Facebook y la xenofobia

El refugiado sirio que fue zancadilleado por una periodista llega a España. // Foto: www.hoy.com

El refugiado sirio que fue zancadilleado por una periodista llega a España. // Foto: http://www.hoy.com

Por Marta Perruca

Ese comentario era como una patada en el estómago. Estaba ahí mismo, en mi muro de Facebook y yo no podía entender por qué, ni qué se le había pasado por la cabeza a esa persona de mi lista de amigos cuando compartió tal cosa. Se trataba de la imagen de una niña indigente preguntándose por qué a unos extranjeros les iban a dar manutención y vivienda mientras ella tenía que pasar hambre y miserias en la calle.

Durante algunos días han circulado este tipo de mensajes tendenciosos por las redes sociales y lo cierto es que no alcanzo a comprender muy bien qué personas físicas, jurídicas o lobby podía encontrarse detrás de estas campañas después de las impactantes imágenes que todos hemos visto en los noticiarios a finales de este verano y que difícilmente seremos capaces de borrar de nuestras retinas.

No debería ser necesario explicar que no se trata de olvidarse de los españoles que lo están pasando mal por la crisis, pero tampoco de buscar excusas para mirar hacia otro lado ante el horror de la guerra, porque la pasividad no es la solución a ninguna de esas dos situaciones. No seamos injustos con los que vienen con la sesera llena de injusticias porque los de arriba no reconocieran la justicia ni aunque estuviera delante de sus mismas narices.

Lo que cabe esperar de un ser humano cuando sucede un drama de este calibre es que sea capaz de ponerse en la piel del otro y eso genere una reacción de empatía que en la mayoría de los casos lleve a preguntarse ¿Y qué puedo hacer yo para ayudar? Entonces se enciende la maquinaria. El otro día recibía una llamada de ACNUR en la que me comunicaban que han adelantado la campaña de Navidad ante la urgencia que plantea la situación en Siria. Los ayuntamientos de Marchamalo, Torija y Molina de Aragón se han declarado pueblos de acogida y refugio y han aprobado una serie de medidas para poner recursos a disposición de las personas que vengan.

Cuando los cuerpos sin vida de los náufragos sirios que huían de la guerra llegaron a las playas de Turquía las redes sociales se inundaron de mensajes reivindicativos instando a las autoridades europeas a tomar conciencia e intervenir en el conflicto. Es lo que cabría esperar, igual que cuando sucedió el terremoto de Nepal o el tsunami de Tailandia todo el mundo esperaba que los gobiernos de los países aprobasen medidas para enviar ayuda.

La sobrecogedora imagen de la reportera zancadilleando a aquel refugiado sirio que corría con su hijo en brazos también desencadenó en una historia muy mediática y Osama, que fue entrenador de 1ª División en su país, está hoy en España junto a su hijo, traídos ambos por el Centro Nacional de Formación de Entrenadores (Cenafe) y aquello corría como la pólvora en Internet. Creo que a nadie se le escapa que no ha sido casualidad que el presidente del  Cenafe se haya tomado tantas molestias en localizar al protagonista de esa imagen famosa en el mundo entero que, por cierto, le ha dado una publicidad sin precedentes.

Podría parecer que llevan entrometiéndose en nuestras vidas desde siempre, pero si tratamos de tomar conciencia no hace ni una década que se establecieron en ellas, por lo visto, para quedarse. Me refiero a las redes sociales, que es de lo que trataba de hablar hoy. Recuerdo que entonces me pareció una tontería. Vaya cosa: Un sitio en Internet para hablar con los amigos y compartir cosas. Para eso ya teníamos el Metropoli (el bar donde solíamos quedar) o si nos ponemos más modernos, el Messenger. Por cierto, ¿qué fue de él?

Ahora no sólo interactuamos con amigos, sino con todo tipo de personas de cualquier parte del mundo y las Redes Sociales han alcanzado un poder que nunca nos hubiéramos atrevido a imaginar. Desde luego eso no es necesariamente bueno o malo sino que, como toda herramienta, depende del uso que se quiera hacer de ella y de los intereses que tenga la persona que la maneja.

Hace unos días circulaban por las redes sociales ciertas imágenes intoxicadas de demagogia que disfrazaban una actitud ciertamente xenófoba o cuanto menos egoísta, mientras me sorprendía comprobar cómo personas de mi lista de contactos las compartían.

La politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann definió lo que ella entendía como espiral del silencio que se genera ante el miedo de las personas a ser castigadas socialmente con el aislamiento si se manifiestan opiniones contrarias a la corriente general. Sin embargo, las redes sociales cambian esta tendencia, porque ahora las corrientes son muchas y ya no hay que hacer ningún esfuerzo para opinar, otros lo hacen por nosotros y sólo tenemos que pinchar en “Me gusta” y compartir. Muchas veces ese tipo de comentarios manipulan y distorsionan la realidad y a veces incluso consiguen confundir a la gente.

Cuando esta tarde he intentado buscar aquel comentario en mi muro de Facebook ya no estaba. Lo he buscado por todas partes, pero había desaparecido. Lo que sí he encontrado es la noticia de un acuerdo entre Facebook y el Gobierno alemán para moderar los comentarios xenófobos lo que quiere decir que se les ha dado el poder a unos determinados representantes políticos para decidir qué contenidos salen en la Red y cuáles no, y ya no sé qué pensar.

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