1991

2016.05.15 JM Sanz Malo

José María Sanz Malo, agricultor // Foto: JMSM

Por José María Sanz Malo*.

“La agricultura es la profesión propia del sabio, la más adecuada al sencillo y la ocupación más digna para todo hombre libre” (Marco Tulio Cicerón)

En la vida hay circunstancias que determinan en parte o en todo el camino a seguir. Unas tan sólo nos desvían haciéndonos dar un pequeño rodeo y otras nos empujan hacia un nuevo sendero obligándonos a caminar sin posible vuelta atrás. En el año 1991 se dieron en la mía cuatro circunstancias transcendentales que cambiaron su curso de una forma definitiva. En marzo nació mi hija, en abril empecé a considerar la posibilidad de coger las riendas de la hacienda del padre de mi mujer que se jubilaba en febrero del año siguiente, en junio murió mi madre mientras yo estaba en La Coruña por motivos de trabajo y en septiembre tomé definitivamente la decisión de trabajar en el campo.

Sabía más bien poco de agricultura; mi padre había sido herrero, como el suyo, trabajó en la fragua hasta que, cuando un tío mío se fue a trabajar a la SEAT en Barcelona a finales de los años 70, se hizo cargo de una pequeña explotación agrícola. A principios de esta década yo ingresé interno en el seminario diocesano de Guadalajara y no dejaría el internado, incluyendo el servicio militar, hasta 1984 que me diplomé como maestro.

Mi pobre experiencia como agricultor se reducía a llevar alguna vez el tractor realizando tareas sencillas como binar o trillar con un David Brown de 50 cv, cuando esta faena daba sus últimos coletazos con la llegada de las máquinas trilladoras primero y cosechadoras después.

Se puede decir que llegué a la agricultura con “un PAC” debajo del brazo, pues al año siguiente se produjo la reforma agrícola europea con la aplicación de la Política Agraria Común (PAC) que nos obligaba a los agricultores a hacer una declaración de cultivos detallando el uso agrícola o ganadero que se le daba a la tierra, para concedernos una ayuda económica por hectárea o cabeza de ganado, como compensación a una supuesta pérdida de renta, según decían entonces, por la bajada de los precios al unificarse estos en todos los países de la Unión Europea. Recuerdo que esperando en una oficina agraria para entregar la primera declaración de cultivos, la primera PAC, coincidí con un agricultor que debía estar a punto de jubilarse, que había ido por segunda o tercera vez a rellenar los impresos. Salió de la oficina con evidente disgusto, pues al parecer tenía que volver otra vez, diciendo: “La madre que me parió, prefiero estar dos días escantando –quitando piedras de las parcelas- que una mañana haciendo papeles, pues hecha la faena ni las piedras ni yo volvemos al tajo, pero aquí vengo con los papeles y me vuelvo a ir con ellos, sin estar seguro de que cada vez que vengo sea la última.”

La concesión de estas ayudas ha propiciado que muchos nos vean como cazasubvenciones, influyendo peyorativamente en la idea que siempre se ha tenido del labrador, de hombre sacrificado que trabaja de sol a sol, sin más días de descanso que los domingos y fiestas de guardar. Nada es del todo verdad y nada es del todo mentira. Entre los años setenta y noventa es cuando se produce la gran transformación del campo condicionada por tres grandes factores: la migración a las ciudades por el desarrollo industrial, la concentración parcelaria y la modernización de la maquinaria agrícola con la incorporación de los tractores y la diversidad de aperos para según qué faena. De alguna forma había que aprender a hacer de nuevo el oficio que se había hecho toda la vida, pero como en la agricultura “nunca se acaba de aprender”, esto no fue ningún problema.

* Cuando la productividad se hizo palpable y la rentabilidad notoria, se abandonó otra actividad que, no solo se había compaginado siempre con la agricultura, sino que también había estado mucho más considerada, por lo necesaria y provechosa que resultaba: la ganadería. Era el último eslabón, el producto final. El animal se vendía para obtener dinero, o servía de alimento a toda la familia.

Como consecuencia de todo esto, y más con la incorporación de las ayudas de la PAC, cambió el concepto y con él la imagen que siempre se tuvo del hombre del campo. El labrador, el hombre rudo entregado a la tierra, al trabajo duro y a soportar las inclemencias del tiempo (granizo, hielo o sequía), sin más seguro que encomendarse a Dios. El hombre que para todas las faenas del campo tenía como referencia la luna y el santoral, desapareció definitivamente transformándose en un “agricultor a título principal” (Atp), y esta nomenclatura va asociada para muchos a la buena vida, a las subvenciones, a trabajar poco y sin esfuerzo y a la comodidad que nos proporcionan tractores y maquinarias.

La paulatina pero inexorable incorporación de la agricultura de precisión, a través del GPS, permite realizar los trabajos de un modo mucho más eficiente con la dosificación de nutrientes según la calidad de la tierra, el control de malas hierbas localizando los focos de proliferación; permitiendo de este modo gestionar el gasto y el consumo al milímetro.  Nada ha cambiado más en menos tiempo, teniendo en cuenta que desde que el hombre dio el paso de nómada a sedentario, esta actividad se ha realizado con medios y trabajos parecidos, salvo alguna discreta incorporación como el carro y el arado romano, hasta principios del siglo XX.

Sí, han cambiado los tiempos. Hoy, casi veintiséis años después, me doy cuenta que mi vida también ha cambiado. Creo que ninguna otra actividad profesional, ni siquiera el magisterio me habría hecho más feliz y me atrevería a decir mejor persona. El contacto con la naturaleza, aunque a veces sea desde un tractor o cosechadora, ayuda a valorar las cosas de una forma distinta. El campo es un lienzo que cambia cada día y al que nosotros damos nuestra pequeña pincelada procurando no estropear la gran obra de la naturaleza, sustentada en los cuatro elementos: sol, agua, aire y tierra.

Es verdad que en esa transformación del campo los agricultores tenemos que empezar a cuestionarnos si no estaremos alterando el equilibrio de la naturaleza y la interacción entre el mundo animal y el vegetal. Va siendo hora de que empecemos a aplicar la sabiduría de antaño sin renunciar a la rentabilidad, teniendo en cuenta que los beneficios en la vida no se obtienen solo con dinero.

*José María Sanz Malo es agricultor.

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