El corazón verde de la ciudad

El parque de la Concordia, ayer por la mañana. // Foto: R.M.

El parque de la Concordia, ayer por la mañana. // Foto: R.M.

Por Rubén Madrid

Uno siente la tentación de decir que ha pasado media infancia en la Concordia. No es exacto, pero en realidad muchos de los mejores recuerdos que uno guarda de su niñez y su juventud transcurren en los veranos del parque. Y resulta curioso recordar cómo con diez o doce años el grupo de muchachos que vivíamos por Bejanque y las proximidades nos pasábamos todas las tardes ociosas jugando y adaptábamos los grandes acontecimientos del calendario deportivo al pequeño universo de la Concordia: en su arena dibujábamos los circuitos de chapas durante el Tour, entre sus árboles emulábamos los penaltis de las eliminatorias del Mundial de Italia’90 y en los paseos de tierra de todo su perímetro nos lanzábamos en carrera en plena temporada olímpica para esprintar en los últimos metros antes de la meta, como Fermín Cacho en la mítica final de los 1.500 metros lisos.

Cuando uno crece, las diferentes reformas que se van acometiendo en todos los rincones de la ciudad van derribando también los andamios que sostienen algunos de estos recuerdos de lo que se ha vivido. Tal vez envejecer sea, entre otras cosas, ir borrando los elementos urbanos del mapa de nuestras vivencias. Uno todavía es joven y sigue encontrando los primeros besos en el laberinto de los jardines del Infantado, pero no lo es tanto como para mantener en pie un colegio que ya es un aparcamiento junto a la concatedral o para echar abajo los muros, antes mucho más bajos, con los que la chavalada accedía al viejo Alcázar para fumarse los primeros cigarrillos.

En la Concordia, sin embargo, todo sigue casi igual. Y aún podemos los chicos de ayer sentarnos en la misma mesa en la que abrimos las primeras litronas y, ya más mayores, columpiar a nuestros hijos prácticamente en los mismos columpios donde nos dimos nosotros mismos unos coscorrones.

Portada del libro.

Portada del libro editado por Aache.

Este asalto de melancolía que me ha sobrevenido en plena atención a las negociaciones de las investiduras de nuestros ayuntamientos tiene, en realidad, una justificación y un causante. La justificación es constatar la importancia que tienen los escenarios en nuestras vidas, en la identificación que tenemos con el lugar en el que pacemos –y no tanto en el que nacemos–, por mucho que no siempre sea el mejor de los escenarios soñados. Y el culpable de que se haya desencadenado esta reflexión es el historiador Pedro J. Pradillo y Esteban, que acaba de publicar en Aache un estupendo libro sobre el parque de la Concordia. Un libro titulado ‘El paseo de la Concordia’ que me ha roto todos los esquemas. Y de ahí, seguramente, todas estas divagaciones.

Porque dice Pradillo después de mucho contar la historia del lugar, su diseño original, las reformas que han cambiado su fisonomía o los acontecimientos multitudinarios, que la Concordia no era un parque, sino un paseo, y que tiene más peso en su identidad aquello que no se ve –la historia– que todos los columpios y arbustos juntos: “no es un parque más”, asegura. Y no lo es, insiste, por un rasgo que quedó muy claro ya en el siglo XIX, cuando estos jardines se convierten en “el centro neurálgico de la capital, en el lugar de encuentro y recreo más apetecible, allí donde ocurre todo, de noche y de día, y donde se celebrarán los principales eventos institucionales”.

Es decir, que este parque ligado a las vivencias de uno estaba vinculado, en cambio, a los paseos de tantas generaciones de arriacenses y a los momentos más señalados de la historia de nuestra ciudad. La Concordia nos pertenece, en un plural contundente y sin ocasión de réplica.

De modo que este parque es mucho más que un parque, incluso mucho más que el parque del centro de nuestra ciudad. Es más bien, en vegetación y arena, lo que el Infantado es en piedra: un monumento, una seña de identidad y un espacio que ha fortalecido la idea de comunidad para los guadalajareños que nos han precedido. Ha albergado coronaciones religiosas, aclamaciones de reyes y advenimientos de la república, ferias y fiestas antiguas y modernas, y esas otras ceremonias de andar por casa, pero indispensables, que son los paseos: porque durante décadas los paseos de los guadalajareños confluían siempre en la Concordia, en un circuito pensado especialmente para que así fuese. Por eso el título del libro hace alusión al ‘paseo’ y no al parque y por eso el subtítulo remarca el carácter de “corazón verde” de la ciudad.

Fotografía anónima del paseo, entonces Parque Calvo Sotelo, en 1965, publicada en el libro de Pradillo.

Fotografía anónima del paseo, entonces Parque Calvo Sotelo, en 1965, publicada en el libro de Pradillo.

