Encantos de mi Azuqueca

Héctor Bonilla, periodista.

Héctor Bonilla, periodista.

Por Héctor Bonilla Vallejo*

¿Se puede sentir añoranza por una ciudad dormitorio? No lo sé, y a decir verdad, tampoco me importa, porque me niego a colocar a Azuqueca esa etiqueta, por mucho que durante años se la hayan colgado, vaya usted a saber desde qué bulliciosa capital. Lo que aquí vengo a confesar es un sentimiento de añoranza hacia una localidad a la que llegué cuando ésta tenía, aproximadamente, la mitad de la población que tiene a día de hoy. Un lugar donde viví mi adolescencia, cuyas calles fueron mi realidad durante años y donde ahora residen gran parte de mis recuerdos.

He de decir que esta especie de morriña a la azudense me ha sorprendido incluso a mí, que repartí mi infancia entre dos de los lugares con más embrujo de este país: Cuenca y Sigüenza. Pero he tenido que irme a vivir a cientos de kilómetros para darme cuenta de que Azuqueca de Henares es, en mi caso, algo así como lo que el malogrado Antonio Vega dio en llamar El sitio de mi recreo. Y no es casual.

Me van a perdonar los azudenses de toda la vida. Ya saben, aquellos de verdad, los descendientes de los que poblaban aquel pequeño caserío previo a la llegada de la industria. O incluso los que llegaron al reclamo del trabajo en la cristalera y en las primeras fábricas del municipio. Todos ellos tienen recuerdos de la Azuqueca más “auténtica”, por decirlo de alguna manera. Yo no vengo a hablar de ella porque, obviamente, no la viví. Mi Azuqueca es, probablemente, distinta de la suya y de la de cualquiera de las personas que en algún momento han engrosado el censo municipal.
Mi Azuqueca está poblada de encanto. Sí, han leído bien. Azuqueca puede ser encantadora y, de hecho, para mí lo es. Y lo es porque, al margen de todo lo que yo haya podido vivir en sus calles, está plagada de rincones singulares que, en mayor o menor medida, todos los azudenses, de origen o de circunstancia, apreciamos.

Si Azuqueca fuera un ser humano, su corazón sería la plaza del General Vives, “la Vives”, como muchos la hemos llamado durante años. Allí donde, pese a reformas más o menos acertadas, sigue quedando la gente, se siguen formando tertulias de todas las edades y se siguen comiendo pipas. A su alrededor, la Azuqueca primigenia, donde todavía resisten algunas de las más bellas casas del municipio, con sus características fachadas de ladrillo y adobe encalado. Otras, incluso a pesar de estar incluidas en el Catálogo de Bienes Protegidos del Plan General de Ordenación Urbana, fueron cayendo bajo la piqueta sin el más mínimo remordimiento.

Pese a ello, la Azuqueca antigua conserva espacios con mucho sabor. La plaza de San Miguel es, en sí misma, una pequeña joya. No lo digo sólo por el propio templo, cuyo espacio posterior está siendo ahora reformado (buena falta le hacía). Lo afirmo porque, a pesar de haber sido trasformada en su superficie rodada, se ha respetado su característico empedrado, su estructura de rampas y escaleras, así como su fuente o sus farolas fernandinas. En efecto, se puede reformar una zona antigua sin que deje de parecerlo.

Calle de la Iglesia. // Foto: Héctor Bonilla

Calle de la Iglesia. // Foto: Héctor Bonilla

Por la calle de la Iglesia se llega a un punto que también fue rehabilitado con tino: la fuente de Los Leones, en la calle del Tejar, ubicada en el lugar que ocupó en su día un antiguo Lavadero que aún muchos recordarán. Los tres leones metálicos miran hacia otro rincón con encanto, de nombre evocador: el callejón de Los Infiernos. Angosto y oscuro como él sólo, permite a cualquiera que lo atraviese sentir que se traslada a aquel pueblo que apenas llegaba al medio millar de habitantes.

Fuente de los Leones.  // Foto: Héctor Bonilla

Fuente de los Leones. // Foto: Héctor Bonilla

Quiero que se me entienda: lo viejo no es necesariamente bello. Ahí tenemos a la calle Mayor para demostrarlo, que si bien conserva algunas edificaciones de valor, está sumida en una espiral de decadencia que hace que casi se puedan contar con los dedos de una mano los edificios habitados y en buen estado. O el barrio de Cantarranas (actual calle de La Soledad), cuya reforma apenas ha logrado solventar el demoledor efecto del ruinoso descampado que se extiende hasta el parque de La Ermita.

