Piel de poliuretano

Ricardo Clemente

El periodista Ricardo Clemente, autor de este artículo

Por Ricardo Clemente (*)

La costumbre de transitar a diario por los mismos sitios nos impide apreciar el calado de las huellas que imprime el tiempo. Acabamos por trivializar hechos inusuales, como si la alteración de algo debiera por fuerza ser su estado natural cuando no es así.

La crisis, que explica todo lo malo que nos pueda suceder y más, está sirviendo de coartada para una terrible y crónica enfermedad que padece Guadalajara: su galopante amputación urbanística. Aunque la observamos como un mal de ahora, de estos tiempos inciertos en los que nos resignamos a ir perdiendo casi cualquier conquista mientras no pasemos hambre, es muy anterior. Tanto, que es tan difícil de situar en el tiempo, como sencillo ubicarla en el espacio: el centro.

De repente, un día vas caminando por la calle Mayor y reparas en el hueco del edificio que quedó junto a la antigua sede de Telefónica. Observas el bosque que intuyes ha prendido en el interior, intuyes que dentro anida “La fauna ibérica”, contemplas el andamio de al lado, ese que cubre el cascarón que quedó del bloque de la pescadería “Maragato”, y tratas de hacer memoria. Una década, quizá dos. Da igual.

"Collage" de fotografías con múltiples medianerías al descubierto en el casco de Guadalajara // Fotos: Ricardo Clemente

“Collage” de fotografías con múltiples medianerías al descubierto en el casco de Guadalajara // Fotos: Ricardo Clemente

Concluyes que ese andamio es el Partenón de los andamios mundiales, que es lo que cuenta, que pronto podrá competir en solera con la catedral de Burgos y el Obradoiro. Lo has visto tantas veces que ya no concibes ese rincón de la ciudad sin él. Ha dejado de ser una alteración para ser paisaje. Incluso te puede servir para orientar a un turista: “baja usted la calle que queda a la derecha de un andamio enorme y…”

Ese andamio sobre el exoesqueleto del “Maragato” ha asistido con una admirable entereza a nuestro ciego romance con la expansión sin decir ni mu. Al acecho. Protegiendo con una gran fortaleza de ánimo cien metros cúbicos de aire que se han puesto a procrear como conejos y extienden su prole por el cuadrante que forman el barranco del Alamín, la avenida del Ejército, el Matadero, Las Cruces y La Carrera hasta la chimenea de La Vaguada.

Cuando un viejo va perdiendo dientes empieza a comer más sopa y menos carne. Le da por mojar el pan en la leche o en el vino. Come, sí, pero empieza a acecharle el final, se va viniendo abajo. Los dientes caídos son la obertura de otros achaques. En La Carrera faltan tres muelas casi seguidas. En casi cualquier otra ciudad con un poco de moral y orgullo serían inconcebibles unas encías peladas en tan soberbio lugar. No tanto porque susciten deseo y el deseo dinero, por puro negocio. Hay una necesidad orgánica: alimentar la ciudad con habitantes; y otra estética: no dejar que aparente abandono, darle armonía para que no contagie ese abandono.

Recorrer la Guadalajara antigua, la que queda dentro de los torreones, es un ejercicio mitad heroico, mitad doloroso. Sus magníficas nuevas aceras de piedra de casi un palmo de grosor son como ese ataúd de roble, dotan al conjunto de un esplendor inmerecido, porque dentro no deja de estar tumbado un muerto que no se va a levantar para admirar la nobleza de la madera. Ves puertas y ventanas tapiadas, ventanas abiertas para solaz de las ratas aladas, ventanas sin cortinas tras las que se adivinan paredes desnudas y desconchadas, tejados hundidos, grietas como la falla de San Andrés, portales taponados con horribles candados, portones de chapa galvanizada, blindaje para que bajo ningún concepto acabe por entrar dentro algo de vida. Y huecos, muchos huecos tapiados con esos bloques, huecos a su vez, en color gris.

Toneladas de aire. Toda una inyección de adrenalina.

Parece como si la ciudad fuera a sufrir, o hubiera sufrido ya, un ataque nuclear o una invasión de los orcos. Cualquiera sabe.

No quiero ponerme a hurgar en causas relativas a la acción y omisión de cada municipalidad, que seguramente serán múltiples y que abrirían el clásico ataque, réplica y contrarréplica de tirios contra troyanos que tanto nos hastía, pero sí en una matriz esencial: que Guadalajara quiso crecer mucho y no se dio cuenta de que en realidad creció poco. Lo que hacía era moverse. Con su complejo de fea, esta ciudad se ha transportado, se ha ido. Lo que nos vendieron como crecimiento hasta las aldabas mismas de Taracena, fue un trasplante de órganos, y ahora tenemos el corazón donde el hígado y el bazo donde el oído medio. Cuarto y mitad de vida aquí y otro tanto allí, como si la suma de dos heridos graves diera como resultado uno leve. Un ejército no puede avanzar si no asegura las plazas conquistadas o se verá atrapado entre dos fuegos, y eso es una garantía de total aniquilación. Tampoco podemos obviar la codicia. Hubo un tiempo en el que las tetas de ladrillo de la vaca de ladrillo parecían inagotables. Vender entonces hubiese sido un esplendoroso negocio pero… Al año que viene darán más… Y al siguiente más… Hasta que estalló la bomba H y ya no daban nada.

