¿Tiene arreglo la despoblación?

Imagen de una casa derrumbada en Villacadima, pueblo deshabitado de la Sierra Norte. // Foto: R.G.

Una casa derrumbada en Villacadima, pueblo deshabitado de la Sierra Norte. // Foto: R.G.

Por Raquel Gamo

Invierno, calles vacías y un silencio desgarrador que contrasta con el bullicio de antaño. Es la estampa que cualquier viajero puede encontrar ahora mismo en la mayoría de los casi tres centenares de términos municipales de Guadalajara. Es también la fotografía del desaliento de las mesetas. La demostración empírica de un fracaso social.

La despoblación es un lastre de la estructura económica y demográfica de España que nunca ha sido una prioridad en la agenda política, pero que de vez en cuando rebrota como asunto de interés a cuenta de alguna trifulca nacional. La última, la reciente polémica alrededor de la supresión de las diputaciones, una medida incluida en el pacto suscrito entre el PSOE y Ciudadanos. No parece que la idea vaya a tener demasiado recorrido -entre otras cosas, porque los líderes de estos partidos no han hecho alarde de la misma-, pero el caso es que ha despertado reacciones encontradas. Julio Llamazares, uno de los pocos intelectuales españoles preocupados por los pueblos, sostiene que “la pérdida de población de las zonas rurales es un pequeño gran genocidio cultural”. Lleva razón, y no es un uso indiscriminado del léxico. La cuestión relevante es si los poderes públicos consideran este genocidio amortizado o aspiran a frenarlo.

Más allá de la organización de la estructura política y administrativa para dar apoyo a los municipios de menos de 20.000 habitantes, la cuestión de fondo es si la despoblación es a estas alturas reversible. Es decir, si se trata de un problema al que se le puede encontrar una solución o si, por el contrario, ha devenido en una fatalidad ya irresoluble.

A la vista de la falta de interés en las inversiones, parece que las administraciones públicas (todas y con independencia de su color político) se inclinan más por ésta última opción. Ni durante la etapa del desarrollismo económico del franquismo –justo cuando se fraguó el éxodo rural a las ciudades, a partir de los años sesenta-, ni después durante la democracia ha existido una voluntad real por nivelar el desequilibrio demográfico entre la España urbana y costera, y la España rural y mesetaria. Vayamos a los datos.

En nuestro país, cerca de 750.000 habitantes rurales son incapaces de valerse por sí mismos y en el 25% de esos municipios la población supera los 70 años, según un informe de La Caixa de 2015. Los pueblos abandonados rozan el millar, según el blog Pueblos Deshabitados, una referencia en esta materia. En Guadalajara, el 85% del territorio tiene la misma densidad de población que Siberia. Las cifras reflejan una situación alarmante que debería encender todas las alarmas pero, al mismo tiempo, amplifican la duda de si estamos ante un problema sin solución.

El caso de la Serranía Celtibérica está sirviendo para situar en el mapa nacional la realidad de muchas comarcas del interior de la Península Ibérica. Su situación resulta paradigmática. La Serranía Celtibérica es un territorio montañoso y despoblado que se extiende por Aragón, Castilla León, Castilla-La Mancha, Comunidad Valenciana y La Rioja. Su extensión supera los 63.000 kilómetros cuadrados distribuidos en 1.263 municipios de los que 631 cuentan con menos de 100 habitantes y su población, según el padrón de 2015, apenas llega a los 483.191 habitantes, lo que supone una pérdida de 7.367 personas en un año.

La densidad de población es de 7,3 habitantes por kilómetro cuadrado, es decir, se sitúa por debajo del índice demográfico de 8 habitantes por kilómetro cuadrado, que es la referencia establecida por la UE para denominar a las Regiones Escasamente Pobladas, un honor que solo ostentaba hasta ahora Laponia. Desde 1940, las localidades que integran este territorio han perdido más de la mitad de su población. ¡Más de la mitad! Un hecho insólito en Europa occidental.

Vaciar los pueblos fue una decisión política de la dictadura, en la década de los cincuenta, en plena expansión industrial de ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao. Jerónimo Lorente, uno de los portavoces de La Otra Guadalajara, lo explicaba gráficamente en un reportaje en la edición digital de El Mundo: “Montaron enjambres, grandes colmenas de casas y se los llevaron a todos a la ciudad alegando que aquí había muy pocas opciones para vivir. Crearon la figura del paleto: el que se iba era el listo, el que se quedaba, el tonto, el que no sabía buscarse la vida… Y los pueblos se fueron quedando vacíos”. Así que si la diáspora rural se debió a una estrategia política que priorizó los corredores urbanos, lo lógico es que cualquier solución pase también por articular un pacto político de largo alcance.

