Los interminables deberes

Abel de Céspedes, el padre que ha ganado una batalla contra la Inspección Educativa por los deberes de sus hijos. // Foto: ABC

Abel de Céspedes, el padre que ha ganado una batalla contra la Inspección Educativa por los deberes de sus hijos. // Foto: ABC

Por Concha Balenzategui

El pasado fin de semana, como casi todos los de primavera, la provincia de Guadalajara ha sido un bullicio de actividad. Pareciera que el buen tiempo nos quiere echar de casa, y las propuestas de ocio se multiplican, al aire libre y a cubierto, culturales, deportivas, festivas e incluso políticas, pues los partidos añaden conciertos y otros ganchos a sus saraos para lanzar sus mensajes. Pero como todos los fines de semana, la agenda de muchas familias se ve supeditada a un factor imponderable: los deberes de los niños.

No es asunto baladí que la familia trabajadora no pueda disfrutar el fin de semana de los ratos de ocio que el día a día no permite. Pero probablemente lo más grave es que, durante la semana, la rutina se ve demasiado afectada por la tareas escolares que los chavales hacen fuera de la escuela.

Sé firmemente que no hablo de una situación puntual ni personal. He conversado con muchos padres, he visto muchos mensajes en las redes sociales y he oído muchas quejas a diario sobre la carga que supone la tarea diaria. Por eso últimamente me he fijado más en ciertas noticias que denotan que el tema de los deberes ha dejado de ser un asunto doméstico para pasar a ser una preocupación extendida.

Dejemos las cosas claras. No se trata de que un estudiante de Bachillerato pase un mes muy estresante porque se presenta a la PAU, o que un alumno de la ESO tenga que “apretar” ante los exámenes finales. Estamos hablando de que cientos de niños de Primaria, con ocho o diez años, tienen a diario dos horas, y en ocasiones hasta tres de actividades escolares que suman a las cinco horas que ya pasan en el colegio. Un ritmo impuesto desde el principio de curso hasta el final. Estamos hablando de que no basta con reservar el viernes por la tarde para las tareas escolares para tener un fin de semana desahogado.

Pongamos el ejemplo de un niño que acude a una o dos actividades extraescolares, que también enriquecen y contribuyen a su desarrollo, como el deporte, la música, un idioma o el refuerzo escolar. Su jornada se habrá convertido en lo más parecido a la de un adulto, pues los ratos que dejan libres los horarios de colegio y los entrenamientos o clases vespertinas quedan prácticamente copadas por los deberes. Cuando acaban, casi es la hora de la ducha o la cena. Y si les sobra un rato, están tan cansados que no tienen ganas de jugar o de leer; lo máximo que hace es sentarse a ver unos minutos la televisión.

Estudio de la OCDE sobre horas de deberes en distintos países. // El País

Estudio de la OCDE sobre horas de deberes en distintos países. // El País

No quiero elevar las conversaciones de patio de colegio a la categoría de dogma. Hay ya muchos estudios sobre la cantidad de deberes, y algunas iniciativas de respuesta. Según un estudio de la OCDE, España es el quinto país entre los desarrollados donde más horas se dedican a las tareas en casa. Una media de alrededor de siete horas a la semana. Les aseguro que esta estadística se queda por debajo de lo que yo conozco en mi entorno en Primaria. No obstante, creo que los deberes están en el lado oscuro del proceso del aprendizaje, algo así como la economía sumergida, que es muy difícil de cuantificar.

He leído opiniones de expertos que abogan por eliminarlos y otros por reducirlos. Algunos hablan de que con 40 minutos diarios al final de Primaria serían suficientes, y no más de una hora en Secundaria. Pero lo que no he encontrado por ninguna parte, y de verdad que me he interesado, es ninguna teoría, ningún especialista y ningún estudio que justifique la cantidad de horas dedicadas a las tareas escolares en casa.

