Cuestión de tiempos

Por Borja Montero

(Esto pretendía ser un repaso sentimental a mi relación con la ciudad de Guadalajara, pero las cosas nunca suceden como uno las tiene planeado. Y, si no se lo creen, que se lo pregunten a nuestros responsables municipales)

Un monolito recuerda la intención de que este parque fuera la puerta de entrada de la Ampliación de Aguas Vivas. // Foto: B. M.

Un monolito recuerda la intención de que este parque fuera la puerta de entrada de la Ampliación de Aguas Vivas. // Foto: B. M.

Yo llegué a Guadalajara, profesionalmente hablando, en el año 2007. Por aquel entonces, cualquier neófito que presenciara cómo se movían grúas y dineros (públicos y privados), se enseñaban maquetas y proyectos y se pronunciaban discursos grandilocuentes y ambiciosos, se hacía a la idea de que aquel lugar al que llegaba pronto se convertiría en una suerte de megalópolis a la altura de las más pujantes capitales del país. Con este prólogo, uno ya puede presuponer cuál va a ser el relato que a continuación se va a desarrollar. Puede pensarse que será un canto lastimero por las oportunidades que la crisis ha hecho perder a la ciudad, por la cantidad de trenes que no han podido cogerse por el devenir bursátil y financiero, por los castillos que, a pesar de su pretendida magnificencia, terminaban siendo de naipes. Sin embargo, todo pasa por algo y, sin negar la existencia de un ciclo económico negativo, más que evidente en todos los órdenes de la vida, habría que rascar un poco más para entender cuáles han sido las causas que han conducido a la situación actual, más relacionadas con un exceso de ambición de nuevo rico, una suerte de “burbuja guadalajareña”, que con una simple reducción del efectivo disponible en las arcas (públicas o privadas). 

Y es que, cuando uno comienza a explorar sus barrios y sus gentes, su otrora continuamente creciente mapa, se da cuenta de que Guadalajara es una ciudad que no termina de cuadrar, en la que las expectativas generadas son siempre más grandes de lo que la evidencia empírica aconsejaría esperar, una constante sensación de sobredimensión entre lo que se plantea en los papeles y lo que se percibe en la calle. Y es que la realidad suele ser siempre más tozuda que el más realista de nuestros sueños. No es, como tanto han insistido los poderes políticos y la flor y nata de los economistas neoliberales, que los gestores de la ciudad la hayan hecho vivir por encima de sus posibilidades, sino que simplemente se ha querido vivir más rápido de lo que deberíamos. Y eso viene de largo.

Ya en el Plan de Ordenación Urbana de Guadalajara de 1983, se planteaba una previsión de 98.353 habitantes para el año 2000, un cálculo que a día de hoy suena desacertado, por no decir disparatado. A pesar de no cumplirse estas expectativas, en el año 1999, con aproximadamente 68.000 guadalajareños censados, se inició un nuevo plan urbanístico, destinado a durar más de dos décadas dado su ambicioso planteamiento. Y es que aquellos visionarios de final de siglo se atrevían, por fin, a saltar las barreras que constreñían la ciudad: autovías, vías de tren y barrancos naturales. Y ahí es cuando el frenesí económico y constructor terminó de hacerse con los designios del devenir de la ciudad. PAU tras PAU (Plan de Actuación Urbana, para los menos avezados en materia urbanística), el Ayuntamiento iba exprimiendo en tiempo récord ese planteamiento que tenía que durar, según las previsiones, hasta 2020 o, incluso, 2030. Para rematar, y no contentos con ver cómo la cosa iba desacelerándose a marchas forzadas, se inició la tramitación de un nuevo plan urbanístico en 2012, pero es otra historia (aunque con una lógica muy similar a ésta).

