¿Es inseguro el medio rural de Guadalajara?

Por Raquel Gamo

Inseguro, no. Pero vulnerable, tal vez.

El problema de la inseguridad en los pueblos de Guadalajara rebrota de forma recurrente cada vez que salta a los medios nacionales algún robo especialmente pintoresco. Así ocurrió hace pocas semanas con la publicación de varios reportajes que llamaban la atención sobre el desvalijamiento de la práctica totalidad de las casas de Abánades, después de que una banda organizada campara a sus anchas durante más de cuatro horas. No era la primera vez que los ladrones frecuentaban esta zona. Antes habían visitado Renales, Sacecorbo, Canredondo, Laranueva, La Torresaviñán y Canales, localidad ésta última donde se ha registrado otro robo en los últimos días.

Una de las casas desvelijadas recientemente en Abánades. // Foto: Eduardo Torico

Una de las casas desvelijadas recientemente en Abánades. // Foto: Eduardo Torrico, ElConfidencial.com

El asunto, por tanto, no es nuevo y se extiende a lo largo de toda la geografía rural de la provincia. Desde la Sierra hasta la Tierra de Molina pasando por las Alcarrias, los robos en las casas desocupadas de los pueblos pequeños se han convertido en habituales en los últimos años. La mayoría son hurtos con botines modestos, pero los ladrones se fijan especialmente en las segundas residencias y casas deshabitadas, además de las naves e instalaciones agrícolas.

Entre 2010 y 2014, los robos en el campo de Guadalajara se dispararon por encima del 90%, según datos revelados por el Grupo Socialista en el Congreso remitiéndose a la Guardia Civil. Es cierto que Guadalajara no es una excepción en esta tendencia -en Soria ocho de cada diez robos en viviendas se produce en el medio rural-, pero el dato que hace referencia al medio agrario en nuestra provincia resulta brutal. Y, de confirmarse con los registros del último año, debería remover los cimientos de la política de seguridad en la provincia.

Los datos facilitados este año por la Delegación del Gobierno de Castilla La Mancha son provinciales, por lo que no se puede obtener una conclusión específica sobre el impacto de la inseguridad en el medio rural. Cuando decimos inseguridad nos referimos, esencialmente, a robos sin violencia, dado que otros sucesos truculentos como el de Hiendelaencina del pasado año son marginales.

Según el balance de Criminalidad del Ministerio del Interior, este tipo de robos aumentaron un 22,6% en Guadalajara en el primer trimestre entre 2015 y 2016. Es otro indicador preocupante, si bien desde la APAG se mostraron el año pasado satisfechos tan solo con la reforma del Código Penal, que endureció las penas por robos en el campo. Pero quizá sirve de poco hacer más severo el castigo si las fuerzas de seguridad tienen cada vez menos recursos para hacer su trabajo.

Erradicar la inseguridad es una utopía, pero sí se puede paliar. Hay varias medidas de cajón que ayudarían a aliviar la situación.

La primera reside en aumentar la dotación de las fuerzas de seguridad. El desmantelamiento de los puestos de la Guardia Civil en pueblos con pocos habitantes –como Condemios de Arriba– o el horario limitado de algunos acuartelamientos –como el de Molina, que sólo abre por la mañana- son factores que contribuyen a aumentar la desprotección.

En la provincia prestan servicio alrededor de 800 guardias civiles. Pero, entre 2011 y 2013, se han reducido en 47 los efectivos de la Benemérita en la provincia, según consta en la información facilitada por Interior al PSOE en la pasada legislatura. Así, no es extraño que en la reciente reunión de alcaldes socialistas en Alcolea hubiera unanimidad a la hora de exigir que se cubran todas las plantillas, hecho que ahora no ocurre. Añadan a ello la dispersión demográfica de nuestro medio rural.

Cuartel de la Guardia Civil en Checa. // Foto: Mispueblos.es

Cuartel de la Guardia Civil en Checa. // Foto: Mispueblos.es

“Los teléfonos móviles han ayudado a mejorar la sensación de seguridad”, tanto es así que algunos vecinos de la sierra me cuentan que se comunican entre ellos por Whatsapp para alertarse ante “posibles sospechosos”. Eso sí allá donde haya buena cobertura. “Pero no hay guardias civiles rurales, no hay tantos como antes. Además, llamas para pedir ayuda y te responden desde la centralita de Guadalajara capital porque en la zona ya quedan pocos efectivos. Y si vienen, tienen que recorrer 70 kilómetros, desde Maranchón o Checa”, subraya Ángel Luis López Sanz, miembro de la plataforma La Otra Guadalajara.

En la Sierra de Pela ocurre otro tanto. Ante cualquier incidente o denuncia, los vecinos tienen que esperar a que los agentes se desplacen desde Atienza (más de 30 kilómetros) o Cogolludo (más de 50 kilómetros). No se puede poner un policía o un guardia civil en cada esquina, ni siquiera en cada aldea. Sin embargo, sí se puede reforzar su presencia para disuadir la acción de los delincuentes. Fidel Paredes, presidente de la Asociación Serranía, sostiene que “no hay una inseguridad extrema, ocurren casos aislados de robos, pero es verdad que no hay guardias suficientes”.

La segunda medida, que también corresponde a las administraciones públicas, sería mejorar el dispositivo de las fuerzas de seguridad. Y no sólo redoblando las unidades, como decía en el punto interior, sino coordinando sus efectivos. No puede ser a estas alturas que la Guardia Civil o la Policía manejen bases de datos diferentes para un mismo territorio. No puede ser tampoco que los cuarteles no estén adaptados a los nuevos tiempos, tal como denunció a El Confidencial la Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC).

La tercera medida razonable que podría adoptarse es que los municipios, por ejemplo a través de los ayuntamientos o las mancomunidades, instaran a las compañías eléctricas Iberdrola y Unión Fenosa a modificar el sistema lumínico de los contadores. Las empresas llaman “inteligentes” a los nuevos contadores instalados en la mayoría del territorio provincial, pero lo cierto es que se convierten en unos auténticos chivatos para los cacos dado que revelan con un piloto verde o rojo si la casa está habitada o no.

Y la cuarta medida, de carácter preventivo, consistiría en extremar la prudencia. La mayoría de los que somos de pueblo o estamos muy vinculados a ellos, y también de los que viven de continuo, estamos influidos por una cultura tradicional que exalta la bondad rural frente a la perfidia urbana. Esto no es así desde hace mucho tiempo. Al menos, desde que los pueblos se convirtieron en un escaparate turístico y de ocio. Conviene no dejar las puertas abiertas de par en par, ni tampoco almacenar cosas de valor en viviendas que se utilizan como segundas residencias.

Con esto no quiero responsabilizar a los vecinos de los robos que sufren. Faltaría más. Simplemente constato que el perfil social de los pueblos ha cambiado notablemente en las últimas décadas. Y, por tanto, conviene modificar hábitos heredados de antaño.

La inseguridad es consecuencia de la despoblación. Y, paradójicamente, es la inseguridad uno de los motivos que hace que la gente no vaya a vivir al medio rural. Es una pescadilla que se muerde la cola. No hay que ser alarmista. El campo de Guadalajara no es el Bronx, ni un distrito de Caracas, ni tampoco un suburbio napolitano. Pero tampoco se trata de hacer la vista gorda ante la constante merma de los recursos en materia de seguridad. Ya que el Gobierno del PP ha sido incapaz de frenar esta deriva en los últimos años, urge que el Ejecutivo que salga de las urnas el 26 de junio sea sensible a esta reivindicación.

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