La forja (guadalajareña) de un rebelde

Trilogía La forja de un rebelde, de Arturo Barea.

Trilogía La forja de un rebelde, de Arturo Barea.

Por Concha Balenzategui

Una de las lecturas más interesantes que me han entretenido este 2015 que acabamos de despedir es la trilogía de Arturo Barea La forja de un rebelde. Popularizada por una serie que Televisión Española produjo y repuso en varias ocasiones, es una de las obras imprescindibles para acercarse a la historia de la primera mitad del siglo XX en España. Un amigo me la recomendó como una buena manera de conocer algunos pasajes de la Guerra Civil española a través de un testigo directo, como fue Barea. Ciertamente, estos relatos sobre los años que precedieron a la contienda, la guerra de Marruecos, la descripción del día a día de los vecinos de un Madrid bombardeado o el trabajo de los reporteros de la época y su relación con la censura son apasionantes. Pero además -y por eso he querido compartir aquí mi lectura de estas páginas- cuenta con varias referencias a nuestra provincia que han aportado para mí un interés adicional.

Por ejemplo, el tercero de los libros, centrado en la Guerra Civil, relata la batalla de Brihuega, siempre desde el particular punto de vista de Barea, que actuaba como censor de los corresponsales extranjeros en el Madrid sitiado. En este capítulo, describe la controversia suscitada entre las informaciones, la propaganda y la censura, por lo que suponía mencionar la intervención de combatientes de distintos países. También hace hincapié en lo que este episodio bélico significó en el devenir de la contienda: “Después de Guadalajara, Madrid no estaba ya aislado; el devenir de los sitiadores no amenazaba ya en convertirse en un anillo cerrado”.

Pero hay episodios mucho más curiosos o menos conocidos, desde el punto de vista de nuestra provincia. En el segundo de los libros, La ruta, Barea describe Guadalajara como “una ciudad mísera, sometida a la férula del terrateniente mayor”, el conde de Romanones, apelado el cacique más grande de España. Como aspectos positivos de la ciudad, el autor destaca la Academia de Ingenieros Militares y “la inmensa fábrica que iba a transformar la aviación española”, en referencia a la Hispano Suiza, para la que el autor trabajó cuando tenía 19 años, como secretario de Juan de Zaracondegui, su director. Ya entonces, la cercanía de Madrid era advertida como un arma de doble filo para nuestra capital, poblada por “algunos propietarios, algunos taberneros y unos cuantos comerciantes modestos, porque Madrid está muy próximo”.

Fachada principal de La Hispano S.A. // Tarjeta postal editada por Imprenta Gutenberg.

Fachada principal de La Hispano SA // Tarjeta postal editada por Imprenta Gutenberg.

Barea apunta los movimientos e intereses que dieron lugar a la creación de la fábrica de motores en Guadalajara, con la intervención de personajes como Alfonso de Borbón, el conde de Romanones, Miguel Mateu y Francisco Aritio. Pero particularmente me llama la atención la descripción de la sociedad de la época y el triste papel que reservaba a las mujeres de Guadalajara. Las chicas de entonces, narra, se hacían novias de los cadetes, pero en la mayoría de los casos terminaban casadas con los hijos de los labradores, pues solo de cuando en cuando un estudiante de la Academia que llegaba a capitán regresaba para casarse con su antigua novia alcarreña, lo que mantenía vivas las esperanzas de todas ellas. En aquel ambiente, donde cadetes y campesinos se disputaban “a golpes” las muchachas, la instalación de la fábrica supuso toda una revolución: la irrupción de un ejército de dibujantes, empleados y mecánicos -muchos de ellos, jornaleros locales que habían pasado a ganar el doble como obreros- ante lo que las solteras y sus padres “vieron el cielo abierto”.

El propio autor, que asegura que despertaba el interés de las chicas más guapas debido a su posición privilegiada en la fábrica, confiesa que mantuvo algunas aventuras y se divirtió con alguna de estas mujeres guadalajareñas, y que consiguió escapar “de un padre y unos hermanos calderonianos”.

Escultura de Barberán y Cóllar ante el recuperado Cuartel del Henares. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

Escultura de Barberán y Cóllar ante el recuperado Cuartel del Henares. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

Otro de los episodios de esta trilogía que llama la atención, desde Guadalajara, es el retrato de Mariano Barberán, a quien Barea conoce en Marruecos, años antes de que el capitán guadalajareño se convirtiera en un héroe de la aviación junto a Joaquín Cóllar.
El piloto es descrito como un hombre pequeño y vivaracho, con ojos febriles tras las gafas, prematuramente calvo, silencioso y retraído, que restringía sus relaciones otros oficiales y no participaba en sus juergas. Según Barea, Barberán llevaba una vida de recluso y “parecía un fraile ascético vestido de uniforme”.

En el norte de África, el capitán alcarreño era un hombre obsesionado con volar, que hacía experimentos en el campo “con aparatos eléctricos extraños” y se encerraba cada tarde en su despacho para estudiar y hacer cálculos. En la relación que trabó con el autor del libro, Barberán llega a explicar que estaba probando un nuevo método de orientación, que apenas conocía media docena de personas, basado en guiarse por ondas radioeléctricas. Según le relató, trabajaba en ello porque tenía un proyecto junto a unos pocos amigos: “Queremos volar a América”. Era el momento de los primeros vuelos transoceánicos, y Barberán consideraba que los españoles debían seguir ese camino, pues tenían el deber de volar a América del Sur. Fue lo que, años más tarde, en 1933, logró a bordo del “Cuatro Vientos”, en el que fue el primer vuelo transoceánico directo, es decir sin escalas para repostar, entre Sevilla y Cuba.

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