Nuestros extraños compañeros de cama

La candidatura de Ahora Loranca, la más votada del municipio, no ha logrado la Alcaldía por un pacto PSOE-PP. // Foto: Ahora Loranca.

La candidatura de Ahora Loranca, la más votada del municipio, no ha logrado la Alcaldía por un pacto PSOE-PP. // Foto: Ahora Loranca.

Por Rubén Madrid

A estas alturas probablemente sabrán que en Loranca no gobierna la lista más votada porque ha habido un entendimiento PP-PSOE contra Ahora. Y que en Trijueque, donde hay cinco formaciones con representación, la Alcaldía ha sido finalmente para Ahora, gracias al apoyo del PP y en contra de la lista más votada, independiente. O que en Galápagos le han arrebatado el bastón de mando al más votado, el PP, gracias a un pacto entre una agrupación vecinal, Ciudadanos –cuyos ediles podrían ser expulsados– y el PSOE. Y que, además, en pleno anuncio de esta decisión, al edil de Vecinos por Galápagos le han rajado las cuatro ruedas de la cosechadora, amenaza supuestamente ligada a la orientación de su voto como concejal y ante la que el viernes por la tarde hubo una concentración de apoyo y de condena al acto vandálico.

Les doy, por tanto, al corriente de estos casos… ¿aislados?

Vehículo de un concejal de Galápagos, con las ruedas rajadas. // Foto: Guadaqué.

Vehículo de un concejal de Galápagos, con las ruedas rajadas. // Foto: Guadaqué.

De los tiempos en que tuve que patearme la provincia para cubrir información de sus cuatro comarcas sé de sobra que cada pueblo es un mundo, pero también que la repetición de ciertos patrones de comportamiento suelen apuntar hacia una explicación compartida. Que no sólo hay casualidades y que los hechos no son, pues, tan aislados como parecen a primera vista.

Si por lo general la política crea extraños compañeros de cama (en la recurrente cita de Churchill), en algunos pueblos se producen cohabitaciones todavía más extravagantes. Esta vez han sido los casos de Loranca, de Galápagos, de Trijueque… y cabría añadir que también de Molina, con la abstención de IU que le ha dado el bastón de mando, otra vez, al PP de Jesús Herrranz.

No voy a entrar aquí en las particularidades de cada caso, porque resultaría una osadía en mi caso, sin conocer a fondo el paño. Pero, en realidad, sí quiero señalar que estas llamativas relaciones que se dieron en las investiduras de hace diez días son las más exóticas, pero participan de una lógica mucho más habitual: la que da cabida en muchos pueblos a políticos que cambian de partido de legislatura en legislatura, la de bloques enteros de concejales que mutan de nombre para ser una vez independientes y la siguiente presentarse bajo las siglas de conveniencia y la de plataformas vecinales enteras que concurren a las elecciones llevadas por el hartazgo o con alguna demanda insatisfecha por bandera.

En cualquiera de estas variantes, los partidos –los independientes, pero también los mayoritarios en estas variantes locales– se convierten en las herramientas más adecuadas para que algunos vecinos, con unos intereses más geográficos o estratégicos que ideológicos, consigan mayorías directas o por pacto con las que adoptar las decisiones que favorecen al núcleo urbano en el que viven, generalmente en detrimento de la urbanización de al lado. Porque en muchos de estos casos lo que sucede es que hay urbanizaciones enteras que concentran el voto de un partido frente a otras que se inclinan por dar el apoyo mayoritario a la formación adversaria.

No hay (o al menos no siempre la hay) una contraposición de modelos de municipio o de políticas sociales, sino una división en bandos que refleja la vivencia de conflictos –no necesariamente violentos, por supuesto, pero sí enconados– desde uno u otro punto concreto de un mismo municipio. Y, con las elecciones, estos enfrentamientos saltan de la calle al Salón de Plenos.

No deja de resultar curioso que el mito fundacional de una agrupación independiente de Trijueque fuese hace ya cuatro años la ubicación de un colegio en una urbanización y no en otra, o que el enorme giro que ha dado Yebes en la última legislatura con un pacto entre un independiente y el PSOE lo fuese en gran parte porque la asociación de vecinos de Valdeluz saltó a la arena política, con su presidente Joaquín Ormazábal a la cabeza, ante el cúmulo de incumplimientos por parte del último equipo del PP mientras la urbanización crecía en todo menos en inversiones municipales.

La urbanización se come al pueblo. Hace cuatro años publiqué un reportaje en El Día titulado ‘La urbanización se come al pueblo’, con el que luego gané el Premio Libertad de Expresión de la APG. Allí recopilaba y exponía algunos de estos conflictos municipales que había tenido que cubrir durante la legislatura de 2007 a 2011 y que tenían como denominador común esta mala vecindad entre núcleos urbanos de un mismo municipio, en el mejor de los casos canalizada hacia iniciativas políticas, en los peores hacia comportamientos delictivos. Han pasado cuatro años y muchos de los nombres que allí citaba han vuelto a ser noticia en la última investidura.

Rueda de prensa en la que el entonces alcalde José Florián renunciaba al cargo tras una agresión física. // Foto: R.M.

Rueda de prensa en la que el alcalde José Florián renunciaba en 2009 al cargo tras una agresión física; ahora es edil del PP y en la investidura apoyó al PSOE, contra Ahora Loranca. // Foto: R.M.

