Los corrillos del bar Soria

Derribo del edificio del bar Soria, el pasado noviembre. // Foto: Guadaqué

Derribo del edificio del bar Soria, el pasado noviembre. // Foto: Guadaqué

Por Concha Balenzategui

Mucho antes de que esta ciudad hubiera trasladado la meca de su ocio a un centro comercial al otro lado de la autovía, antes incluso de que el centro estuviera en la plaza de Santo Domingo, a las puertas de otro hipermercado y junto a las cabinas de teléfonos donde nos citábamos, el epicentro de Guadalajara era la esquina de Santa Clara. Dicen que este lugar, entre el hotel Palace y el bar Soria, donde tenía parada el Trabanco, el autobús que subía de la estación de trenes, fue nuestro “kilómetro cero”, desde donde partían todos los pasos y donde se concentraban todas las conversaciones en la segunda mitad del siglo XX.

Con motivo del derribo del edificio del bar Soria, hace unas semanas, se han recuperado algunas historias y desempolvado unos pocos recuerdos. Hace unas semanas, escuchaba al técnico de patrimonio del Ayuntamiento, Pedro José Pradillo, hablar en la cadena SER con el periodista Alberto Girón, sobre lo que significó este establecimiento a mediados del siglo pasado. Contaba el historiador que en la primera planta de este bar había un salón donde se desarrollaban tertulias de intelectuales, poetas, pintores y aficionados taurinos, en torno al profesor mondejano Antonio Ferández Molina, fundador de la revista “Doña Endrina” y dinamizador de la “vidilla” socio-cultural de la época.

Como muchos de ustedes, yo no pasé de la planta baja del establecimiento. Pero lo cierto es que la frecuenté mucho durante una larga temporada que recuerdo con mucho cariño, quizá porque fue uno de mis primeros trabajos en el Periodismo. A principios de los noventa el Guadalajara 2000 me hizo el singular encargo de escribir una columna semanal trasladando el ambiente y las sensaciones de agricultores y ganaderos que se reunían cada martes en Santa Clara. “Bar Soria y alrededores” se llamaba la sección, incluida en el suplemento “El Campo”, que ofrecía noticias del sector e información exhaustiva de precios de los productos.

No era la época dorada del Bar Soria, la intelectual, pero sí un momento de gran intensidad para el ambiente agrícola. Lo cierto es que en ese “triángulo de las Bermudas” que constituían el Soria, el Río y el Bilbao, se daban cita cientos de personas del mundo rural, marcados por la cita semanal del mercadillo, que entonces era un referente. Antes o después de pasar por el mercado y hacer las visitas puntuales a establecimientos míticos como Olivares, Montes, Marqueta o José Luis Ocaña, los labradores reservaban un rato largo de la mañana para los encuentros y las conversaciones alrededor de las aceras y mostradores de esta esquina.

Como en una especie de parqué bursátil, los piensos, los abonos, los girasoles o los corderos iban cambiando de precio y de dueño entre apretones de mano y aquellas riquísimas patatas panadera que servían en el mostrador. Pronósticos meteorológicos, elucubraciones sobre el precio que los corderos alcanzarían esa Navidad, protestas sobre las últimas medidas aprobadas en Bruselas y comentarios sobre los trámites de la PAC llenaban la mañana -y las hojas de mi libreta- mientras los botellines iban relevando a los cafés.

El tópico se cumplía cada semana: Los agricultores nunca estaban contentos. Había heladas, granizos y sequías malditas. Cuando llovía, no lo hacía a tiempo para granar las espigas, o no era suficiente, o caía en el peor momento, ya en época de cosecha. Si había nevado, faltaba sol. Si la cosecha era abundante, el precio escaso. Y así, un sinfín de lamentos se habían agolpado en la acera cuando llegaban los solysombras.

Edificio del bar Soria. // Foto: Henares al día

Edificio del bar Soria. // Foto: Henares al día

No fue la piqueta la que acabó con estos corrillos, no. Las conversaciones se habían silenciado totalmente al cerrar el bar, a principios del siglo. Probablemente entonces ya estaba languideciendo aquel mercado informal, y cada vez había menos negocio que rascar en aquellas conversaciones. Los parroquianos iban envejeciendo, sus cultivos estaban más marcados por la subvención que por la búsqueda de la producción y sus parcelas se iban recalificando para acoger la fiebre del ladrillo.

Y el edificio que fuera testigo de poemas y lances taurinos, de tratos y transacciones agrícolas, fue ocupado por las palomas. Como ocurrió cuando se derribó el cine Imperio, había poco de arte que llorar en aquellos muros, pero muchas historias que recordar en torno a aquel mostrador.

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4 pensamientos en “Los corrillos del bar Soria

  1. Fui la heredera de esa columna de Bar Soria y alrededores y también recuerdo aquellos tiempos con mucho cariño. Allí aprendí lo que era una primala y una andusca y allí nació mi vocación rural, con muchas historias para recordar…

  2. Un artículo estupendo, con sentimiento y enjundia. Me ha gustado tanto que se me ha hecho corto, me encantaría una segunda parte que hablara de esa demolición y los arcos de ladrillo que ha dejado al descubierto. Gracias.

  3. Recordad también en esa zona los Almacenes Robisco, Rodríguez Coronado, la sombrerería y la parada de los “coches de Patricio”.
    Puede ser que hayamos dejado ser una “ciudad pueblerina” para convertirnos en una “ciudad sin identidad”

  4. Ha faltado nombrar a los taxistas que estaban todo el día allí parados y tomando café en el bar Sória. Y como anécdota, encima de las tragaperras , tenían un cartel que decía: las máquinas gozan de buena salud. Para que no preguntasen si había dado premio o no

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