El problema no es la hora, sino el horario

Por Raquel Gamo

El sábado pasado los españoles tuvimos que adelantar una hora el reloj. Las 2 de la mañana pasaron a ser las 3, dando así entrada al horario de verano. Cambiar la hora es un ejercicio constante en España desde que en 1978, tras la promulgación de la Constitución, quedó establecido el sistema horario tal como lo conocemos en la actualidad. Entre 1949 y 1973 no se aplicó el cambio de hora en nuestro país. Y, ya antes, el dictador Franco modificó el huso español fijándolo en el GMT+1, como Alemania o Italia, cuando lo que en teoría nos debería corresponder sería el GMT, es decir, el británico o el que actualmente rige en las Canarias.

El cambio de hora y la racionalización de los horarios (especialmente, los laborales) son dos temas que normalmente van parejos, pero que en realidad atañen a cuestiones distintas. Lo segundo es bastante más importante que lo primero.

Reloj en la fachada del Ayuntamiento de Atienza. // Foto: panoramio.com

Reloj en la fachada del Ayuntamiento de Atienza. // Foto: panoramio.com

Los detractores del cambio de hora, básicamente, aducen falta de armonía con otros países o bien la aparición de desórdenes del sueño o entre los padres, que en verano se ven obligados a acostar a los niños en un horario en el que el sol aún campea a sus anchas. Las ventajas responden a una evidencia, más allá de las pequeñas molestias de los primeros días tras el cambio de hora: la necesidad de alargar las tardes para aumentar el disfrute vespertino. No es lo mismo salir de la oficina a las 19 o las 20 horas y disponer aún de casi dos horas de sol (en Galicia, aún más, por su ubicación geográfica) que estamparte con la noche casi cerrada. Tampoco es lo mismo, claro, levantarse a las 7 de la mañana y llevar a los niños a la guardería o al cole de día que hacerlo con las farolas de las calles aún encendidas.

El efecto del horario de verano provoca que el sol amanezca más tarde, pero también se acueste más tarde. El alargamiento de las tardes tiene una consecuencia empírica y económica: favorece el consumo (tiendas, bares, terrazas, etc.), una razón de índole económica que no es nada trivial en un país de servicios y turismo como el nuestro. El argumento que sí tiene menos peso es el del ahorro energético, algo corroborado por la mayoría de especialistas en la materia. Este ahorro, hoy en día, resulta escaso, por no decir insignificante: apenas un 0,03%, dado que la luz solar no es el factor dominante en el consumo de energía.

El astrónomo Rafael Bachiller, vinculado a Guadalajara y director del Observatorio Astronómico Nacional (Instituto Geográfico Nacional), asegura que el horario que correspondería a España sería el de Reino Unido. Pero, dado que en el horario de invierno ya llevamos una hora de adelanto, cabe tener en cuenta que en verano en realidad este adelanto se traduce en dos horas. Esto quiere decir que, desde el punto de vista solar, en verano a las 22 horas es como si fueran las 20 horas. De ahí los contrastes durante el estío porque mientras en Murcia, a las 21,30 horas, en verano ya casi es de noche, en La Coruña el sol no se pone hasta casi las 23 horas.

La unificación horaria –ha explicado Bachiller en varios artículos en El Mundo y en otras publicaciones- no arrancó hasta el siglo XIX. Washington acogió en 1884 un congreso mundial en el que se dio el primer paso serio para unificar horarios, fruto de la estandarización de los horarios para los trenes. Aquí, en España, durante la Guerra Civil llegaron a darse dos husos horarios en los dos bandos enfrentados, teniendo en cuenta que el cambio de hora se producía en días diferentes. Qué país…

Podemos discutir sobre las bondades o no del cambio de hora, pero lo cierto es que un gustazo llegar a estas fechas y poder disfrutar más de las tardes, que es donde se concentra el grueso del ocio y el esparcimiento personal. Sin embargo, cuestión distinta es la racionalización de horarios. Y ese sí debería ser el nudo de la discusión en un país con unos hábitos laborales más propios del siglo XIX que del XXI.

El propio Bachiller, que fue miembro de la Comisión Nacional para la Racionalización de Horarios, ha señalado en más de una ocasión la conveniencia de modificar los horarios educativos (evitando las clases maratonianas) o en la televisión (por ejemplo, adelantando el prime time). Por no hablar de la necesidad de evitar las jornadas partidas y el alargamiento del tiempo dedicado al almuerzo en los horarios laborales. ¿Para qué necesita alguien que trabaja en una oficina de dos horas para comer? Calentar la silla hasta las nueve de la noche en la oficina no aumenta la productividad. Trabajar más horas no significa trabajar mejor. Al contrario, suele ser sinónimo de peor rendimiento.

Un ejemplo recurrente es el de los alemanes, cuya productividad es mayor que la de los españoles pese a la concentración de su jornada laboral. No es ninguna rareza. La clave está en que trabajan menos que nosotros, pero rinden más. Es decir, su trabajo vale más que el nuestro. Un informe de la OCDE publicado en 2013 revela que los españoles trabajamos ese año una media de 1.665 horas al año, lo que se traduce en 280 horas más que los alemanes. Una cifra que no ha hecho sino crecer desde que irrumpió la crisis y las empresas decidieron extender las jornadas de trabajo para adaptar la producción a la caída de la demanda.

Por el contrario, la generalización de la jornada de trabajo continuada -en los sectores donde fuera posible- aumentaría la productividad del trabajador y redundaría en una mejor calidad de vida. Ignacio Buqueras, presidente de la Comisión Nacional para la Racionalización de Horarios, aboga por adaptar el modelo europeo de la jornada laboral y considera necesario volver al horario del sol: “Somos el único país con este tipo de horarios. Perder media hora de trabajo para salir a desayunar es tercermundista. Defendemos una jornada continuada de las siete y media o nueve de la mañana hasta las cinco o seis de la tarde y flexible con una hora, como mucho, para el almuerzo”.

La racionalización de los horarios tendría que concentrar el debate público alrededor de este reto, y no tanto lo latoso o no que supone adelantar o retrasar la hora. Racionalizar los horarios ayudaría a reducir la desigualdad. También a la conciliación de la vida laboral y familiar. No se trata pues, de trabajar más horas, sino de mejorar el rendimiento de las mismas.

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