Marea baja en el Mar de Castilla

Un turista hace esquí acuático en Entrepeñas junto a la orilla del pantano // Foto: ANP

La orilla del pantano de Entrepeñas deja ver las sucesivas bajadas del nivel del agua // Foto: ANP

Por Álvaro Nuño

Como para muchas personas de Guadalajara, debo confesar que para mí, el pantano de Entrepeñas (extiendan el sentimiento a Buendia) no sólo es un “gran depósito artificial de agua”, como lo define la muy objetiva aunque a veces fría Real Academia de la Lengua, una definición, sin embargo, que compartirán los sedientos regantes del Levante español. Pese a no ser de la zona y por azares del destino, acabe vinculado vital y emocionalmente a ese “Mar de Castilla”, tanto que me considero -y a mucha honra- un marinero de agua dulce.

A mediados de los años ochenta, entre la oferta veraniega de los que no teníamos pueblo ni río donde mojarnos los pies, se encontraban las colonias, los campamentos y los albergues juveniles. Yo elegí una quincena de verano probar el albergue de Entrepeñas, situado junto a la presa del mismo nombre, Allí se ofertaban actividades acuáticas inusuales, como son la vela, la TDV (“tabla deslizante a vela” o “windusrf” como después comprobamos que significaban esas siglas tan raras) y la piragua, amén de senderismo, actividades de ocio y tiempo libre, etcétera.

El albergue de Entrepeñas era una instalación pública, de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, cuyo servicio de Juventud y Deportes ofertaba actividades de este tipo desde Semana Santa hasta septiembre. Allí descubrí una pasión que todavía perdura en mí (aunque ya no practico), como es la vela ligera, un deporte que me habría sido imposible conocer y disfrutar sin la existencia del pantano y sin la oferta pública del albergue. Tanto me gustó eso de que un barco se mueva sólo por el viento y de que tú seas capaz de navegar hacia donde desees moviendo el timón y las velas que acabe convirtiéndome en monitor y enseñando a gente de Guadalajara y Madrid a navegar, como años antes lo habían hecho conmigo vecinos de Auñón y Sacedón, otros “marineros de agua dulce” como yo.

No quedó ahí la cosa. Acabé comprándome un barco de segunda mano a medias con un amigo (un 470 para más señas), que iba pagando a plazos con los cursos que daba a la Federación Territorial de Vela de Castilla-La Mancha (con sede en Guadalajara) y para la que trabajaba. Llegamos a clasificarnos para el Campeonato Nacional que se disputaba en Cartagena (cosas del destino, podríamos haber mandando el barco por las tuberías del trasvase y habría llegado) y como no habíamos navegado nunca en mar abierto, decidimos saber lo que eran las mareas y las olas en el Cantábrico. Y allí nos ven un verano a cuatro alcarreños de mar a dentro (entre ellos, la horchana Pilar Prieto, campeona de Europa máster de Windsurf) dando clases de vela en Laredo (Cantabria) a chicos de Bilbao que nos preguntaban mientras les enseñábamos a navegar en su propio mar de dónde éramos. Nosotros les contestábamos: “de Guadalajara”, por supuesto. “Pues no tenéis acento” decían los más despistados (creían que éramos de Jalisco). “¡Pero sí allí no hay mar!”, espetaban asombrados aquellos que sí nos sabían situar más o menos por el centro de la península. “¡Claro que hay mar! -les respondíamos nosotros orgullosos-, el Mar de Castilla”.

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El “Callejón del Diablo”, en Entrepeñas, prácticamente cerrado por el bajo nivel del agua // Foto: ANP

Perdonen por contarles la batallita pero aquello fue toda una aventura. Una aventura que hoy en día no podría repetirse porque, lamentablemente, ya no existen escuelas públicas de vela en Entrepeñas (la Junta cerró el albergue hace muchos años y sus barcos permanecen almacenados en el pañol de la Escuela de Vela de Alocén -instalación dependiente de la Diputación, que parece ahora dispuesta a reabrirla– tras un lustro tambien cerrada). Por tanto, hoy sólo queda la opción de tener tu propio barco, amarrarlo y botarlo en algún club privado o en los pantalanes de urbanizaciones venidas a menos (por el nivel de los pantanos y por la crisis, todo hay que decirlo) como “Las Brisas” en Sacedón o “Las Anclas” en Pareja, y donde sólo aguantan los más fieles. El resto se han llevado sus motoras al madrileño pantano de San Juan, sus veleros a puertos como Alicante, o, en el peor de los casos, los han dejado abandonados en la orilla del pantano o en las naves de los numerosos talleres locales donde antes los ponían a punto cuando llegaba la temporada estival.

