Árboles de película

Olmo de la ermita, en Lebrancón. // Foto: Micorriza

Olmo de la ermita, en Lebrancón. // Foto: Micorriza

Por Concha Balenzategui

La película El Olivo, de Icíar Bollaín, estrenada el pasado fin de semana, ha hecho una llamada de atención a nivel nacional sobre el valor de los majestuosos árboles que nos han acompañado durante siglos. El largometraje, lo habrán oído ustedes, cuenta la aventura un tanto quijotesca de una joven para recuperar un árbol bimilenario vendido por su familia, y a cuya ausencia atribuye el abatimiento del abuelo. No es un largometraje tan rotundo como otros de esta directora, que rodó en nuestra Sierra Norte Flores de otro mundo, pero cuenta con buena fotografía, interpretaciones destacables y una fantástica música. La trama probablemente peca de ingenuidad y buenrrollismo, pero contiene reflexiones interesantes sobre la crisis económica, la relación con la naturaleza, la familia o la transmisión del legado entre generaciones. Yo que ustedes la vería.

Uno de los efectos más beneficiosos de la promoción de esta cinta, como digo, es que se han vuelto a poner los focos en algunas iniciativas encaminadas a difundir y salvaguardar los árboles más destacados en la península. En Guadalajara tenemos de lo uno y de lo otro: ejemplares monumentales y proyectos que los divulgan, aunque no todo el monte es sabina, como veremos. Es la nuestra una provincia rica en masas forestales, por ejemplo, con un hayedo de considerables proporciones que es el más meridional de la península, y que además del valor conjunto, incluye algunas hayas particularmente reseñables.

No es difícil encontrarse aquí con tesoros de estas características, majestuosos árboles que han tenido su importancia en la comunidad donde se erigen, por su papel social y por haber acompañado a los habitantes de esta tierra durante más de un siglo con su presencia constante. Me llaman la atención esos árboles de nombre propio, como el Nogal del tío Tomate, de Poveda de la Sierra, o el Roble del tío Blas, en Archilla. Detrás de ellos podemos imaginarnos a personajes como el “yayo” de la película de Bollaín, para quienes estos troncos debieron tener un significado sentimental muy especial, mucho más que el de un trozo de paisaje. Pero hay muchos más: gigantescos pinos, majestuosos robles o frondosas hayas, que llevan aquí mucho tiempo más que nuestros abuelos. Basta con acercarse a Arangoncillo y admirar su bosque petrificado, un conjunto fosilizado de tocones de coníferas de hace 280 millones de años, para reflexionar sobre la presencia eterna de los árboles, no siempre valorada en su justa medida.

Fotograma de la película El Olivo.

Fotograma de la película El Olivo.

Una de las iniciativas más recientes en este sentido es la Guía de árboles y arboledas de la comarca de Molina de Aragón y Alto Tajo, que la asociación Micorriza editó en el año 2014, con el apoyo de entidades como el Museo de Molina y su asociación de amigos, la Diputación de Guadalajara y el Geoparque. El libro es el resultado de un proyecto de catalogación de especies con un exhaustivo trabajo de campo para recoger estos ejemplares monumentales y su estado de conservación, reseñando no solo las características botánicas y científicas, sino también la historia relacionada con la población, lo que su presencia suponía en el lugar donde está enclavado. Recoge específicamente 27 árboles de singulares características, 2 arboledas, 2 dehesas, 1 valle -el de los Milagros, en Riba de Saelices- y describe economías y oficios relacionados con el bosque, como los gancheros, la trufa o la resina.

Años antes, a principios del milenio, se promocionó mucho el proyecto Leyendas Vivas, capitaneado por Susana Domínguez, que recogía árboles singulares de todo el país, y que dio lugar también a ediciones en papel, intervenciones en la radio y exposiciones en diferentes puntos de España, entre ellos en la provincia de Guadalajara, donde se encontraban algunos de estos ejemplares legendarios. La Olma de Pareja y el Pino de las Siete Garras de Orea -en el paraje “Fuente de la Jícara”- fueron destacados en una exposición en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid.

