El valor del “maestro liendres”

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Por Concha Balenzategui

Todavía me acuerdo de un compañero de pupitre, en esa mole de hormigón que es la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, que dijo que un periodista era una suerte de “maestro liendres, que de todo sabes y de nada entiendes”. Estábamos debatiendo sobre el plan de estudios de nuestra carrera, y aquel dicho definía perfectamente la sensación de que las asignaturas generales como Historia, Literatura, Economía o Ciencias Sociales acaparaban demasiado peso en el programa, frente a las que realmente nos convertirían en informadores, como Redacción Periodística, Opinión Pública o Tecnología de la Información. Y sobre todo, frente a la especialización periodística, que era lo que más nos interesaba. Después de aquello, que a priori parecía cursar COU varias veces, cada año con un poco más de profundidad, estoy convencida de que los periodistas de mi generación han echado en muchas ocasiones en falta algo más de preparación en alguno de los asuntos profesionales. Pero también creo que al menos otras tantas veces han agradecido esa “culturilla de Trivial” adquirida en aquellas clases.

Lo cierto es que en aquella época, además de estos enfoques, incluso por encima de ellos, nos importaba el título y lo que representaba. Para algunos de los que conseguimos superar los entonces cinco años de estudios era vital hacer valer nuestra certificación académica. Aunque a veces pudiera parecer un ataque hacia los no licenciados, lo que entonces nos movía era una defensa. En aquellas redacciones de los años 90 no era extraño que el administrativo tuviera contrato y el periodista no, pues nuestra condición se prestaba perfectamente a la trampa de disfrazar de “colaboradores” a todos los que escribíamos, porque para algunos aquella tarea era una afición y un ingreso complementario, y para nosotros pretendiera ser un medio de vida. El intrusismo, la tercera vía, la falta de un colegio profesional y hasta la Constitución, con su artículo 20, nos negaban un reconocimiento profesional que otros universitarios sí alcanzaban por el solo hecho de serlo.

Atenuados algunos de estos males, han aparecido otros que han azotado duramente nuestra profesión. La crisis económica general, y la del modelo de negocio informativo en particular, han cambiado de golpe nuestra percepción, probablemente sin habernos sacudido de todos los efectos de la “titulitis”. Hace unos años, las aspiraciones de los redactores estaban en moverse entre la prensa escrita, la radio o la televisión; saltar a un medio más potente con mejores condiciones laborales; o aspirar a un gabinete de prensa donde intuíamos que la vida era más tranquila y el sueldo más alto. Todo, sin dejar de ejercer como informadores.

Pero ya no. Ahora no se trata de colmar nuestras ambiciones, de satisfacer la legítima mejora profesional. Ahora se trata de encontrar una salida laboral, de buscarnos los garbanzos. El mercado nos repite continuamente que ese título de licenciado no cuenta. No se valora ni en la Oficina de Empleo, ni en los portales de ofertas de trabajo, ni en ese listado interactivo de parados que viene a ser Linkedin. Cientos de periodistas sin empleo frente a contadas ofertas que además te piden ser bilingüe alemán, minusválido, especialista en economías asiáticas, con diez años de experiencia en una herramienta informática que se creó hace siete… Más alto, con los ojos más azules, y a ser posible, con diez años menos. Por ese camino, al menos para la mayoría, no hay salida. Otros han intentado con ahínco crear sus propias empresas, sus “micromedios”, animados por la fiebre del emprendimiento. Algunos se desengañaron al cabo del tiempo, tras darse de bruces con la ecuación perversa: Muchas horas y desvelos para sacar cuatro euros y que Hacienda se lleve tres. Otros han dado con la tecla y continúan campeando el temporal.

Para el resto, llegó el cambio de chip. Es el momento de reciclarnos, nos han dicho. De reconvertirnos. Y ahí llega la espinosa cuestión: ¿En qué se “reconvierte” un periodista? En definitiva, ¿para qué servimos los periodistas, si no hay periódicos?

