Nací en Cataluña

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Imagen de la ciudad de Girona desde un puente sobre el río Onyar/Oñar. / FOTO: M.P

Por Míriam Pindado

Llevamos unas semanas en las que no se habla de otra cosa: ‘el desafío de Cataluña’, como predican los medios de comunicación de este país y del extranjero. Suelo leer la prensa diaria y ver los informativos en televisión y he de decir que todo lo que está pasando se me escapa de las manos. Pero no solo a mí, creo que también se le ha escapado de las manos al adalid Mas y a todos los que forman la ingobernable iniciativa Junts Pel Sí; a la mayoría de grupos parlamentarios de la Generalitat; al presidente del Gobierno de España y su equipo; a todos los que pisaron la Moncloa anteriormente; a los partidos de la oposición a nivel nacional; a los propios catalanes y, en suma, a todos los españoles.

Me apetecía escribir sobre el problema secesionista de Cataluña pero estaba esperando ese momento en el que se dilucidarían mis ideas…pero a día de hoy sigo sin entender cómo se ha llegado a este punto. De hecho, había empezado a escribir este artículo en forma de carta pero las cartas deben estar dirigidas y yo ya no sé a quién puedo dirigirme para presentar mis inquietudes respecto al  llamado en portada ‘desafío catalán’. (Lo que nos gusta a los periodistas poner nombre a las cosas).

Yo nací en Girona. Nací en este lugar por circunstancias de la vida y siempre me he sentido orgullosa de ello. Podré decir que nací en Gerona o en Girona, pero lo cierto es que vengo de allí y bien claro lo deja mi DNI.  Nunca he renegado de ello y creo que nunca lo haré. Viví en esta ciudad los primeros años de mi vida pero cuando cumplí los tres mi familia se trasladó a Guadalajara (de nuevo por circunstancias de la vida). Apenas tengo recuerdos de mi infancia allí, pero mis padres se han encargado de recordarme durante todos estos años que aquella es la ciudad que me vio nacer. Hemos viajado en varias ocasiones a Girona y su mágica provincia. Tierra de artistas y artesanos, de sol y paseos a la sombra, de montañas y playas, de colores vivos y formas surrealistas, de cuestas empedradas y ríos. Hace tres años -los mismos que viví allí- que no voy,  pero sé que volveré aunque no sé si la próxima vez tendré que hacerlo con el pasaporte en la mano.

Y cuando me preguntan si soy catalana digo que sí porque es el lugar en el que nací aunque solo me viese corretear por sus parques unos años. Y no sé si en Cataluña aceptarán esto: Quizá les parezca un insulto que alguien que no sabe catalán se sienta catalán. En realidad me siento de aquí, de allí y de todas partes. No soy una desarraigada, soy más bien una “multiarraigada” porque siempre he tenido muy claro cuáles son mis raíces, cuál en la ciudad en la que nací y cuál es la tierra en la que he pasado los 27 años restantes. Y he de decirles que estoy encantada con ello. Yo no tengo ni uno ni ocho apellidos catalanes, pero muchos de los que hoy están decidiendo el futuro de Cataluña y, por ende, de España, tampoco los tienen. Y algunos de los que los tienen parecen preferir las Islas Caimán a la tierra que tanto veneran.

En mi casa, y con tono siempre jocoso,  me llaman “catalana” o “charnega” (así se referían a mis padres en los ochenta). A estas alturas ya no sé lo que soy, pero si ustedes buscan en el diccionario esta palabra se encontrarán con la siguiente definición: “1. adj. despect. Cat. Inmigrante en Cataluña procedente de una región española de habla no catalana. U. t. c. s.”. Ese “despect.” que pueden leer es, según la Real Academia de la Lengua, la abreviatura de “despectivo”. Y este es precisamente el problema que veo a todo el proceso secesionista de Cataluña. Porque allí de jocoso nada.  Pero como este es el siglo de los eufemismos, ahora el concepto de “charnego” es otro: Menos localista y más social y cultural, dicen catalanes como Antonio Baños (de la CUP). Sin embargo, a mi entender, el término “charnego” es estrictamente político. Y esto no hace más que confirmar mi idea de que todo este agravio no es más que una nueva treta política que de tanto tensar la cuerda está a punto de romperla. Y ahora nos encontramos con un problema con el que siempre hemos convivido pero que ahora no quiere convivir con nadie. De hecho la solución que se presta hoy desde el Parlament es unilateral y viene de la mano de un partido que con 366.000 votos (me refiero a CUP) gobernaría una comunidad con un censo de más de cinco millones y medio de electores (Cataluña) y decidiría el futuro de cerca de 47 millones de ciudadanos (España). A esto le llaman democracia. Y mientras tanto, nuestros gobernantes se echan las manos a la cabeza porque todo esto se les ha ido de madre. No sé dónde acabaremos. De momento se seguirá haciendo política (y campaña) pero ya se han tomado medidas legales que por ahora nos mantendrán a la espera de que pasen los tiempos establecidos.  Y de nuevo, los políticos, que no saben ni por donde andan, se agarran a estos formalismos del Estado de Derecho. Unos y otros. Y lo hacen para ganar tiempo porque en realidad no saben en qué mar desembocará todo esto.  Se les ha ido de las manos. Y lo saben.

Y cuestiones de Estado tan relevantes como esta me hacen reflexionar sobre “banalidades” tan personales como mi propia identidad. Esto me pasará a mí y seguro que a muchos de ustedes.Y es que ya no sé que tendré que responder cuándo me pregunten si soy catalana. No sé si me dejarán serlo o si, entre unos y otros, me obligarán a elegir.

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