Precisamente la Olma de Pareja merece una mención expresa, como uno de los casos más destacables en nuestra provincia de atención de un Ayuntamiento hacia su árbol, por los cuidados que le otorgó a través de los expertos e instituciones especializadas, y la promoción de su declaración como Bien de Interés Cultural. A su sombra, el Consistorio creo un evento de carácter científico y divulgativo sobre los olmos y la grafiosis, que además constituía un elemento dinamizador de la zona en forma de jornadas. No obstante, ni los desvelos ni la fama lograron salvar este portentoso olmo de dimensiones extraordinarias, que había sobrevivido muchos años más que sus hermanos a la grafiosis.

Guía de Árboles y Arboledas Singulares de la Comarca de Molina de Aragón y Alto Tajo.

Guía de Árboles y Arboledas Singulares de la Comarca de Molina de Aragón y Alto Tajo.

Gracias a iniciativas como las mencionadas, sabemos que Guadalajara cuenta con algunos representantes monumentales, que en Olmeda de Cobeta hay hasta cinco menciones de estas joyas vegetales, o que se pueden admirar ejemplares como el Chozón Sabinero de Escalera, la Acacia de la Plaza de San Pedro de Molina, la Carrasca de Rullo de El Pedregal, el Quejigo de la Cara de Torremocha del Pinar; el Roble de la Ermita de Olmeda de Cobeta y la Secuoya de Maranchón, especie que tiene su origen en California y Oregón. Otros árboles destacan por su porte y dimensiones: un pino negral de Checa de más de 28 metros de altura, una carrasca en La Laguna con 7’3 metros de perímetro de tronco, olmos de 5 metros de altura en Amayas, y una sabina albar de 19 metros de alto en Lebrancón. Hay muchos más, cuya vista es impresionante: el Pino de las Cuatro Garras, en Poveda de la Sierra; el Abedul de Montesclaros, en el Cardoso de la Sierra; la llamada Encina de los Chicos (que en realidad es un roble) en Cogollor; la Encina -esta sí- de Algar de Mesa; el Nogal de Irueste; el Olivo del Vallés, en Puebla del Vallés; la Encina de Atanzón; el Quejigo de Berninches; o el Rebollo de Campillo de Ranas.

La lista es interminable, y a pesar de que la divulgación casi siempre viene por proyectos como los que comento, hay que decir que existe también un registro oficial, desgraciadamente poco conocido. Se trata del “Inventario de Árboles y Ejemplares Sigulares de Castilla-La Mancha”, un catálogo abierto por la Consejería de Agricultura y Medio Ambiente, que debe reseñar “aquellos ejemplares particularizados o agrupados en pequeños rodales de cualquier especie vegetal, autóctona o alóctona, considerados excepcionales por su belleza, rareza, porte, longevidad, interés cultural, histórico o científico, o cualquier otra circunstancia que lo justifique”, según reza el artículo 35 de la Ley 3/2008, de 12 de junio, de Montes y Gestión Forestal Sostenible de Castilla-La Mancha.

Por desgracia, no siempre la letra legal cumple con su cometido. Mientras en otras comunidades autónomas se publican constantemente resoluciones en las que se actualiza el Inventario, incluyendo los árboles que se consideran interesantes y eliminando los ejemplares que han fallecido, no ocurre así en nuestra comunidad. El registro está vivo en cuanto a incorporaciones y seguimiento del estado de sus miembros, con más ahínco en unas provincias que en otras. Pero permanece en la sombra. En una época de portales de transparencia y de redes de información sin límites, es difícil encontrar el rastro de este inventario, por lo que es evidente que no cumple con su función de divulgar la existencia de estos ejemplares, la mayor parte de carácter privado.

Una de las actividades de divulgación de la asociación Micorriza.

Una de las actividades de divulgación de la asociación Micorriza. // Foto: Micorriza

El conocimiento -o la puesta en valor, como les gusta decir a los políticos- sería una medida imprescindible para protegerlos y para potenciar su respeto, amén de un gancho más para visitar el medio rural. Seguramente aquí no estamos ante un riesgo especulativo como el que ha llevado a la pérdida de cientos de olivos milenarios en la costa mediterránea que retrata la película de Bollaín. Pero la falta de apego comienza cuando se minusvaloran y se ignoran nuestras raíces, también las vegetales.

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