Buscando una respuesta, como andamos casi todos en estos años, dejamos aparcado ese papel mojado que logramos en la Facultad para regresar al concepto del “maestro liendres”. A reconocer que de nada entendemos, pero también a valorar que de todo sabemos. Porque la cura de humildad ya la hemos padecido en el envío de currículos sin respuesta y en la entrevista de trabajo baldía, cuando la hubo. Ahora debemos ejercitar nuestra autoestima. El “de nada entiendes” lo conocemos muy bien. Nos hemos visto obligados a mejorar nuestra formación: idiomas, imagen y sonido, diseño gráfico y multimedia, o “community management”, cuando no un máster en formación de profesorado. Pero quizá no hemos ahondado lo suficiente en el “de todo sabes”. Que también lo tenemos, oiga.

He comprobado que el mundo laboral está lleno de profesionales de una cosa, que terminaron haciendo otra muy diferente. Pensemos en los licenciados en Derecho o los informáticos, que parecen, a priori, conocimientos más versátiles. Pero hay muchos más. Conozco a una matemática que programa Java, a una licenciada en Físicas que ejerce como alta directiva de marketing en una multinacional del automóvil, y a un arquitecto que es consultor de recursos humanos. Entre mis actuales compañeros, en una empresa de formación, hay un ingeniero que es director ejecutivo (CEO si lo prefieren), en un cargo que antes ocupaba un arqueólogo. También hay una aparejadora como gerente de la oficina de proyectos. Y entre las asesoras pedagógicas tenemos a una economista, una psicóloga, una licenciada en Empresariales y a una historiadora, esta última, por cierto, que trabajó durante años como redactora en un periódico de tirada nacional.

¿Por qué no los periodistas? Creo sinceramente que, después de tantos años de intentar batallar contra el intrusismo en lo que considerábamos nuestro, debemos empezar a ser flexibles con nosotros mismos, porque precisamente tenemos de base esa formación general tan amplia que nos lo permite. ¿Por qué tenemos reparos a desempeñar tareas que no son estrictamente las que aprendimos o estamos acostumbrados a hacer? ¿Por qué los periodistas no evolucionamos, cual Pokemon?

Las empresas valoran a los universitarios, pero no desdeñan la experiencia y los conocimientos adquiridos con una formación posterior o en el propio desempeño del trabajo. Las corrientes actuales de gestión del talento hablan más de capacidades y competencias que de perfiles rígidos. Se apuesta por los empleados multitarea, por los profesionales de tipo “navaja suiza”. Y los periodistas tenemos muchas competencias demostradas que aportar en esta nueva visión de las organizaciones.

Los periodistas somos, por lo general, personas que comunicamos bien, que transmitimos mensajes con eficacia, incluso que locutamos impecablemente, redactamos con gancho, hablamos bien en público, o nos desenvolvemos ante una cámara. El Periodismo está lleno de profesionales que utilizan el lenguaje con corrección gramatical y colocan las tildes y las comas en su sitio, o que manejan decenas de programas y herramientas informáticas. Empleados que son eficaces al investigar en busca de datos, que son capaces de leer en tiempo récord dossieres interminables para extraer conclusiones relevantes, que saben presentar ideas de forma ordenada. Y eso en una empresa es un valor importante.

Los periodistas son personas acostumbradas a hacer preguntas ante unos hechos expuestos, a cuestionar los puntos débiles, y a ejercer la crítica. Gente capaz de trabajar en equipo, de reaccionar con inmediatez ante hechos imprevistos, habituada a trabajar en festivo y a prolongar la jornada lo que dure la tarea. Con conocimientos sobre el funcionamiento de las administraciones, la organización de eventos y con contactos en los más diversos ámbitos. Son cualidades que muchos periodistas poseen, casi sin darse cuenta, y que tienen un valor importante en muchos ámbitos profesionales, si se les da la oportunidad de demostrarlo.

Ahora, además, hace falta que empecemos a creerlo.

(*) Este artículo también aparece en el último Anuario editado por la Asociación de la Prensa de Guadalajara

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