El tiempo, en espiral

Guitarra

Por Marta Perruca

La guitarra, encima de la cama sobre su funda y un montón de partituras con canciones nuevas, dispuesta a cualquier minuto que se escape en el reloj y quiera arrancarle algunas notas; el vaso de Coca-cola ocupa el lugar que en otro tiempo perteneció al cenicero, porque  mañana hace un mes que volví a dejar de fumar – qué vicio más perverso-. Y aquí estoy otra vez, delante del ordenador, tratando de comprobar hacia dónde me llevará esta reflexión.

Hace ya varios meses que regresé a mi pueblo, Molina de Aragón, donde el tiempo discurre en espiral y tan pronto se muestra detenido en ese lugar que ocupas y donde inevitablemente sólo puedes ser tú, como que avanza por derroteros complicados, quizá dando forma a todo lo que hemos cambiado, para terminar por convertirnos en extraños. A veces, ese rincón que me ha guardado durante todo este tiempo, me reprocha no haber estado, e incluso creo que me castiga, si me ausento sin avisar.

De tal manera que el otro día, cuando cruzaba el umbral de la puerta de mi portal con las maletas en la mano, después de pasar algunos días en Salamanca con unos amigos, me encontré con un cartel que, alucina vecina, –es verdad, tengo a todo el vecindario alucinado-, anunciaba que nuestra calle, que desde que tengo uso de razón se conoce como “Las Cerradas”, pasa a llamarse Cuartell, Nº3 y aquí nadie entiende a qué narices se debe este cambio.

Retrato de José Boixareu Rivera. // Foto: www.lacronica.net

Retrato de José Boixareu Rivera. // Foto: http://www.lacronica.net

No es lo mismo, pero este episodio me ha traído a la memoria otra calle, pero de Guadalajara, porque asistíamos hace algunos meses a la estúpida polémica que despertó un nombre en una placa, el de un capitán que participó en el Levantamiento militar de 1936 y que murió en el campo de batalla en Lérida. Nació en Guadalajara y marchó poco después, así que poco más le une a esta ciudad. Sin embargo, una Guadalajara de postguerra, sedienta de militares con apellido franquista –hay que tener en cuenta que la ciudad militó en bando republicano-  le nombró hijo predilecto y le dio su nombre a una calle. Al amparo de la Ley de Memoria Histórica el asunto se debatió en los tribunales, entre IU que reclamaba su retirada, lo que le fue concedido por un Tribunal Contencioso-Administrativo y, un equipo de Gobierno que defendía su mantenimiento, lo que llevó al extremo de recurrir esa sentencia al Tribunal Supremo, que terminó por darle la razón. Y en esas cuitas estuvieron enzarzados, malgastando recursos en los tribunales, mientras el ciudadano de pie siempre conocerá esa calle como “La Carrera”.

Pues no sé muy bien por qué, porque nadie se lo explica, mi calle, de la noche a la mañana, ya no será más “Las Cerradas”, sino Cuartell, Nº 3, porque existen otras dos calles con el mismo nombre. Y digo yo ¿No será mejor dejarla como está, para evitar así confusiones?

Lo curioso es que, hasta que el documento caduque, mi DNI dice que vivo en una calle que ya no existe. Aunque lo cierto es que eso no es tan grave, si tenemos en cuenta que mi currículum recoge distintos puestos de trabajo en un buen puñado de empresas que también se esfumaron. Una se pregunta si no se habrá perdido en esa espiral del tiempo para convertirse en uno de los fantasmas que vagan por mi pueblo y de los que he hablado en tantas ocasiones, sobre todo cuando recorro esos lugares que me hacen sentir extraña, en un lugar en el que, sin embargo, solo puedo ser yo.

El lugar que ocupa Neptuno en el diseño de la nueva plaza. // Foto: lacronica.net

El lugar que ocupa Neptuno en el diseño de la nueva plaza. // Foto: lacronica.net

Y es que hay ciertas cosas que imprimen identidad. El Neptuno no pegaba ni con cola en el nuevo diseño de la Plaza del Jardinillo, pero tenían que incluirlo, aunque fuera con calzador. Y así lo hicieron, deshaciéndose de su antiguo pilón y sumiéndolo en una piscina, que supuso un bofetón, al principio, pero que al final ha terminado por acomodarse a nuestra vista a fuerza de transitar esa calle todos los días.

Lo que no entiendo muy bien es el concepto de la Plaza del Concejo, porque puestos a esgrimir proyectos en plena campaña, yo sacaría a pasear la bola de demolición, no para acabar con otro palacio renacentistas, sino con la patada visual que representa el centro cívico. Quizá no haya tanta diferencia entre rehabilitar ese ruinoso edificio y construir uno de nueva planta, más acorde con la estética de la plaza, engalanada con el ábside de la antigua iglesia de San Gil. Junto con este edificio infame, la mole de cristal de Iber Caja y la torre de Caja de Guadalajara, ahora sede de la Junta de Comunidades en Guadalajara, representan las atroces ignominias urbanísticas del casco antiguo de la capital.

