Saltarse las barreras

 

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Panorámica de la concentración celebrada frente a la Subdelegación del Gobierno para protestar contra el acuerdo UE-Turquía. // Foto: Twitter Álex Moreno Yagüe

Por Borja Montero

Alrededor de 300 personas se concentraron en la tarde de ayer frente a la Subdelegación del Gobierno en la capital para protestar contra el principio de acuerdo entre la Comisión Europea y Turquía para la gestión de la crisis migratoria que padece la zona este del Mediterráneo desde hace meses con motivo de la guerrra civil en Siria y la tumultuosa situación social y política en Irak. A pesar de que los partidos con representación en el Congreso de los Diputados ya han consensuado una respuesta conjunta de cara a las reuniones de primeros ministros y demás representantes comunitarios de los próximos días, la movilización ha contado con una participación reseñable, haciendo evidente su preferencia por que la posición de España sea contraria a la ratificación de los términos de este primer pacto y también para recordar a algunos de los que creyeron ver algo parecido a una solución en los postulados de este tratado que los que se hacinan en campos de concentración y embarcaciones sin ningún tipo de seguridad no dejan de ser personas como las concentradas en el Paseo de las Cruces, aunque con el tremendo peso de haber nacido en la orilla equivocada del mismo mar.

No hay que olvidar que España, y por extensión Guadalajara, son Europa, tanto como Bruselas o Estrasburgo. Y aunque los ciudadanos (españoles, y por extensión guadalajareños) estamos bastante acostumbrados a que en aquellas tierras se tomen, prácticamente a nuestras espaldas y sin que aparezcan en programa electoral alguno o se sometan a ningún tipo de refrendo ciudadano o institucional en los países miembros, decisiones que afectan a nuestras vidas de una forma mucho más intensa de lo que a veces pensamos, amén de otras que sirven para representarnos de cara al exterior, hay ocasiones en las que se cruzan barreras que van más allá de la sacrosanta economía, luminosa guía que suele dirigir casi todos los pasos de los entes europeos, y se penetra en el terreno de la dignidad de las personas y de las derechos humanos. Y eso es lo que ha ocurrido con la negociación de la Unión Europea con Turquía, cuyas líneas de negociación (y, sobre todo, sus términos cuantitativos y no cualitativos) no se hicieron públicos hasta después del encuentro el lunes de la semana pasada y que da por sentado que la actitud de todos los países y, por tanto, de sus habitantes es de insolidaridad y avaricia, de una cortedad de miras impresionante, tanto en lo humano como en lo geopolítico, y de una falta de sensibilidad rayana en lo macabro.

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Cartel anunciador de la protesta contra la deportación masiva de refugiados. // Foto: Amnistía Internacional

El problema del principio de acuerdo entre la Comisión Europea y Turquía es el enmascaramiento de una realidad, del objetivo subrepticio que se esconde tras este documento, borrador de intenciones, que será definitivo totalmente en las reuniones y cumbres de los próximos días. Lo que el Consejo Europeo pretende hacer a través de este acuerdo internacional es externalizar la solución de la crisis de los refugiados, dejar su gestión en manos ajenas, como un ayuntamiento que adjudica a una empresa un servicio público especialmente laborioso. De este modo, se aleja esta partida de su tablero a través de esta suerte de ‘subcontratación’, en la que se encomienda a otro país, fuera de las fronteras de la Unión, lo más complicado de esta situación: la identificación de los refugiados, la tramitación de las peticiones de asilo y su primera atención psicosanitaria y humanitaria. Y todo ello a cambio de dinero, como toda buena privatización, y algunas promesas de carácter geopolítico (para que no parezca que lo único que importa a las altas dignidades comunitarias son las cifras… y los euros).

Según el principio de acuerdo que se dio a conocer hace más de una semana, la Unión Europea no entiende de nombres, sino de números. Le da igual la historia o la situación vital o familiar, incluso política, de los Khaled, Mazen, Samer o Ahmad que llegan a las costas europeas. Todos son iguales. Solamente piensa en cambiar a los que llegan a sus fronteras por otros tantos ya convenientemente limpios e identificados. Tampoco es de extrañar cómo se ha abordado desde Europa esta crisis, ya que los términos cuantitativos son los únicos que parecen importar en los análisis que emanan de las instituciones europeas. Y es que, en otras decisiones menos delicadas en lo humano pero igualmente tomadas en contra de las personas y a favor de los números, tampoco se preocuparon mucho por las miserias de los Joao, Declan, Miguel o Efthimios cuando imponían los recortes y los planes de austeridad en los países intervenidos (cabe recordar que intervenidos para que los bancos, eminentemente alemanes, británicos, franceses y norteamericanos, no sufrieran pérdidas por los desmanes de la política económica común y de la ficticia igualdad de condiciones que debía proporcionar el euro, en ningún caso ‘rescatados’ en favor de sus habitantes).

La frontera de los ‘sin fronteras’. Uno de los elementos más atractivos de la Unión Europea era, precisamente, la eliminación de las fronteras, tanto burocráticas como económicas. El hecho de poder viajar a Lisboa, París o Roma sin necesidad de cambiar moneda o pasar aduanas y controles en la frontera, o de poder conseguir mostaza de Dijon, mantequilla de las Azores, cerveza de abadía o Lambrusco a unos precios asequibles al estar exentos de aranceles era la parte bonita de la historia. A cambio, los países europeos han tenido que renunciar a parte de soberanía, teniendo que aceptar medidas que, en muchas ocasiones, contravienen incluso legislación ya existente con anterioridad en los estados miembros, y siempre con el informe y un poco ininteligible objetivo del crecimiento, que para eso la UE se fundó como Comunidad Económica Europea, un carácter que nunca ha perdido.

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Imagen de la pancarta exhibida en la concentración por los organizadores de la misma. Foto: Twitter PSOE Guadalajara

Supongo que eso de las fronteras importa principalmente a los que atesoran algún tipo de riqueza, a los que tienen algo que proteger, a los que no quieren compartir. Y si en Europa convenía quitarlas para hacer más grande el mercado potencial de algunas empresas (principalmente financieras), en algún lugar del Mediterráneo había que trazar la línea para que “los de fuera” se quedaran al margen de nuestro edén particular. Y con esta misma lógica proteccionista, egoísta, inhumana, un planeta que produce alimentos suficientes para sobresaturar de triglicéridos las arterias de buena parte de la sociedad occidental y tirar toneladas de comida cada día tiene millones de personas muriéndose de hambre, mientras que países que no han tenido desarrollo técnico o industrial alguno (tampoco sindical, cabe recordar) pueden disponer de industrias de las marcas más reconocidas del mundo o, lo que es más grave, de armamento de última generación, que evidentemente ellos no pueden producir y probablemente no necesitarían de no ser por la sensación de miedo que traen consigo las fronteras.

Ciudadanos del mundo, cuando interese.Mientras tanto, cada uno en su casa y los que quieran entrar, que esperen en la puerta.

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