Por eso es tan importante que la inquietud alrededor de la pérdida de la cultura y la identidad rurales se transforme en iniciativas políticas que pasen de las palabras a los hechos. Los fondos europeos –aunque con matices y excepciones- favorecieron la cohesión social. La propia descentralización de las autonomías ejecutada a raíz de la aprobación de la Constitución de 1978 ha permitido aplicar políticas con un criterio de proximidad hasta ese momento impensable. Y son loables los programas de repoblación como Abraza la tierra o el impulso del turismo. Pero falta una apuesta política integral (es decir, nacional) y decidida.

Inversiones reales, fomento de la natalidad y potenciar la agroindustria son algunas de las principales medidas que podrían reactivar el medio rural, como paso previo a una estrategia de fondo orientada a paliar la despoblación, al menos, en las cabeceras de comarca.

Francisco Burillo, promotor de Serranía Celtibérica. // Foto: Asoc. Serranía de Guadalajara.

Francisco Burillo, promotor de Serranía Celtibérica. // Foto: Asoc. Serranía de Guadalajara.

Hablo con el profesor Francisco Burillo, promotor del proyecto Serranía Celtibérica y catedrático de Prehistoria de la Universidad de Zaragoza: “la despoblación es reversible y las razones por las que se ha llegado a esta situación son que no ha existido ningún plan de desarrollo en la Serranía Celtibérica que haya supuesto fijar la población”. Por tanto, a su juicio, la despoblación de determinadas áreas no se debe a “una razón estructural” porque hay otras regiones montañosas -como Suiza- y más frías -como Nueva York y Moscú-, y allí sí existe una población estable. Se necesitan planes de desarrollo concretos que respondan a las necesidades acuciantes de estos territorios. No sólo ayudas, sino inversiones con mirada de largo alcance.

El problema más acuciante, a juicio de Burillo, lo plantea el gran número de municipios con escasos habitantes censados: 631 por debajo de 100 habitantes y 305 por debajo de 200. La asociación Serranía Celtibérica ha comprobado que en estos núcleos la población que realmente vive todo el año -justo los datos que requiere la UE-, suele ser un tercio.

“El hecho de que esta población sea envejecida y centre su actividad en el sector agropecuario, supondrá la desaparición progresiva de este sector en el plazo de diez años en más de 631 municipios, y con ello la pérdida irreparable de la cultura, tradiciones y modo de vida del último testimonio de esta sociedad campesina”, advierte el profesor, quien en 2014 expuso sus planteamientos en Campisábalos y el pasado año fue reconocido como Serrano del Año por la Asociación Serranía de Guadalajara.

Veremos en qué se traduce, pero resultan esperanzadoras las llamadas Inversiones Territoriales Integradas (ITI) que propone la Unión Europea. Se trata de programas desarrollados por iniciativa de los estados miembros de la UE que deben tener magnitud económica suficiente para que su aplicación suponga un cambio radical en el territorio. España ha presentado hasta el momento 4 ITIs y desde la Serranía Celtibérica se reclama a las comunidades autónomas que gestionan su territorio que demanden una quinta ITI por entender que ésta cumple sobradamente con los criterios de especificidad social y demográfica exigidos.

García-Page, por tanto, debería tomar nota de esta sugerencia. O, al menos, acusar recibo. Las Cortes de Castilla y León acaban de aprobar una proposición no de ley, por la que se insta a la Junta castellano-leonesa a elaborar una estrategia frente a la despoblación soriana, lo que supondría la creación hasta el año 2020 de una “senda” económica de 40 millones de euros de fondos europeos, que se cofinanciarán por la Junta, condicionado a la existencia de proyectos. No es la panacea, pero es un paso sustancial que la Junta de Castilla-La Mancha haría bien en aplicar en Guadalajara y Cuenca, cuyo territorio abarca zonas “biológicamente muertas”, tal como las calificó Jesús Alba, alcalde de Checa, cuando en noviembre de 2014 fue llamado a intervenir en la ponencia del Senado Estudio sobre despoblación en el mundo rural, dentro de la comisión impulsada por el socialista Antonio Arrufat, presidente de la Diputación de Teruel, con el respaldo unánime de todos los grupos del Senado.