Pero como les digo, el encanto de Azuqueca, al menos de mi Azuqueca, va más allá de los rincones con más historia. Está en barrios acogedores como El Vallejo, Las Doscientas, o su primo hermano, Las Noventa y Seis. Lugares donde aún se ve a los niños jugar a la pelota o lanzarse globos de agua por sus zonas verdes, donde las cuerdas de tender todavía se tiñen del azul de las viejas toallas de los trabajadores de Vicasa.

El encanto de mi Azuqueca está en la vida comercial de la avenida de Guadalajara, en el alivio estival de los soportales de Las Torres y de HogarTren, incluso en la panorámica de un cielo atravesado por las inmensas chimeneas de la cristalera. Está en los renacuajos de la acequia, en los paseos de ida y vuelta por el Bulevar (el de Las Acacias, por supuesto), y en el escudo del Atlético de Madrid que algún operario municipal, cuyo sentimiento colchonero está fuera de toda duda, compuso con azulejos rojiblancos en una de las aceras de la calle Los Olmos.

Panorámica de Azuqueca, con sus chimeneas.  // Foto: Héctor Bonilla

Panorámica de Azuqueca, con sus chimeneas. // Foto: Héctor Bonilla

La magia de mi Azuqueca sigue, por supuesto, en su Casa de la Cultura, en su “Espiga de Oro” y en su siempre efervescente escena musical. En sus fiestas de San Isidro, en las que el amor se declara con una espiga en la mano, pero también en las de septiembre, en sus peñas y sus archiconocidas carrozas. En la verbena de los Azikuékanos, que convierte la plaza de Ramón y Cajal en la plaza Mayor de cualquier pequeño pueblo en fiestas, y en ese improvisado y alegal acto por el que, una de las noches de la semana festiva, sin previo aviso, decenas de peñistas cubren con papel higiénico hasta la última rama de los árboles de “la Vives”, convirtiéndola en algo parecido a un bosque de sauces llorones que permanecen nevados durante días.

Podría seguir escribiendo sobre otras cosas que hacen de mi Azuqueca un lugar entrañable, pese a todas sus carencias y problemas (como la creciente brecha socioeconómica entre la zona alta y la zona baja del municipio). Podría hablar de su luchadora comunidad educativa, de sus comercios de toda la vida, e incluso, por qué no, de su noche. Podría hablar de muchas personas que con su forma de ser convierten a esta población en un lugar humilde, sencillo y cálido, como todo el país reconoció a raíz de la reacción de los vecinos tras el descarrilamiento del Talgo en 1997. Podría seguir escribiendo pero sería abusar de la paciencia de usted, abnegado lector que ha llegado hasta estas últimas líneas. Mejor será que nos encontremos en cualquiera de las terrazas del verano azudense, a la hora en la que el sol vaya cayendo, y disfrutemos de su Azuqueca y de la mía con una cerveza y una buena tapa. Que de las dos cosas, en este lugar, saben un rato.

Plaza de Ramón y Cajal. // Foto: Héctor Bonilla

Plaza de Ramón y Cajal. // Foto: Héctor Bonilla

* Héctor Bonilla Vallejo (Cuenca, 1985) es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Comenzó su carrera como becario en medios de comunicación provinciales como El Día de Guadalajara, Nueva Alcarria y el semanario El Decano de Guadalajara, al que permaneció ligado como colaborador y redactor, tanto de su edición impresa como de su diario digital, desde 2006 hasta su cierre en 2011. Su trayectoria prosiguió en el periodismo provincial como redactor en Canal 19 Televisión y, más tarde, en C19 2.0, medios de comunicación en los que presentó y dirigió el espacio de información económica y empresarial Emprendedores 19. Tras cambiar Guadalajara por Asturias, en la actualidad afronta una nueva responsabilidad como miembro del Servicio de Comunicación del Ayuntamiento de Avilés.

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2 pensamientos en “Encantos de mi Azuqueca

  1. Genial tu texto, soy un azudense de adopciòn (lleguè hace 43 años) y asturiano de nacimiento (de Cudillero), y aunque en la actualidad vivo en Villanueva de la Torre, me pasa lo que a ti con Azuqueca de Henares.

  2. Soy azudense desde que naci (31 años) y jamás habia leido un articulo tan conmovedor sobre mi “pueblo”. Leyendo este texto creo que much@s personas desearian ser azudenses.

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