Si en países como Estados Unidos, Francia o Canadá llegaron a convocarse huelgas de deberes en el año 2012, en España también se están viendo movimientos de rebeldía. Por ejemplo de padres que deciden poner límite al tiempo de deberes y se enfrentan a la Inspección Educativa, o peticiones masivas en internet para que la tarea se reduzca. Más de 100.000 firmas recogidas en unas semanas ponen de manifiesto que no se trata de un tema menor. La Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos, la Ceapa, se ha pronunciado también varias veces en contra de la sobrecarga de deberes de los niños.

No soy dada a cuestionar las decisiones de los profesores, ni sus métodos pedagógicos. No se me ocurriría decidir por mi cuenta que un niño no estudiara más del tiempo que su padre considere como sensato, ni a reducir un ápice la sensación de obligatoriedad de los deberes con que los chavales salen del colegio. Pero sí creo que el asunto merece una reflexión, en la que debe participar toda la comunidad educativa, no sólo las autoridades y los profesores.

Quienes comparten esta sensación de tareas abusivas -y sé que muchos de los que lo leen están asintiendo- suelen asegurar que en sus tiempos de escolares no había tantos deberes. Que ellos no recuerdan esta carga tan abundante a edades tempranas. ¿Son más tontos los niños de ahora, que necesitan más tiempo y actividades para que los contenidos les entren en la “mollera”, o es que tienen que asimilar mucho más? ¿Hay ahora más carga lectiva, más exigencia en los currículos, o es que a los chavales les cuesta más aprender? Quizás haya que revisar a fondo cómo funcionan los antiguos métodos de repetición y retención con nuestros nativos digitales. Pero con cabeza. Porque si aplicar las nuevas tecnologías en el aula se limita a que los chavales tengan que buscar todos los días información por internet sobre el tema de turno, y esa tarea se encomienda siempre para casa, porque en el aula no da tiempo a realizarla, no avanzamos mucho. Se convierte en algo tan tedioso como memorizar o hacer cuentas sin fin.

 

mafalda educación

Creo que en todos estos frentes hay mucho trabajo por hacer. Pero sobre todo, en el de la coordinación. Me pregunto si la cantidad de horas dedicadas por los maestros a la programación de las materias no debería tener su aplicación racional en las tareas en casa. No debe ser tan difícil de lograr que si mañana hay un examen de un tema fuerte de “Cono”, la profesora de Matemáticas reduzca el número de ejercicios para casa, o que al final de la evaluación no se acumulen los exámenes, la carga de ejercicios para terminar el libro a tiempo y los trabajos por entregar.

También debería examinarse si se aprovecha realmente el tiempo en el aula y si es posible hacerlo con el número de alumnos, los distintos ritmos de aprendizaje y los medios humanos y materiales que tienen los colegios. Me consta que decisiones como la de reducir las clases a 45 minutos, que se ha aplicado este año en Castilla-La Mancha, ha sido un absoluto error a juicio de la gran mayoría de los docentes. Esas clases tan cortas para tratar de meter más materias no favorecen que el tiempo se rentabilice en el colegio. Al tiempo, el hecho de que determinadas asignaturas aparezcan en el horario más días de la semana ha terminado por hacer que los deberes de esas materias sean más, porque todos los días que se imparte esa asignatura tiene su tarea para casa. La decisión de dividir “Conocimiento del medio” en dos asignaturas, Social y Natural, ha redundado en el doble de carga: dos asignaturas, dos deberes, dos exámenes… Y finalmente, la reforma que ha llevado a evaluar la religión o su clase alternativa, en muchas ocasiones ha hecho aparecer exámenes donde antes no los había.

Por arrojar un poco de claridad sobre el tema, apunto algunas ideas que entresaco de opiniones de especialistas sobre el tema. Dicen que a tareas deberían ser más personalizadas, y siempre complementarias a lo aprendido o ejercitado en clase. Hablan de trabajos más creativos, más lúdicos o placenteros, no mecánicos ni repetitivos. También abogan por cuidar algo más la motivación para que los chavales no caigan en el hastío y acaben perdiendo el tiempo o distraídos con cualquier asunto que les haga la tarde más llevadera.

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