Ese desorden ha empezado a verse ahora en toda su funesta desgracia en las decenas de huecos que brotan como por ensalmo y que tienen una firme vocación de quedarse, solares vacíos que ocupan los 360 grados alrededor de la cabeza, la coloquemos en Dávalos, la plaza de San Esteban, la concatedral, o cerca del Infantado. Esa soledad, ese silencio, van quedando escritos en la colección de esquelas prendidas del corcho de Santiago y de San Nicolás. Quisimos abarcar tanto que apretamos poco o nada y ahora nos desangramos por las dos heridas.

Es un rasgo muy nuestro, aunque nos pese.

La espuma amarilla de poliuretano es el fruto final más abundante del próspero ladrillazo de nuestro pueblo, al que siempre se le han escapado las oportunidades aprovechando cualquier desgracia para justificar la derrota. Tuvimos a los Mendoza, tuvimos globos y zepelines, tuvimos una academia militar de ingenieros, tuvimos una fábrica de coches, tuvimos Interclisa.

Dejaron de estar.

Ahora tenemos agujeros y paredes medianeras que se riegan de espuma para evitar que entre el agua en el edificio de al lado, como queriéndonos transmitir que no esperemos pronto un andamio, aunque sea una de las tramposas puertas del Ministerio del Tiempo como ese “Andamio Maragato” que no está ahí para construir sino para sujetar, o por puro exhibicionismo, que es peor. No se atisba ninguna evolución en esta odontología urbana. No cae un edificio para dar lugar a otro, no cierra una tienda de alpargatas para abrir otra de móviles, no quiebra un almacén de azulejos para abrir otro de placas solares. A nuestro Siglo XX lo está sucediendo el vacío, la nada, el agujero negro, la antimateria, y tenemos la excusa perfecta a la altura de los ojos: la crisis. Así no tenemos que ensuciarnos las uñas al rebuscar.

Guadalajara es el esqueleto de hotel que vivió muchos años entre nosotros como un dinosaurio tomando el sol frente al toro de Osborne, es el cine Imperio con su techado metálico apretando sobre el oscuro vacío, el polvo y el serrín, es el PMM, Correos, el Ateneo, la Hispano, Villaflores, la cárcel, el Hospital Provincial, el Fuerte, el Alcázar… comidos todos de musgo, hierbajos y mierda de paloma.

Nuestro mejor precinto, nuestra piel más concreta, más simbólica, nuestra apuesta ganadora es la espuma de poliuretano. Y es sincera, no miente. Dice que nos acomodemos sin prisas a contemplar ese nada sutil horror que rezuman sus chorretones, de un color similar al de la miel para colmo de sarcasmos, porque ese mantel de espuma no está ahí para preparar obras nuevas. Sirve para tapar los poros del diente de al lado y que no se le cuele otra caries y se caiga, que se colará.

Que se caerá. Pero es por culpa de la crisis.

Coda.- El Ayuntamiento tiene catalogados, sólo en la zona centro de Guadalajara (el equivalente aproximado al código postal 19001), entre 90 y 100 solares vacíos. Según el Decreto Legislativo 1/2010, de 18/05/2010, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley de Ordenación del Territorio y de la Actividad Urbanística de Castilla-La Mancha, existe un deber legal de edificar en un plazo máximo de 24 meses, estableciendo medidas ante dicho incumplimiento que pueden llegar a la expropiación o la edificación mediante sustitución, una interesante opción que puede ser iniciada de oficio por el Ayuntamiento o instada por cualquier persona, sea o no empresa, tenga o no interés comercial en el solar.

El procedimiento posterior requiere de la convocatoria de un concurso para sustituir al propietario incumplidor mediante una larga serie de farragosos trámites. Los potenciales adjudicatarios interesados en el concurso deben consignar en sus ofertas la compensación que recibirá el propietario del solar, nunca inferior a la mitad del valor que adquiera el nuevo edificio, cuyos máximos precios de venta se establecen además por anticipado. El aspirante a nuevo propietario debe presentar un Programa de Actuación Edificadora, que exige, entre otros requisitos, un proyecto básico de actuación, el convenio propuesto al propietario o propietarios, estimación de costes… Si hay acuerdo se produce una transmisión forzosa de la finca vacía.

Este resquicio legal, apenas explorado durante los cuatro años que lleva en vigor la norma debido sobre todo al escaso crédito hipotecario concedido y al amplio stock de vivienda nueva, está produciendo ya algunas maniobras en este nuevo nicho para la promoción en Guadalajara, generalmente fruto de alianzas entre veteranos del sector. De hecho, podría suponer que muy pronto (al fin) se edifique alguno de los casos mencionados en este artículo.

No obstante, tampoco cabe esperar que esta norma acabe resolviendo un problema que ya está tomando una magnitud preocupante.

* Ricardo Clemente nació en Guadalajara en 1969. Es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid (1992) y Máster en Publicidad y Comunicación Empresarial por ESIC (2003). Ejerció en numerosos medios informativos de Guadalajara antes de pasar al otro lado del mostrador de la profesión periodística, el de los gabinetes de prensa, en 1997, al incorporarse a las Cortes de Castilla-La Mancha. Entre 1999 y enero de 2012 desempeñó las jefaturas de prensa de la Diputación Provincial, el Club Deportivo Guadalajara y la Subdelegación del Gobierno en Guadalajara. En la actualidad es colaborador habitual en distintos espacios de actualidad general y programas deportivos en diferentes medios de comunicación.

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