Pero la razón más importante por la que los pantanos -especialmente el de Entrepeñas- han dejado de ser un foco turístico, como todos ustedes sabrán a estas alturas, es la falta de agua, que ha convertido al “Mar de Castilla” en un charco en el que apenas quedan barcos ni turistas, donde para llegar al agua hay que atravesar un desierto de fango y barro seco y cuarteado que es imposible cruzar a pie.

“La isla del rinoceronte” de Entrepeñas ahora es una península // Foto: ANP

El alcalde de Sacedón, municipio que en una época no muy lejana tuvo playa y paseo marítimo, pone cifras a esta situación: Los embalses están al 16,4% de su capacidad y eso se deja notar en los ingresos de la comarca. Calcula Francisco Pérez Torrecilla que este año hay un 80% menos de turistas que en otras temporadas, y eso es menos empleo. “Las industrias de hostelería no contratan camareros y las náuticas no sacan barcos”, dice el primer edil, consciente de que la presencia de agua en los pantanos es el único motor de desarrollo que tienen los municipios ribereños.

El trasvase Tajo-Segura, que desde 1979 esquilma nuestros embalses, es la principal razón de esta penosa falta de agua en una comarca a la que se le impuso en los años sesenta un modelo de desarrollo en el que se cambiaron las tierras más fértiles de la vega del Tajo por un mar interior que atraería el turismo, el desarrollo y el bienestar para sus vecinos. Pero la riqueza viaja por las tuberías del trasvase hasta un sediento e insaciable Levante, que cada vez pide más recursos de los que carece.

Los mares de plástico de sus viveros plantados en el desierto de Murcia, Alicante y Almería, sus frutas y hortalizas destinadas a la exportación, sus campos de golf y su propia industria turística, mucho más potente y poderosa que la nuestra, tienen la batalla ganada. Su capacidad económica y política siempre inclinarán la balanza para el mismo lado y a la seca Castilla sólo nos queda el recurso de la pataleta y de arañar el máximo posible de agua para subsistir, algo que llevan pidiendo los municipios ribereños desde hace décadas a gobiernos de todos los colores políticos, hasta ahora infructuosamente.

Pero no hay que cejar en el empeño. Tenemos tanto derecho como ellos al agua y todo se puede repartir, asegurando así el desarrollo a ambos lados de la tubería. En esta guerra desigual hay que apoyar a la Asociación de Municipios Ribereños y a las plataformas vecinales que han vuelto a desperezarse y plantean de nuevo la batalla, por tierra y mar. No se puede consentir que poblaciones que ven pasar el agua desde la torre de su iglesia tengan que ser abastecidas por camiones cisternas porque las bombas ya sólo recogen cieno.

Y, por cierto, en esta batalla echo de menos a nuestros representantes políticos, que parece que sólo defienden lo nuestro desde sus despachos con el aire acondicionado encendido y la botellita de agua mineral sobre la mesa con meras, tibias y recurrentes declaraciones institucionales. Por el momento, a lo más que ha llegado el actual presidente de Castilla-La Mancha, el socialista Emiliano García Page, es a ir en campaña electoral a prometer que defenderá el agua y, después, a mandar a la Consejera de Fomento para calmar ánimos, pero no le veo yo enfangado en la orilla del pantano con el traje y la corbata manchadas de barro.

Tampoco he visto en esta pelea que yo sí considero política y justa, a los representantes en Madrid por la provincia de Guadalajara y especialmente a nuestros senadores. Se supone que la Cámara Alta es el lugar donde se dirimen los conflictos territoriales y estarán conmigo en que éste es uno de libro.

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2 pensamientos en “Marea baja en el Mar de Castilla

  1. Una solución era el Plan Hidrológico Nacional de 2001 (aprobado con consenso mayoritario de partidos) que contemplaba el trasvase del Ebro a la zona del levante y que aliviaría bastante al del Tajo-Segura.
    Pero por desgracia, la demagogía y el temor a los nacionalistas hizo que ZParo lo derogara nada más llegar a la Moncloa. Su alternativa: las desaladoras.
    Resultado: todos lo conocemos, FANGO Y MÁS FANGO.

    • El trasvase del Ebro no habría servido para nada, el Ebro necesita de su caudal para mantener el delta, y el canal necesario para absorber las crecidas del Ebro, tendría que haber sido de varios kilometros de ancho, para dos días al año, una obra muy cara y poco rentable.
      Las desaladoras son utilizadas en muchos sitios, Canarias se abastece así, el problema es que en el levante, a los horticultores no les gusta el agua de las desaladoras porque tiene muchas sales, y utilizan el agua del trasvase para mezclarla con el de las desaladoras y bajar el nivel de sales.

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