Mapa del territorio que ocupa la Serranía Celtibérica.

Mapa del territorio que ocupa la Serranía Celtibérica.

Otro paso en la politización de la desertización rural es la proposición no de ley presentada en octubre de 2015 por Izquierda Unida en el Congreso en materia de despoblación y envejecimiento, precisamente, en el territorio de la Serranía Celtibérica. Esta proposición insta al Gobierno a que trabaje por reconocer la identidad interregional de esta comarca, en el marco de la Europa de las Regiones, como “Región Escasamente Poblada, Región Montañosa y Zona Rural Remota”.

En el plano doméstico, las comunidades autónomas afectadas tienen una oportunidad de oro, cuando se abra el melón de la financiación autonómica, de pelear unidas para que la despoblación forme parte del núcleo determinante del nuevo modelo. Aragón y Castilla-La Mancha ya han formulado esta petición, pero hay muchas otras que podrían sumarse, como Castilla y León, Extremadura y todas las regiones de las cornisa cantábrica. Este desafío, en todo caso, exige implicar a las instituciones comunitarias, que hasta ahora se han mantenido siempre en una política basada en las subvenciones, tal vez por excesiva confianza en la voluntad de la iniciativa privada o porque resulta más cómodo delegar en ayudas que impulsar proyectos propios. El corolario a este planteamiento errático es el criterio manejado por la UE para conceder fondos, basado en el PIB de las comunidades autónomas y no en otros parámetros, como el perfil montañoso del territorio u otros aspectos físicos.

En el caso de Guadalajara se añade como dificultad la peculiaridad de su dispersión geográfica en una comunidad extensa y heterogénea como Castilla-La Mancha. En particular, las zonas rurales de la Sierra Norte y el Señorío de Molina son las más afectadas por la despoblación. La comarca molinesa, por ejemplo, suma 10.370 habitantes y una densidad media de 2 habitantes por kilómetro cuadrado.

Unos datos escalofriantes que siempre conviene recordar y que exigen que las buenas intenciones en materia de desarrollo rural se traduzcan en un plan integral que compense la deuda histórica que el Estado tiene con el campo. Lo contrario no dejan de ser parches.

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9 pensamientos en “¿Tiene arreglo la despoblación?

  1. Muy buen artículo Raquel, como siempre.
    La ERI (España Rural Interior), necesita urgentemente que se saque del cajón la Ley de Desarrollo Rural de 2007 y su Real Dereto de 2010, donde se especificica y concreta, comarca a comarca cuales son sus necesidades e inversiones, también urge cambiar la forma de reparto y de inversión los más de 7000 millones de € que anualmente llegan a España desde hace casi 25 años bajo el epígrafe de Desarrollo Rural y que en más del 85% de los mismos van exclusivamente a agricultura, a mi juicio muy mal repartidos y gestionados, solo hay en España unos 150.000 agricultures a tiempo completo y sin embargo estos fondos se reparten entre más de 800.000 beneficiarios, la gran mayoría no es su actividad principal, por no decir de las grandes beneficiarios con millones de subvención por terratenientes (en Alemania hay un máximo, tengas las hectáreas que tengas, creo que es de unos 150.000€).
    En definitiva, existe legislación, legislación que discrimine en positivo, que hay dinero, pero no hay voluntad política.
    Es necesaria la comarcalización, es necesario un plan integral por comarca y es necesario cambiar el chip de que lo agrario para nada es el todo rural.
    Con Comarcas, sobran las diputaciones……..

    • todo esta muy bien,pero desgraciadamente es “mas de lo mismo”. FALTA LO PRINCIPAL”. , que es, voluntad política.
      En España,solo hay voluntad del partido, y mientras no haya otro ( PACTO DE TOLEDO ) o similar, empujando todos hacia el mismo sitio, todo será como hasta ahora.TENEMOS POLÍTICOS QUE NI SIQUIERA SON CAPACES DE PONERSE DE ACUERDO. ¡¡¡ASÍ NOS LUCE EL PELO!!! .en tanto,pasen días y vengan ollas, ( y no creais que se sonrojan)…..

  2. Se ha borrado lo escrito y resumo: Tenemos políticos que no saben(no quieren) ponerse de acuerdo ¡¡que verguënza !! Que se vayan y al menos podrán dar paso a otros que lo hagan mejor que ellos, porque peor, no es posible. (pasen días y vengan ollas).

