Los ‘otros’ Villaflores

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Estado actual de la frábrica de “La Hispano” de Guadalajara, sin uso desde 1978. // Foto: enwada.es

Por Borja Montero

El derrumbe la pasada semana de la espadaña del edificio principal del poblado de Villaflores ha vuelto a poner sobre el tapete un tema que siempre es espinoso en Guadalajara: la conservación y reutilización del patrimonio histórico. Por discutibles decisiones urbanísticas y terribles atrocidades bélicas, la capital dispone de pocos edificios emblemáticos o de un verdadero conjunto histórico-artístico, al menos en lo que a la concepción clásica del término se refiere, esto es, con iglesias y palacios con cuatro o cinco siglos de antigüedad convenientemente restaurados y señalizados turísticamente. Sin embargo, sí hay algunos inmuebles con potencialidad suficiente como para ser la referencia visual del peso histórico de la ciudad, casi todos ellos de pasado industrial y agrícola, pero que, quizás por ese carácter menos señorial, menos de monumento tradicional, no han contado con las mismas atenciones (e inversiones) que otras construcciones más antiguas pero menos originales a nivel arquitectónico o menos exclusivas con respecto a otras ciudades.

El poblado de Villaflores, una de las imágenes más emblemáticas de las consecuencias de la inacción a este respecto, no es, por tanto, la única de las asignaturas pendientes en materia de patrimonio histórico, de esos edificios a la espera de desarrollo o de mantenimiento, por los que nadie termina de apostar de forma decidida y para los que el tiempo pasa inexorablemente.

Quizás el caso más paradigmático de este fenómeno de inmuebles de cierta entidad estética e histórica que a día de hoy se han convertido en una incógnita para los diferentes Equipos de Gobierno que han pasado por el Consistorio es “La Hispano”. Fue uno de los proyectos más peleados por el Ayuntamiento de la capital hace ahora cien años, contando con la intercesión a su favor del entonces rey, Alfonso XIII, y del Conde de Romanones, terrateniente y benefactor de la ciudad (también propietario de algunos de los terrenos donde se edificó finalmente la factoría, al igual que la Duquesa de Sevillano y familiares de algunos concejales de la época). Requirió de varias reuniones con los dueños de la tierra, con los gestores de la empresa y con algunas figuras políticas de relevancia en la época; también de un concurso de ideas para su diseño, ganado por un reputado estudio de arquitectos barcelonés. Tras este revuelo y excitación iniciales, treinta años como fábrica de coches de lujo y variado material de guerra, bajo las marcas de La Hispano y Fiat, y poco a poco su importancia fue cayendo, sirviendo como taller de trenes y almacén de acero. Desde 1978, hace casi cuarenta años ya, el edificio se encuentra sin uso de ningún tipo, salvo como asentamiento chabolista de larga estancia hasta marzo 2010.

A pesar de las cuatro décadas que han pasado sin que se moviera una sola piedra en la gigantesca parcela que “La Hispano” ocupa en el polígono del Henares, nunca ha terminado de caer en el olvido, al menos de palabra, al igual que nunca ha conseguido ser la beneficiaria de las inversiones precisas para su conservación. Y es que, cada vez que surge algún proyecto que las autoridades locales no saben bien dónde ubicar o se pregunta sobre posibles inversiones relativas al patrimonio histórico, sale a colación el nombre de este impresionante edificio, ejemplo de la arquitectura industrial española de finales del siglo XIX y principios del XX, como tantos otros que se han dejado morir a las orillas de las carreteras de Fontanar y Marchamalo y junto a las vías del tren. Las últimas ideas que se barajaron para recuperar este espacio fueron su conversión en museo, ya fuera sobre la ciudad de Guadalajara o sobre la aeroestación, pero incluso aquellos planes, que se enunciaron hace apenas un lustro, con motivo del desalojo definitivo de las chabolas de la zona, ya suenan a viejo ante la falta de continuidad tangible de estas propuestas (“lo que no está en el presupuesto no existe”, suelen decir los que se dedican a la gestión de lo público).

