De bruces con la realidad

Un hombre rebuscando entre la basura en el barrio de Los Manantiales.//Foto: Ana María Ruiz

Un hombre rebuscando entre la basura en el barrio de Los Manantiales.//Foto: Ana María Ruiz

Por Ana María Ruiz

Seguimos otra semana más hablando de pactos, acuerdos, formación de gobiernos, minorías, mayorías, alcaldías y presidencias, que por otra parte es lo que toca como mínimo hasta finales de este mes. En estos días en los que todos nos hemos convertido en improvisados analistas políticos, el Instituto Nacional de Estadística se ha encargado de devolvernos a la realidad, a la más cruda realidad que padecen miles de castellano-manchegos y cientos de vecinos de Guadalajara.

El organismo oficial ha presentado los resultados de la Encuesta de Calidad de Vida 2014, que reflejan que un 22 por ciento de los españoles vive en el umbral de la pobreza. En Castilla-La Mancha el porcentaje se eleva hasta el 28,4 por ciento, lo que convierte a nuestra región en la cuarta Comunidad Autónoma con la tasa de pobreza más alta del país, sólo por detrás de Murcia (37,2%), Andalucía (33,3%) y Extremadura (33,1%). Para echarse a temblar.

El empobrecimiento paulatino de la población viene motivado por esta maldita crisis que parece no tener fin, a pesar de que muchos se empeñen en ver brotes verdes donde otros sólo contemplan un largo y oscuro túnel del que no alcanzan a intuir el final. Y es que el día a día de muchísimas familias de nuestra ciudad y de nuestra provincia se ha convertido en poco tiempo en una carreta de obstáculos. Familias que nunca hubieran imaginado que de tener una vida más o menos cómoda pasarían a formar parte de unas estadísticas que deberían hacernos sonrojar. A todos, pero especialmente a quienes han favorecido esta situación. Los que deberían haber velado por mantener el bienestar de los ciudadanos y, sin embargo, se han convertido en sus verdugos a base de recortes en el gasto social, precisamente, el que no debería haberse tocado. Eso sí, era más importante salvar el culo a los banqueros y amnistiar a los ricos y poderosos que respaldar a una población que ya no puede más.

Cuando el INE realizó la encuesta en la primavera de 2014, el 16 por ciento de los castellano-manchegos afirmaba llegar a fin de mes con mucha dificultad y el 36,5% lo hacía con cierta dificultad. Y cuando se habla de dificultad se hace referencia a no tener capacidad para afrontar gastos imprevistos o haberse retrasado en los pagos relacionados con hipotecas, alquileres, recibos del gas, electricidad o de la comunidad de vecinos.

He acudido a otro estudio por aquello de contrastar los datos y reconozco que también con el objetivo de encontrar otras cifras más alentadoras. Mi gozo en un pozo. Según los datos del Informe Social de Castilla-La Mancha, elaborado por la Red Europea contra la Pobreza y la Exclusión, que mide los datos en función de un indicador estadístico europeo, la región “presenta un grave problema de pobreza y exclusión social”, con un 27,3% de la población en riesgo de pobreza, diez puntos por encima de la media nacional. Más de la mitad de los castellano-manchegos no puede ir de vacaciones al menos una semana al año, casi el 40% no tiene capacidad para hacer frente a gastos imprevistos, un 14 por ciento se retrasa en los pagos esenciales para vivir, un 11% no tiene recursos para mantener su vivienda a la temperatura de adecuada, un 9,4% no puede adquirir un ordenador personal y un 4% no puede permitirse una comida de carne, pollo o pescado al menos cada dos días.

Hambre. Muchos –demasiados- guadalajareños pasan hambre. ¿Se hubieran imaginado hace cinco o seis años que a España volvería el hambre? El Comedor Social que Cáritas posee en la ciudad ofrece cada día cerca de 400 comidas, frente a las 50 que se daban antes del inicio de la crisis y ha puesto en marcha la campaña “Regalar un menú es amor” para que los ciudadanos colaboren con la adquisición de menús solidarios por 4 euros. El Banco de Alimentos ayuda a 3.000 personas y los Servicios Sociales del Ayuntamiento cifran en 1.000 los ciudadanos que necesitan apoyo permanente para los gastos básicos del hogar y alimentación.

Ante el incremento de la demanda en sus comedores sociales, Cáritas ha puesto en marcha la campaña

Ante el incremento de la demanda en sus comedores sociales, Cáritas ha puesto en marcha la campaña “Regalar un menú es amor”.//Foto: Cáritas

La peor parte se la llevan, como siempre, los más débiles. Y los más débiles de esta crisis son los niños. Hace unos meses escribí un artículo titulado “Los niños de la recesión”, que les enlazo para no repetir unas cifras que no hacen sino crecer día a día. Y es que según los datos de la Encuesta de Calidad de Vida, la tasa de riesgo de pobreza entre los menores de 16 años se sitúa en el 30 por ciento, ocho puntos por encima del conjunto de la población. No se debe permitir. No se puede permitir que en pleno siglo XXI haya niños que no tengan nada que llevarse a la boca y dependan del comedor escolar o de la caridad para realizar al menos una comida saludable al día.

Desigualdad. Esa realidad que trata de imponerse a base de cifras y porcentajes, esa realidad tozuda que nos habla de hambre y pobreza debería hacernos reflexionar porque se traduce en una profunda desigualdad social y económica que me recuerda a tiempos afortunadamente superados en este país. A aquella España de ricos y pobres en los que los pobres lo eran de solemnidad y dependían de la tristemente recordada cartilla de racionamiento y de la limosna. Eran los años grises y tristes que no me gustaría que vieran los ojos de mi hija.

Me da vergüenza ver a familias a la puerta de conocidos supermercados de la ciudad esperando a que los trabajadores arrojen a la basura productos caducados o en mal estado que ni ustedes ni yo nos comeríamos y que ese día serán su único plato en la mesa. Me dan lástima esas mujeres de edad avanzada que observo desde el autobús hurgando en los contenedores de la zona comercial del polígono del Balconcillo a la búsqueda de restos con los que llenar sus raídos carritos de la compra. Me disgusto cuando paso junto a esa pareja de jóvenes desahuciados que, en compañía de su perro, piden limosna en la calle Virgen de la Soledad.

Recuerdo cuando los guadalajareños conocíamos a los dos o tres mendigos que pedían a las puertas de las iglesias más céntricas de la capital. Sabíamos sus nombres e incluso a veces charlábamos con ellos. Teníamos claro quién pedía para comer y quién para tomarse su Don Simón. Ahora son más los que piden en cualquier calle o rincón de Guadalajara. Y todavía más los que, avergonzados por una situación a la que nunca hubieran imaginado llegar, acuden a los comedores sociales junto a sus familias. Ya no les conocemos. Son gente anónima. No nos interesan sus problemas. Bastante tenemos con los nuestros.

No. No me gusta lo que veo en mi ciudad. Las ONG de la provincia vienen alertando desde hace tiempo que la situación, lejos de mejorar, va empeorando a pasos agigantados. Llevan tiempo llamando la atención y exigiendo medidas que pongan freno a las consecuencias de una desigualdad que, de momento, se vive con resignación pero que, de no solucionarse, podría derivar en un estallido social tan indeseable como peligroso.

Una imagen del comedor social de Cáritas en la capital.//Foto: Cáritas

Una imagen del comedor social de Cáritas en la capital.//Foto: Cáritas

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