Es cierto que, por aquel entonces, no haberse subido al tren de alta velocidad (no me tomen a mal la metáfora) de la fiebre del ladrillo parecía perder oportunidades históricas. Todos los municipios de nuestro alrededor estaban creciendo fuera de control, aprovechando hasta el último milímetro de sus términos municipales a capricho del pujante negocio inmobiliario, daba igual dónde se colocara la urbanización y cómo demonios se iban a llevar hasta allí los servicios más básicos. Esto suponía una fuerte competencia para poder captar los potenciales nuevos vecinos que vinieran a nuestra tierra, principalmente huyendo del constreñimiento y los altos precios de la vecina Comunidad de Madrid, y la capital no podía verse ensombrecida por lo que siempre habían sido pueblos. Además, no hay que negar que a nadie le amarga el dulce de incrementar el presupuesto municipal con los ingresos extraordinarios (tanto por lo inesperado como por lo abultado) del Impuesto de Construcciones, Instalaciones y Obras. Si las constructoras hasta nos pagaban concursos infantiles, conciertos y demás actos en las Ferias…

Probablemente, alguien en otro tiempo, en otro país, en otra dimensión, hubiera aconsejado seguir un poco más de cerca las indicaciones temporales de aquel plan urbanístico y haber acompasado un poco más el desarrollo urbano de la ciudad. Pero la economía de mercado y los enfoques cortoplacistas a que nos condena la concepción de la política como la compra de voluntades con pavimentos renovados y edificios de relumbrón no entienden de recatos y, muchos menos, de intervencionismos. De hecho, quizás esta forma un tanto temperamental de actuar sea la que ha hecho que la ciudad haya perdido algunas oportunidades, o, mejor dicho, que no hayan terminado de germinar las que se supone que florecerían por permitir la vorágine.

Una de las muchas urbanizaciones sin casas de los nuevos desarrollos de la capital. // Foto: B. M.

Una de las muchas urbanizaciones sin casas de los nuevos desarrollos de la capital. // Foto: B. M.

El crecimiento expansivo e inconcluso de Guadalajara tiene algunas ‘heridas’ más que evidentes, como la multitud de calles urbanizadas pero sin construcciones que las decoren o en las que su aprovechamiento constructivo se limita a un par de casas, o edificios alejados de un núcleo urbano poblado y en los que no vive nadie, construcciones todas ellas que están viéndose depreciadas y deterioradas por el paso del tiempo. La Ampliación de Aguas Vivas es probablemente el ejemplo más visible: un gigantesco parque impolutamente nuevo que sirve de antesala a una nada de aceras vacías, contenedores sin uso y contadores a la espera de hogares a los que dar luz. Y menos mal que los viales se han abierto y de vez en cuando pasa algún coche… Al igual que este caso, se pueden citar las calles de las vírgenes o de los parques naturales, en Los Valles, algunas de las cuales apenas tienen un par de chalés. ¿Alguien sabe donde está la calle Fresneda? Pues hay unos cuantos vecinos, alrededor de un millar quizás, viviendo allí y en sus vecinas vías Carrizal, Acebeda y avenida de Aguas Vivas, hasta las cuales hay que atravesar un desierto de calles desiertas, valga la redundancia, con parcelas vacías, casi como si uno tuviera que salir de la ciudad. O quizás el monumento más emblemático a esta desconexión entre lo que debe ser, el interés general, el bienestar de la ciudad, la Guadalajara soñada, y lo que finalmente es, la tosca realidad motivada por los devenires económicos y los intereses particulares, es el majestuoso puente sobre el río Henares, cuya “solución transitoria” para su puesta en funcionamiento lleva ya encauzando el ingente tráfico de Francisco Aritio más de siete años.