Arranqué aquel compendio de casos diciendo que “el boom inmobiliario explota a veces en el patio de vecinos”. Y es que, a poco que se rascaba sobre el terreno, se observaba que detrás de muchos de estos fenómenos, a veces tan escabrosos como unas pintadas amenazantes en Illana con la leyenda “Fago”, tarde o temprano saltaban a escena los recelos y las discusiones empantanadas entre ‘los del pueblo y los de la urbanización’. El más sonado de los episodios fue la dimisión del alcalde de Loranca, José Florián González, que en abril de 2009 entregó el bastón de mando después de que varias amenazas y agresiones contra bienes culminasen en una paliza. Y de Loranca, casualidad o no, hemos empezado hoy hablando… Como estos días ha vuelto a sonar Illana en un posible ‘pucherazo’ a propósito del voto por correo, y Galápagos, y Trijueque…

Si hasta hace no tanto era habitual que muchos pueblos arrastrasen durante generaciones conflictos entre familias anclados en viejas disputas de propiedades o incluso de la guerra, la espectacular expansión inmobiliaria que han experimentado algunos pequeños pueblos alcarreños y de la Campiña en los últimos tiempos ha sobrepasado la capacidad para mantener los debidos equilibrios entre los muchos aspectos positivos del fenómeno (sobre todo para las arcas municipales y para la revitalización demográfica) y otros desbarajustes menos agradables, que afectaban a la convivencia, y que a todas luces no siempre se han gestionado de la mejor de las formas posibles.

No deja de resultar curioso que muchos de aquellos municipios sigan siendo los que han protagonizado algunos de los pactos de gobierno más extraños tras las últimas elecciones. Y que nadie se confunda: no estoy defendiendo ni censurando los pactos que legítimamente se hayan dado –aunque sí son muy reprobables, desde luego, las amenazas a Juan José de Blas, el concejal de Galápagos–. Lo que vengo a decir es que se hace más necesario que nunca comprender que no sólo lo fragmentado de los plenos exige una política de diálogo y atemperar los ánimos, muy crispados, sino que la existencia de muchas de las tensiones existentes en algunos de estos pueblos merece una reflexión más profunda que la que a veces propicia el ejercicio diario de la política partidista, que desemboca en el recuento de votos a mano alzada para impulsar o derribar una moción.

Fachada del Ayuntamiento de Trijueque, donde el alcalde será de Ahora, y no de la lista más votada (independiente), gracias en parte al PP. // Foto: R.M.

Fachada del Ayuntamiento de Trijueque, donde el alcalde será de Ahora, y no de la lista más votada (independiente), gracias en parte al PP. // Foto: R.M.

Todos los fenómenos demográficos y sociales de este calado –y el boom inmobiliario lo ha sido en gran parte de Guadalajara– generan una serie de desequilibrios que deben gestionarse con inteligencia. Que un Pleno refleje el peso de los intereses de las diferentes urbanizaciones en una suerte de constitución de bandos adscritos a cada núcleo es un efecto hasta cierto punto natural y desde luego representativo, pero me temo que se trata también de una consecuencia muy poco deseable, por cuanto pone de manifiesto algo mucho más grave: la ausencia de un interés general, la renuncia a la idea de consistorio como foro común, la traición de la esencia del ayuntamiento como el ‘ajuntamiento’ de todas las gentes de un lugar común.

Entenderse o divorciarse. Nuestros extraños compañeros de cama ponen de manifiesto que ciertas relaciones (a diario, y no sólo los grandes días de fiesta de la democracia) necesitan plantearse su continuidad. A la larga apenas hay dos caminos: ahondar en el divorcio, tal vez generando una tensión cada vez más insostenible hasta puntos dramáticos de ruptura, como la desanexión; o apostar por políticas de cohesión y una buena vecindad, para lo cual hay que empezar haciendo municipio.

Doctores tiene la iglesia, pero se nos ocurre insistir en recetas escuchadas alguna vez a algunos alcaldes, como generar conciencia de pueblo al compartir el tiempo libre. Empezando, por ejemplo, por los más pequeños en los equipos de fútbol o de otros deportes, en los que chavales de uno y otro barrio, pero de un mismo municipio, defienden de manera saludable unos mismos colores.

Pero hay muchas más. Hay que ponderar bien las inversiones para no crear un conflicto entre privilegiados y marginados, y equilibrar el despliegue de infraestructuras, y buscar actividades y puntos de encuentro, y mantener unas buenas comunicaciones entre los núcleos, y generar programas culturales o medioambientales para un disfrute en común… y, desde luego, entender de inicio que la política municipal, con su reunión en el pleno, no debe ejercerse contra el otro, incluso cuando se tiene mayoría, sino de forma más cabal, lo que en ocasiones exige algunas cesiones en favor del otro. Sólo así todos se sentirán cómodos y ninguno agraviado.

Los medios de comunicación también tenemos la asignatura pendiente de acudir a los pueblos no sólo detrás de la imagen escabrosa contra un alcalde, sino también a contar que en algunos sitios todo esto se está haciendo más bien que mal. No se trata de hacer un derroche de ‘buenismo’, sino de ensalzar esos casos en los que el desarrollo sostenible no sólo permite que la construcción de un barrio sea compatible con la conservación del río y con la presencia de las avutardas, sino, por encima de todo, con el respeto hacia el vecino de enfrente.

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