El peor día de toda mi vida

El incendio de la Riba de Saelices dejó una gran columna de humo en el horizonte. // Foto: www.forocoches.com

El incendio de la Riba de Saelices dejó una gran columna de humo en el horizonte. // Foto: http://www.forocoches.com

Por Marta Perruca

Regresaba a casa después de un fatídico fin de semana de trabajo en aquel periódico con sede en la calle Miguel Fluiters. Desde la ventanilla del autobús contemplaba a lo lejos la monstruosa columna de humo que ascendía hacia el cielo. “Pero madre mía ¿Qué es eso?” Exclamó una mujer desde el asiento de mi derecha. Sorprendentemente, había permanecido ajena a todo lo que había ocurrido aquel fin de semana –cosas de los periodos vacacionales-, así que aún sobrecogida por la tensión vivida aquel domingo, traté de explicarle que se había declarado un incendio de dimensiones monstruosas en el que habían perdido la vida once trabajadores del retén y ya habían ardido varios miles de hectáreas -13.000 sería el balance definitivo-.

Cuando llegué a Molina de Aragón llovía ceniza. Recuerdo aquellos días como los peores de toda  mi vida con diferencia. Creo que es cierto lo que se relata en el artículo que ha publicado El Mundo con motivo del décimo aniversario: Si eres de Guadalajara, probablemente vivas estos días con cierta sensibilidad. Desde luego, porque aquellos días vimos la auténtica faz del demonio.

Mi hermano es bombero y estuvo allí. Mis amigos también, porque casi todos  trabajaban en retenes. Yo lo viví desde la distancia, pero todavía se me erizan los pelos de los brazos cuando recuerdo aquellos días.

Me encontraba en aquellas viejas oficinas donde teníamos la redacción del periódico en el que trabajaba, sobre la pastelería Campoamor, en la calle Miguel Fluiters, cuando se desataba el desconcierto, ante la noticia de que habían desaparecido once efectivos bajo el mando de un responsable.

Por aquellos días yo no era más que una becaria de fines de semana y tenía cuatro páginas por delante. Mi jefa comenzó a llamar insistentemente a la Subdelegación de Gobierno, donde no aportaban demasiada información, mientras el teléfono echaba humo ante las llamadas de la delegación central, en Cuenca, y de los periódicos nacionales, famélicos de unas informaciones que no llegaban por los cauces oficiales.

Lo primero que hice fue llamar a mi hermano, pero tenía el teléfono apagado o fuera de cobertura. En ese momento me invadió el pánico. Al menos en aquella época, era frecuente que estando en un incendio mi hermano no tuviera cobertura, pero el incendio de la Riba no era un incendio corriente, así nos lo había transmitido nuestro fotógrafo, y había doce personas desaparecidas. Os aseguro que era consciente de todo lo que ocurría a mi alrededor, pero no fui capaz de hacer nada. Me quedé completamente paralizada. Escuchaba a mi jefa, desesperada, instándome a ponerme las pilas y a mi compañera de deportes, Martita, colgada del teléfono buscando a alguien al que pudiera alquilar la maquinaria para hacer un cortafuegos, porque las llamas se estaban acercando peligrosamente a su pueblo, Padilla del Ducado. Aquella tarde sólo estábamos tres personas en la redacción y, curiosamente, todas nos llamábamos Marta. Reinaba el caos y teníamos todo el trabajo por delante, pero a mí no mi importaba en absoluto

En algún momento reaccioné y, nerviosa, empecé a hacer llamadas de teléfono. Mis amigos estaban en el incendio y tampoco contestaban. Finalmente, fue Quique, que entonces trabajaba en la torreta de Peralejos, el que me dio la respuesta. En realidad contestó el teléfono con una exclamación con la que trató de explicarme la devastadora imagen que captaban sus ojos desde aquella atalaya. “Es impresionante, Marta”, me decía. Pero no era eso lo que yo quería saber. Por fin me lo dijo:  Los trabajadores desaparecidos pertenecían al retén de Cogolludo. Suspiré aliviada, aunque poco después un escalofrío sacudió todo mi cuerpo, cuando la noticia de los fallecidos se hizo oficial.