No les voy a desgranar el riquísimo contenido del libro en su relato de acontecimientos relevantes, curiosidades –como la presencia allí de un cine de verano hace cien años, sus tres refugios durante la Guerra Civil o el paso de la antorcha olímpica en 1968-, a menudo con sorprendentes fotografías y planos. No les voy a hacer la pifia de evitarles tener que leer el libro, que es estupendo. Pero sí quiero rescatar unas palabras del epílogo que, muy oportunamente, incluye Pradillo. Es ahí donde, después del repaso a más de 150 años de trayectoria, llama la atención sobre la necesidad de “redactar un plan de actuación que tuviera como principal objetivo la recuperación de la esencia y del diseño con que fue creado”. Lo que incluye recuperar el trazado inicial del recinto, hoy muy alterado por diferentes reformas, y poner “el acento en su condición de salón de recreo, itinerario de ‘paseo’, y zona verde de esparcimiento con carácter pluriestacional”.

Esta idea exige intervenir en la masa forestal y eliminar arbustos, un estudio detallado de especies de árboles más apropiadas y la sustitución de ejemplares excesivamente deteriorados, todo ello “en atención a su estado, funcionalidad, e idoneidad con el diseño decimonónico”. Pero Pradillo habla también de quitar o rebajar los montículos de césped que se han añadido, de estudiar la posibilidad de recuperar la biblioteca que hubo para prestar libros a quienes allí fuesen a pasar una mañana o una tarde y sobre todo, ampliar el paseo central para que pueda acoger grandes eventos, como siempre ha sido.

Pradillo escribe este libro no en su labor de técnico de patrimonio sino como historiador y amante del patrimonio de la ciudad, es decir, en sus ratos libres y con algunos esfuerzos económicos añadidos para adquirir algunos de los materiales casi ‘de coleccionista’ que aquí nos muestra. Ahora bien, aunque historiador de noche, sigue siendo técnico de patrimonio de día, un señor al que pagamos todos para que, entre otras cosas, proponga medidas y mejoras en diferentes puntos de la ciudad como las que incluye en este libro que bien puede tomarse como un extenso informe para justificar la intervención en el sentido que indica.

No estaría de más insistir en ello, en que quienes tienen que tomar nota, la tomen. No es mejor político el que intenta aparentar que sabe de todo sino el que sabe encajar los consejos (y las críticas) para transformar la ciudad en un lugar más habitable para la mayoría de quienes vivimos en ella. El sábado entran en la Corporación no pocos concejales, alguno de los cuales se hará cargo además de estos asuntos que parecen tan menores de los parques y jardines: harán bien todos en escuchar las buenas recomendaciones de Pradillo y de otras muchas voces interesantes que tienen tanto que aportar en materia de patrimonio. Luego los administradores que pongan los ceros y sitúen los plazos.

El equipo de Román llegó a anunciar hace dos años una reforma del parque, con una inversión de más de 600.000 euros, que compartía la filosofía de las propuestas que ahora eleva en su libro el historiador Pradillo y Esteban, que encontró muy buena sintonía con la concejala del ramo, Ana Manzano. Pese a todo, la idea ha encallado en este segundo tramo de legislatura. Aquel anuncio tuvo algunos plazos incumplidos –la licitación para el otoño de 2013– y algunos contenidos interesantes, como el interés de los concejales que lo presentaron, entre ellos Jaime Carnicero, en recuperar la Concordia como escenario de eventos, entre los que citaba las ferias de los libreros y los artesanos.

Casetas de la Feria de Artesanía en el tradicional paseo de la Concordia. // Foto: Lacronica.net.

Casetas de la Feria de Artesanía en el tradicional paseo de la Concordia. // Foto: Lacronica.net.

Se puede empezar perfectamente por ahí: cualquiera que lea el libro toma partido con disciplina militante en el debate suscitado meses atrás en torno a la supresión de la Feria del Libro, que la mayoría de los libreros pedía retornar a la Concordia y que el equipo de Gobierno se empecinó en que debía ser en la Plaza Mayor, de tal modo que al final no ha estado ni en uno ni en otro sitio, como también ha ocurrido por unas razones casi calcadas con la Feria de Artesanía de Primavera. Intentar diferenciar además, como se ha venido haciendo desde la Concejalía de Cultura, entre la Concordia y el centro como puntos opuestos denota el desconocimiento sobre lo que el parque representa. Es un error que no se puede volver a repetir.

Estamos seguros de que dentro de un año este mismo debate no tendrá lugar porque los concejales con responsabilidades de gobierno y de oposición habrán leído este libro que se nos hace indispensable para cualquier representante local. Incluso Nogueroles y Carnicero cambiarán de idea al leer el prólogo, donde Román firma una opinión con la que no podemos estar más de acuerdo: “Porque más allá de su indudable valor como espacio verde, como conjunto de árboles, parterres, matorrales y flores que aportan oxígeno y frescura al centro de la ciudad, este parque centenario es el centro de la vida de la ciudad”. Un centro, por tanto, mucho más amplio y más profundo de lo que hace pensar una mera cruz en mitad de un callejero.

De momento, no deja de resultar paradójico que este nuevo trabajo editorial que tanto cuenta sobre el parque no haya podido ser presentado precisamente allí donde más le habría correspondido: en una feria del libro celebrada en la Concordia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s