El centro cívico de Guadalajara, ubicado en la Plaza del Concejo. // Foto: pueblos-espana.org

El centro cívico de Guadalajara, ubicado en la Plaza del Concejo. // Foto: pueblos-espana.org

El Sotillo también es parte de la memoria colectiva de los guadalajareños. Supongo que muchos no podrían comprender su infancia sin los domingos de paella y barbacoa en este paraje. Recuerdo que al poco de llegar a Guadalajara celebramos allí un cumpleaños con la preocupación de si podríamos disponer de alguna mesa libre.

El poblado de Villaflores ha sido declarado BIC // Foto: www.herreracasado.com

El poblado de Villaflores ha sido declarado BIC // Foto: http://www.herreracasado.com

El panorama es muy distinto en estos tiempos. No puedo decir que sea cosa de ahora el vandalismo que se ha cebado con los muros de ese poblado de Villaflores, pues entonces ya dejaba un reguero de botellón, basura y pintadas en las paredes, entre otros escatológicos desperdicios. Han sido muchas las promesas de futuro que han coqueteado con este complejo, obra del famoso arquitecto Velázquez Bosco, bajo en encargo de la duquesa de la Vega del Pozo, que pretendió ser hotel de lujo, un parque temático o simplemente, un espacio rehabilitado para el uso social por parte del Ayuntamientos, cuyas obras serían llevadas a cabo por Reyal Urbis, tras la recalificación de los terrenos del Ave. Recientemente, el Diario Oficial de Castilla-La Mancha ha hecho pública su declaración como Bien de Interés Cultural (BIC) con el más alto grado de protección.

En mi pueblo ha sido el Barranco del Toro, otro paraje que ha marcado la infancia de muchas generaciones de molineses, el que se ha visto desmantelado por el abandono, el expolio y la ruina, con su antiguo refugio sin cubierta y sus mesas y sillas de piedra incompletas porque algún desalmado se las ha llevado.

Espero que este reconocimiento como BIC tenga mejor fortuna a la hora de perpetuar el legado del Sotillo y del Poblado de Villaflores.

Podría pedir a las personas de mi entorno que mencionaran tres monumentos de Guadalajara que cuenten con esta calificación y estoy convencida de que pocos serían capaces de nombrar tan solo uno. Por estas fechas recuerdo con especial cariño uno de estos monumentos, la iglesia románica de Villaescusa de Palositos, a la que de poco le han servido estas siglas hasta el momento, ya que no han logrado mantener abiertos los caminos públicos que acceden a la misma, ni acometer unas obras de rehabilitación proyectadas a través de un Plan del Románico que se quedó en agua de borrajas.

Los amigos de Villaescusa se hermanan con los muros de su iglesia. // Foto: Asociación de Amigos de Villaescusa

Los amigos de Villaescusa se hermanan con los muros de su iglesia. // Foto: Asociación de Amigos de Villaescusa

El próximo 16 de mayo, antiguos vecinos, descendientes de los que lo fueron, miembros de asociaciones de amigos del Camino de Santiago y simpatizantes se sumarán a la X Marcha de las Flores que organiza la Asociación de Amigos de Villaescusa de Palositos para reclamar la titularidad pública de los caminos que transcurren por la antigua villa, uno de ellos perteneciente a la Ruta de la Lana del Camino de Santiago, y la conservación de la iglesia del pueblo, hoy convertido en finca privada, pero lo cierto es que en diez años no han sido demasiados los frutos recogidos. Hoy apenas queda nada de ese pueblo y de la identidad que dejaron en sus calles y rincones sus vecinos. Ya no están en pie las antiguas escuelas, ni el ayuntamiento y ni rastro queda de la plaza del pueblo. Tan solo las ruinas de una iglesia en la parte más alta y un destartalado cementerio, y si nadie lo remedia, pronto ya no quedarán más que los fantasmas vagando por unas antiguas calles desdibujadas.

Y aquí estoy algunas horas más tardes, con el vaso de Coca-cola vacío y mi guitarra sobre un montón de partituras esparcidas sobre la cama, esperando a que el tiempo se digne a arrancarle unas notas, un tiempo que discurre en espiral a lo largo de una calle que no existe, entre un momento perpetuo y otro en el que, simplemente, soy una extraña.

Un vaso de Coca-cola vacío en el lugar que antes perteneció a un cenicero. // Foto: M.P.

Un vaso de Coca-cola vacío en el lugar que antes perteneció a un cenicero. // Foto: M.P.

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