y la muerte. El círculo de albero amarillento se hace escenario de un ciclo de la existencia, que se representa con un nacimiento en forma de prometedor paseíllo, y se cierra en un entierro de arrastre. El juez supremo es el respetable, que manda al cielo o al infierno (de la tauromaquia, se entiende) al lidiador.

Tiene importancia, lo circular, en muchos aspectos de esta fiesta. Hablan los entendidos de “faena redonda” cuando esta se desarrolla sin altibajos, con el inicio y el final en altos vuelos artísticos. “Ha estado cumbre”, dirá también el taurinito habitual de las gradas en tardes de sol y moscas. La vida, igualmente, está llena de cumbres que se escalan y se descienden, plagada de círculos que se abren y se cierran como el que dibujan las muletas en los derechazos largos. Y la política, ni les cuento.

Por ejemplo, pongamos que hablo de una entidad que aglutina al empresariado alcarreño y que tiene en propiedad una preciosa sede palaciega. Pongamos que los responsables de esa entidad la llevan a la quiebra sin remisión, con una gestión más propia de un maletilla que de un profesional. Y que la entidad acaba teniendo que malvender su sede como cuando un torero derrotado se desprende de sus vestidos de luces para poder vivir. Pongamos que el principal causante de la ruina, como esos malos picadores que barrenan en vez de clavar, lejos de pagar el estropicio hecho al toro, acaba siendo acogido con vítores en el seno del poder. Pongamos que le encargan ahora hacer brega de mantazo y alivio, trabajo sucio, de baja estofa, a cambio de dinero, mucho dinero, que le concederán graciosamente los que ostentan el poder. Pongamos, finalmente, que la sede de la entidad quebrada tiene un nuevo propietario que compra la ganga como quien compra una entrada de reventa con la corrida empezada, y acaba acogiendo en su interior a los mismos que llenan los bolsillos del que provocó la ruina. Entonces habremos cerrado otro círculo. Pongamos que es una faena, pongamos que hay un matarife, pongamos que hablo de Guadalajara.

Supongamos que nuestro matachín tiene socios de tronío, con dinero y empaque y línea directa con las altas esferas. Aquí les presento al capitalista. Un hombre “bien relacionao”, adinerado, que acoge en sus brazos a los fieles a la causa, y que busca lo mejor para los suyos. Por ejemplo, para un hijo que quiera debutar con las figuras.

Les presento ahora a un muchacho que nació para triunfar, por razones más de cuna que de arte, en el ruedo cruel de la vida pública. Es un novillero con buen padrino, con dinero, influencias. Lo de menos será su pericia con el percal. Porque si quiero lo coloco en plaza de tercera haciendo de sobresaliente, si me peta lo catapulto a plaza de primera para una sustitución pagada a precio de figura. Y si me pongo fino, tengo un “compare” que me lo va a meter en su cartel, por derecho. Cerrándolo, sí. Pero en el cartel.

Al niño ya le han dado la “oportunidad”, y su triunfo será también el del compadre, el del capitalista, y el de toda la familia. Esa que pone y quita toreros, que encumbra y arruina, que hace y deshace con el dinero del respetable con la misma facilidad que un figura da muletazos sobre la arena de la plaza. Mira tú cómo reluce el niño en el cartel. Ya hemos cerrado otro círculo.

En los carteles han puesto un nombre que no lo quiero mirar, en esta corrida del gran poder. De los carteles se ha caído otro torero, veterano, agotado, que antaño tuvo tirón entre los aficionados, pero que lleva años toreando fuera de cacho. También se ha quitado el director de lidia de encima a otro que no le hacía sombra, pero que era molesto; que nunca tuvo empaque de gran torero, pese a su afición. Pero ya le han recolocado en otros menesteres. Que lo metan en otra corrida.

Y tres hombres de plata que antaño tenían traje de oro ahora han sido relegados a las letras pequeñas del cartel, allí donde es imposible triunfar. Era difícil imaginar que una terna fajadora se iba a quedar fuera de los sitios de postín del patio de cuadrillas. Pero mira tú que ha ocurrido. Es algo así como si le hacemos hueco al alguacilillo porque se ha empeñado en torear con la derecha.

Pero es que hay que cerrar el círculo.

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