El problema no es tanto de los ladrillos, que ni siente ni padecen, como de las personas. Esta velocidad innecesaria a la hora de crecer, únicamente motivada por intereses empresariales y, también un poco, por envidia del vecino, ha hecho que la ciudad no crezca cohesionada. Durante muchísimos años, para los guadalajareños de toda la vida, todo lo que había más allá del Barranco del Alamín era Aguas Vivas, como si aquella inmensa extensión de terreno más grande que la propia Guadalajara ya asentada, fuera un único barrio. Algunos todavía lo consideran así. De este modo, el ciudadano no ha tenido la oportunidad de sentir como suya esa parte de la ciudad, de conocerla, de darse cuenta de que aquello que, desde la calle Medrano de Miguel o Poeta Ramón de Garcíasol, se percibe como un vecindario más, es una vasta superficie de varios cientos de hectáreas, lo que supone un gran esfuerzo para servicios tales como la jardinería municipal o el transporte público. Todos estos años sí han sido oportunidades perdidas y solamente con la puesta en marcha de algunos servicios e instalaciones municipales allí, siempre en la parte más cercana a la Guadalajara de toda la vida, parece que algunos empiezan a conocerla o a darse cuenta de su dimensión (puede que las vueltas de algunas líneas de autobús a lo largo de los últimos años también hayan hecho algo por el conocimiento de los nuevos barrios). En el ámbito rural, esto ha tenido repercusiones más peliagudas, con unos enfrentamientos entre el pueblo y la urbanización más comunes y enconados de lo deseable. En la ciudad, la sangre no llega al río, pero no ha dejado de verse durante mucho tiempo a los nuevos barrios como un anexo sin vida ni utilidad.

La Ronda Norte debería haber servido de vertebración para llegar a los nuevos barrios de Guadalajara. // Foto: B. M.

La Ronda Norte debería haber servido de vertebración para llegar a los nuevos barrios de Guadalajara. // Foto: B. M.

Frenesí de nuevos ricos. Si la situación de sobredimensión de las expectativas urbanísticas por parte de los entes privados es un hecho incontestable, no menos palmario es el hecho de que, gracias en parte a las ingentes cantidades de dinero recaudadas con todas estas obras y a compromisos políticos, en ocasiones bienintencionados y otras veces interesados, las entidades públicas también han tendido a sobrevalorar las capacidades y, sobre todo, las necesidades de la ciudad de Guadalajara. Ese frenesí de nuevos ricos ha llevado a prometer (y en ocasiones construir) centros de salud donde ahora hay parques (eso quizás sí era necesario); a proyectar tremendos edificios para albergar centros de estudios, cajas de ahorros y todo tipo de servicios cuando hay inmuebles en el centro y en otros barrios de la ciudad vacíos y/o sucumbiendo a la dejadez de sus propietarios (cuando no han sido ya derribados); a desdoblar infinitamente los servicios municipales para dotar de contenido a edificios de nueva planta; a inaugurar un polideportivo de lujo en el que cabe media provincia, dejando prácticamente morir dos instalaciones similares que estaban en perfecto estado de uso; a prometer un campo de fútbol para la Champions League cuando las gradas del Escartín no llegan ni a media entrada… Son muchos los ejemplos de este exceso de ambición que, si bien ha permitido aprovechar algunas oportunidades, también ha sido, en muchas ocasiones, causa de desorientación, frustración, enfado o desazón para los vecinos, algunos por hacerse ilusiones con estas magníficas nuevas instalaciones, otros por creerse realmente esas necesidades no tan perentorias, otros por ver cómo sus reivindicaciones totalmente justificadas caían en saco roto mientras se priorizaban otras obras de más lustre y menos rentabilidad social.

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Un pensamiento en “Cuestión de tiempos

  1. Parece mentira que ningún político esté en la cárcel, ni siquiera haya presentado la dimisión al promocionar esas urbanizaciones vacías que tanto dinero público nos cuestan. La ciudad y los pueblos deberían crecer poco a poco, como una cebolla, de forma armoniosa. ¿En qué pensaban nuestros regidores cuando juntos a sus arquitectos municipales diseñaron cientos de hectáreas urbanizables?, ¿iban a traer empresas también? ¿iban a promocionar la natalidad? O era pura megalomanía. Eso creo yo. No fue un pinchazo, sino un fracaso de política que ha representado un perjuicio económico incalculable. Ciudadanos hipotecados de por vida. Bancos rescatados. Políticos corruptos. Y nadie ha pedido perdón. ¡Qué país!

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