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Este viejo almacén de grano abandonado se encuentra plenamente integrado en el barrio de Los Manantiales. // Foto: B. M.

Otro edificio menos visible, para todos menos para los vecinos de un barrio de la ciudad, del patrimonio histórico industrial de Guadalajara es un antiguo almacén de procesamiento de grano en el barrio de Los Manantiales. El edificio, situado entre las calles Jaraba y Sopetrán, justo detrás de la parroquia de San José Artesano, data más o menos del mismo periodo que “La Hispano” y, a pesar de tratarse de una obra de arquitectura bastante más modesta que nuestro anterior protagonista o que el poblado de Villaflores, su plena integración en uno de los barrios de mayor densidad de población de la ciudad le otorga una gran cantidad de posibilidades para ser de utilidad a los vecinos (a pesar de que la zona ya cuenta con centro social, de salud, colegio, iglesia e, incluso, otro edificio de datación similar rehabilitado como centro de familia). Lejos de ser aprovechado para cualquiera de sus potenciales usos, en los últimos años, el inmueble solamente ha servido para el divertimento de algunos vándalos y el refugio de fiestas y botellones, sufriendo además algún que otro incendio de poca importancia y el derrumbe de parte de su estructura interior. Así, a día de hoy, el edificio se encuentra sin tejado, a merced de los elementos y con sus ventanas tapiadas, única intervención municipal que se recuerda en este edificio, realizada hace alrededor de medio año por los alumnos de una Escuela Taller.

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La nueva cara del antiguo Matadero Municipal incluye un nuevo uso como Museo. // Foto: henaresaldia.com

Los que tuvieron más suerte. Afortunadamente, no todos los edificios decimonónicos de cierta envergadura y de uso industrial y agrícola que posee la ciudad han corrido la misma suerte que Villaflores, la Hispano y el almacén de grano de Los Manantiales, ya fuera porque han mantenido su actividad a lo largo de las décadas, porque su ubicación se ha considerado más adecuada para su reutilización por parte de los guadalajareños o, simplemente, porque han tenido más fortuna que los arriba mencionados.

Uno de ellos, el Mercado de Abastos, no ha dejado de tener uso desde su construcción en la década de los 1880, por lo que su mantenimiento era obligatorio, con importantes obras de reforma en 1962 y 1998. A pesar de que los vaivenes económicos, laborales, de planificación urbanística y de modelo de negocio y consumo parecen haber puesto contra las cuerdas su continuidad, al menos tal y como lo conocemos, sí es cierto que su existencia es un buen ejemplo de cómo este tipo de inmuebles pueden resistir el paso del tiempo y adaptarse a las nuevas necesidades.

Los casos del Cuartel del Henares y del Matadero Municipal son los que más se asemejan al mejor de los futuros posibles para los tres conjuntos patrimoniales protagonistas de estas líneas: una nueva vida que pasa por ser rehabilitados arquitectónicamente y destinados a funciones acordes con los usos y costumbres actuales. Así, gracias a una decidida apuesta municipal (aunque en ambos casos con importantes retrasos, devenidos de cuestiones de falta de entendimiento entre administraciones en el caso del Cuartel, y técnicas y arqueológicas en el del Matadero), el edificio construido en 1920 para la fabricación de globos aerostáticos es ahora un centro que alberga actividades de todo tipo para toda la familia, mientras que las antiguas naves de despiece datadas en 1883 (posteriormente parque de bomberos y aparcamiento del parque móvil municipal) pelean por convertirse en uno de los espacios más atractivos para vecinos y turistas con la exposición permanente de la obra del artista guadalajareño Francisco Sobrino y otras actividades para todos los públicos.

El único consuelo que le queda al desatendido poblado de Villaflores o a la olvidada Hispano, el espejo en el que han de mirarse para olvidar su desdichado presente y soñar con un futuro más provechoso, es verse reflejados en sus semejantes con más suerte y tener la esperanza puesta en que una nueva vida es posible. Que eso ocurra realmente, no obstante, no depende de estos buenos deseos, sino de la voluntad y la determinación de los inquilinos de la Plaza Mayor.

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