Un hombre de honor

Pleno del Ayuntamiento de la capital, el pasado viernes. // Foto: Guadaqué

Pleno del Ayuntamiento de la capital, el pasado viernes. // Foto: Guadaqué

Por Concha Balenzategui

Antonio Román, el alcalde de Guadalajara, se despachó a gusto en rueda de prensa hablando de sueldos y de concejales, dos días antes del Pleno que previsiblemente iba a debatir el espinoso asunto de las liberaciones de ediles. Aunque el punto fue retirado del Orden del Día, sin más explicación, las palabras de Román, reproducidas por escrito, audio y vídeo en los medios, mantienen su vigencia por el gramaje de cada frase, la intensidad, y el tono. Les recomiendo escucharlo y leerlo, si no lo han hecho ya. 

El alcalde de Guadalajara ha demostrado una vez más que tiene la piel muy sensible a las críticas que se refieren a sus emolumentos, no hay más que verlo. Le duele sobremanera que se dude de lo que trabaja y que se cuestione lo que gana. A Román le hacen bastante pupa esas acusaciones que ha recibido, y de forma constante, a lo largo de sus mandatos.

Primero fue la repetida acusación de que cobraba cuatro o cinco sueldos, que no era exactamente así, pero la cantidad que sumaba su declaración de la renta era suficiente para impresionar a cualquier mileurista. Después le reprochaban que entre el trabajo de diputado y su consulta privada, no tenía tiempo para ser alcalde, acusación que le llevó hasta una aparición “estelar” en La Sexta. Más adelante se corrió el rumor de que, si se presentaba a la reelección, dejaría el bastón de mando al poco tiempo en manos de su delfín, Jaime Carnicero; algo que tuvo que negar por activa y por pasiva en campaña. También, en fechas más recientes, le afearon que no presentara su declaración de bienes en el Ayuntamiento. Y la última es que, como ahora trabaja por las mañanas en el Hospital, no se ocupa de la ciudad, que es la nueva letra de la música que entona, día sí y día no, la oposición.

Así que Román, en un tono seco que no disimulaba su malestar, tuvo que salir a explicar lo que trabaja y lo que cobra, o más bien lo que no cobra, pues dice que apenas tres meses ha percibido de las arcas municipales en todo este tiempo, porque siempre han sido otras instancias las que han pagado sus nóminas. Aseveró rotundo: “La ciudad está y va a seguir estando bien gobernada por mí y mi equipo”, pero no aclaró si mantendrá durante mucho tiempo esta situación de alcalde-doctor o de doctor-alcalde, que tanto saca de quicio a la oposición.

Me cuentan que en la rueda de prensa se produjo alguna respuesta áspera y un intercambio bastante agrio con uno de los periodistas, que insistía en que contestara por qué no se debatía en el Pleno su sueldo. Y Román respondió que aún no ha adoptado una decisión. Consideraba el veterano plumilla que faltaban respuestas, a pesar de las repreguntas.

Pero también dedicó sus lances a sus rivales, con críticas e insinuaciones tan o más duras como las que a él le duelen: “Ahora y el PSOE vienen a la política a ganar dinero”; “la oposición quiere que todos los concejales tengan un sueldo” y “a la política no se viene porque uno esté en el paro y eso es lo que, tristemente, esas fuerzas de izquierda están demostrando en este momento”, fueron algunas de sus puyas más destacadas.

Como en el teatro español de nuestro Siglo de Oro, el alcalde se muestra dispuesto a desenvainar la espada ante la menor alusión a su honor. Y no duda en usar los mismos argumentos contra quienes ponen en duda su honra, en desenmascarar a esos desgarramantas sin oficio ni beneficio, que solo se mueven en busca de unas monedas, lo que se justifica en su baja condición económica y probablemente moral. Frente a ellos, el caballero virtuoso, el hombre trabajador, que madruga y cierra persiana del Ayuntamiento. El de conducta intachable, capaz de desarrollar dos, tres o más trabajos a la vez, quién sabe si por su hidalga cuna, o por su superlativa capacidad.

Ya se sabe que las comedias del Siglo de Oro, en las que los hidalgos se dedican a salvaguardar su hacienda y su honor, a los siervos solo les reservan papeles de lacayos fieles o de pícaros. Y estos de Ahora Guadalajara y del PSOE, estos destripaterrones de la izquierda, parecen abocados a lo segundo. A irse de cañas y a “faltar a las procesiones”. O a visitar barrios, lo que al alcalde le parece motivo de mofa, quizá porque no van como él, envuelto en campañas, rodeado de concejales, policías-guardaespaldas y periodistas. Y nadie podrá decir que Román no ha pisado el barro, porque sobre el mismo lodazal anunciaba que acabará con los charcos que rodean el Centro de Salud de los Manantiales.

El alcalde anuncia el arreglo de la parcela junto al centro de salud de Los Manantiales.

El alcalde anuncia el arreglo de la parcela junto al centro de salud de Los Manantiales.

Que me perdonen Lope y Calderón, pero escuchando la comparecencia me pareció estar ante un sainete de capa y espada. Porque la estampa de Román pasando lista a los que van a la procesión, como si una función religiosa fuera tarea de concejal, me retrotrae a lances de cristianos viejos. Me preocupa el mensaje que subyace y su visión de la sociedad de Guadalajara. Porque el verso de Román, dirigido especialmente a los suyos, podrá ser efectivo en los hidalgos, pero solo en ellos. Y ya están en minoría.

El problema es que Guadalajara no es un escenario de corrala. Y que en siglo XXI los gobernantes no van bajo palio a las procesiones, ni tienen validos que resuelvan sus gobiernos. En la democracia actual, alcaldes y concejales publican sus méritos y sus ganancias (algunos, incluso sus agendas) en portales de transparencia de internet y deben contestar a la prensa.

Han cambiado los tiempos, pero a veces, escuchando al alcalde, pareciera que quisiera someter a estos infieles al juicio de su espada. Ha empezado la cruzada.

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