  3. Cuando España vivía de la agricultura y la ganadería, necesitaba a mucha gente asentada en los pueblos, pero cuando se decidió mandar la agricultura y ganadería a hacer gárgaras, esa gente se marchó a la ciudad buscando salir adelante. Por lo que, habría que volver al viejo modelo productivo, para que los pueblos recuperasen habitantes. Pero mientras la agricultura siga subvencionada, y los precios de los productos agrícolas intervenidos, seguiremos con la despoblación.

  4. El debate es inabarcable, pero al hilo de lo que dice Yunques sí quiero señalar al menos que no creo en esa reivindicación de la vuelta a lo viejo, como si todo tiempo pasado hubiese sido mejor, porque tampoco es cierto. En primer lugar, no se puede volver al modelo productivo de hace un siglo, entre otras cosas porque hay aspectos como la mecanización de la agricultura que son irreversibles. Y por otra parte (aunque hay muchos más motivos) porque las expectativas de vida que ofrecía ese modelo de vida en el pueblo resultaban escasas para muchos hombres y, sobre todo, mujeres, y ese también fue otro factor clave en el éxodo de los cincuenta y sesenta; basta leer a Delibes para saberlo.
    Por supuuesto que las políticas agrarias tienen mucha culpa de lo que está sucediendo, pero también es cierto que las políticas más inteligentes que se están proponiendo en los últimos tiempos tienen como objetivo precisamente dejar de observar al campo exclusivamente como la despensa del mundo urbano. El medio rural ofrece muchas otras otras posibilidades complementarias a la agricultura, la ganadería y la industria agroalimentaria. Y por ahí van los tiros de las iniciativas más interesantes. A partir de aquí, planes globales, inversiones potentes y más atención a los que más saben de esto: alcaldes, agentes de desarrollo local, asociaciones surgidas en el territorio, profesores de sociología rural, etc.

  5. Buenas noticias y un buen retrato de las zonas ruales. Yo añadiria la importancia de responder al problema de la despoblación con urgencia y prioridad. llegar tarde es como no llegar. Claro que podemos repoblar una zona totamente despoblada, eso ya se ha hecho otras veces, pero la perdida cultural sería imperdonable.
    Hay que llegar a tiempo y mantenerlo lo suficiente en el tiempo para que podamos dar por erradicada esta silenciosa y mortal enfermedad.

  6. Soy optimista aún pensando que, como en tantas ocasiones, las soluciones llegarán tarde y mal. Hay que considerar el teletrabajo (que llegará) como una oportunidad para este desierto, pero para ello hace falta una red de telecomunicaciones que está muy verde en el medio rural. No es un asunto que pueda dejarse únicamente en manos del sector privado. Por otra parte, de la misma manera que la pérdida de prestigio del medio rural tiene un origen gubernamental, las instituciones deben iniciar campañas que ayuden a recuperarlo.

    No faltan ciudadanos jóvenes que cambiarían la ciudad por el pueblo, porque no encuentran su felicidad en el asfalto, pero que finalmente no lo hacen. Hay que ir a las causas, que son principalmente laborales, pero no solo laborales. Por ejemplo, la creencia de que la escuela rural es inferior a la urbana puede suponer un freno para familias con niños que podrían mudarse, pero no lo harán si piensan que perjudican el futuro de sus hijos.

    Pero antes incluso que repoblar hay que empezar por asentar lo poco que queda y que sigue marchándose. No podemos seguir viendo las concesiones de clubes sociales o multiservicios por solo dos o tres años en un pueblo pequeño como una manera de asentar población, no son ni un parche. Las inversiones deben contribuir a crear verdaderos puestos de trabajo dignos y útiles, como los relacionados con el cuidado profesional de los mayores, la protección del medio ambiente o la vigilancia y seguridad.

    La despoblación es multicausal y posiblemente requiera del concurso de múltiples soluciones desde todos los frentes posibles. Cada municipio debe encontrar sus soluciones particulares, pero no deben actuar de forma individual, sino que esas apuestas propias deben integrarse en un marco de actuación mayor, nacional si fuera posible. El fracaso sistemático de -casi- todas las iniciativas individuales contribuye a crear la sensación de que que la despoblación no tiene remedio. Sí lo tiene y únicamente requiere de voluntad política.

  7. El artículo no menciona en ningún momento el libro “Los últimos. Voces de la Laponía española” de Paco Cerdá que recoge esta información ampliamente. Os lo recomiendo.

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