Ya estaba en casa. Encontré a mi hermano cansado y a mis amigos con cierto poso de tristeza en la mirada, pero estaban bien y eso era lo importante. Después de toda la tensión acumulada, tuve cierta sensación de euforia.

Era martes y ahora no estoy muy segura, pero creo que seguía lloviendo ceniza. Me dirigí al quiosco para comprobar el seguimiento que había hecho mi periódico de los acontecimientos. Abrir aquella edición fue como recibir un jarro de agua fría; helada, diría yo. Nadie me avisó y tuve que enterarme a través de las páginas grises de aquel periódico, que aquel día se me antojaron del negro más profundo que pueda existir Nuestro compañero, Luis Solano, estaba entre los once trabajadores que perdieron la vida. Tras dejar el periódico, Luis, que desempeñaba labores de fotógrafo, había empezado a trabajar en el retén de Cogolludo aquel verano. No hace tanto que me lo había encontrado en la Calle Mayor y recordamos aquella fiesta que celebré en mi casa y en la que terminamos tocando la guitarra.

Difícil no estar sensible durante estos días.

Un momento del curso de verano de la UNED sobre el Geoparque de Molina, en un lugar cercano a donde se originó el fuego. // Foto: Marta Perruca

Un momento del curso de verano de la UNED sobre el Geoparque de Molina, en un lugar cercano a donde se originó el fuego. // Foto: Marta Perruca

La semana pasada me llamó Rubén. Pensó que querría escribir sobre el incendio, puesto que me toca de cerca y el décimo aniversario podía ser el momento idóneo para analizar cómo están las cosas diez años más tarde. Lo cierto es que la semana pasada estuve inmersa en un curso de verano de la UNED sobre el Geoparque de la Comarca de Molina-Alto Tajo y no había tenido tiempo de pensar sobre qué escribiría esta semana, a pesar de que no pudimos evitar acordarnos del incendio de 2005, ya que el curso se clausuraba en la cueva de Los Casares, justo en el lugar donde se iniciaba el incendio. Diez años más tarde todavía se aprecia la huella del fuego en los montes de los alrededores. Fueron muchos los vecinos que, una vez sofocado, se acercaron a la zona a comprobar los estragos que había dejado a su paso. Yo no pude. No me sentí capaz, aunque meses más tarde tendría que hacerlo por trabajo. Ahora, donde antes había frondosos pinares que se perdían en el horizonte, crecen robles y matojos, entre algún que otro pino con la corteza ennegrecida.

La verdad es que no me siento capaz de hablar del diablo e intentar hacer un análisis objetivo y así se lo transmitía, por lo que decidimos que fuera él el que diera forma a ese artículo.

Hoy es lunes, por la tarde. No, no me he vuelto loca, ni nada por el estilo. Sé que será jueves cuando este artículo vea la luz en “El Hexágono”, pero esta semana, por circunstancias, no he podido esperar hasta el miércoles y he tenido que dejar este artículo programado.

Mientras escribo estas líneas he recibido esta fotografía de un amigo que está trabajando en un retén  y se me ha puesto la piel de gallina. Dice que está localizado entre Cifuentes y la Riba de Saelices y este ya es el tercer incendio forestal que se declara en la provincia en las últimas dos semanas, junto con el de Humanes y Múduex.

Imagen aérea del incendio de Cifuentes.

Imagen aérea del incendio de Cifuentes.

Ya he dado los datos de los recortes en otras ocasiones y cada vez que me da por mentar al diablo creo que me hierve la sangre ¿Pero cómo dejar pasar de largo este 17 de julio, sin más? Así que no he podido hacer otra cosa que dejar aquí mi propia crónica totalmente subjetiva del que creo que fue el peor día de toda mi vida, con diferencia.

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