Un viaje a La Habana

Gloria Magro, periodista y autora del artículo

Gloria Magro, periodista y autora del artículo.

Por Gloria Magro Esteban*

La única vez en mi vida que vi a Enrique Meneses, estaba sentado en la silla de ruedas de la que ya no se levantaría. Un cable de oxígeno pendía de sus fosas nasales y el cáncer, terminal, era ya un realidad palpable y certera. Y pese a ello, Meneses era, con diferencia, la persona más lúcida e interesante del salón del Parador de Sigüenza aquella noche de invierno de 2011 en la entrega de la I Edición de los Premios Provinciales Manu Leguineche. El homenajeado, a su lado, otrora también un personaje mítico, era un convidado mudo también en silla de ruedas, al otro lado del telón de la demencia senil. Y como la vida en muchos casos no es lineal sino que avanza y retrocede de forma caprichosa, estos días, nada más recibir mi programación de vuelo del mes de octubre, he vuelto a Meneses y aquella fría noche invernal seguntina.

A mediados de este mes, cuando se publiquen estas líneas, tendría que volar a La Habana. Cuba no es precisamente motivo de alborozo para los que nos dedicamos a la aviación. En nuestro oficio los hoteles lujosos, tranquilos y cercanos a una playa son siempre bien recibidos y más si a eso se le añade horarios de vuelo asequibles y un pasaje más o menos pasable. No es el caso de La Habana, con su Meliá anclado en unos años 80 precariamente mantenidos, su pasaje de élite revolucionaria y turistas en busca del amor de pago y esa decadencia que lastima la vista y el corazón. Y ahora hilemos la historia, pasemos de un vuelo caribeño a Sigüenza.

Se juntaban en el Parador de Sigüenza la élite política y periodística provincial con columnistas afamados de “ABC”, famosos tertulianos de “Onda Cero”, periodistas de alcance como Pedro Erquicia, el famoso presentador de En Portada de TVE con su inequívoca cazadora negra; actores como José Sacristán. Todos estaban allí para rendir homenaje a Leguineche y también para despedir a su amigo Enrique Meneses. Para los no iniciados que habíamos caído allí casi por casualidad, a poco que acortásemos un poco las distancias con la ayuda de una copa de vino, se nos presentaba una noche larga e interesante, de conversaciones de alto nivel, como así fue.

Autoridades y homenajeados en el parador de Sigüenza.

Autoridades y homenajeados en el parador de Sigüenza.

Confieso que nunca había oído hablar de Meneses, ni leído nada suyo, ni visto sus fotos, ni leído sus libros ni nada de nada, así que cuando le presentaron como el hombre que estuvo en todos los acontecimientos históricos de la segunda mitad del siglo XX me pareció fascinante, porque era fascinante. Allí estaba el fotógrafo que estaba detrás de Martin Luther King cuando pronunció su discurso diciendo que había tenido un sueño, el fotoperiodista que había estado siempre en el momento justo y en el lugar preciso donde se hacía la Historia. Y, ni corta ni perezosa, me acerqué a hablar con él, a expresarle mi desconocimiento, mi descubrimiento, mi admiración. Y Meneses, allí en su silla, atado al oxígeno, condenado por el cáncer y expuesto a la pleitesía de todos, me dedicó su tiempo, que era oro, a mí, una completa desconocida. Y se convirtió por unos minutos en el joven periodista que fue. Y como yo le contara que mi próximo destino era La Habana, me pidió que fuera en su nombre al palacio presidencial y que pidiera, en su nombre, ver a Fidel y que le dijera, de su parte, que se estaba muriendo, que se lo hiciera saber a Castro, en recuerdo de su viaje mítico a la Sierra Madre, cuando fue el primer periodista que subió a entrevistar a Fidel y al Che Guevara y aquello se publicó en Paris Match y el mundo entero supo de los revolucionarios cubanos que habrían de cambiar el rumbo de la Historia. Y allí, en aquel salón tan lujoso, con aquellos invitados tan ilustres, Enrique Meneses ya no era un enfermo terminal, sino un joven al que le brillaban los ojos, que coqueteaba con su interlocutora y que ensombrecía al más famoso de los actores, columnistas y periodistas allí presentes. Por unos minutos, por unos instantes apenas, aquellos recuerdos fueron para mí un regalo precioso y completamente inesperado.

Fidel Castro, en una fotografía de Meneses.

Fidel Castro, en una fotografía de Meneses.

Días después de aquello fui efectivamente a La Habana, pero no me acerqué al palacio presidencial, no pregunté por Fidel, no le transmití la despedida de su antiguo amigo que se moría. No fui capaz. No estaba Batista que lo impidiera, como medio siglo atrás, ni tenía que subir a la Sierra con el ejército pisándome los talones, ni esconder unos negativos no se sabe dónde. Sólo se trataba de dar un paseo e intentar un despropósito tal vez, pedir hablar con Fidel Castro de parte de un viejo amigo.

No fui aquella vez ni las siguientes que he ido a Cuba. Pero siempre que veo en la programación de vuelo a La Habana me acuerdo de aquella noche y de esta historia y no sé porqué, pero ya me parece que el Meliá es menos decrépito, el pasaje menos complicado y la realidad allí no tan decadente. Meneses hace tiempo que no está y aún podría, esta vez sí, acercarme al palacio presidencial y preguntar por Fidel.

Retrato de Enrique Meneses. // Foto: Moeh Atitar de la Fuente

Retrato de Enrique Meneses. // Foto: Moeh Atitar de la Fuente

* Originaria de Jadraque, Gloria Magro Esteban es periodista, licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense, y además tiene estudios universitarios de Antropología Social y Cultural. Como profesional de la comunicación trabajó en varios medios de prensa, radio y televisión de la provincia de Guadalajara, antes de dar un salto profesional, y vivir en primera persona los últimos años de vida del extinto periódico nacional “Diario 16”. Tras el cierre de esta cabecera cambió de profesión, y se recicló como auxiliar de vuelo. En la actualidad vive a caballo entre su casa de Guadalajara y cualquier país del continente americano, porque hace rutas transoceánicas unas tres veces al mes.

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