Orgullo cazurro y sectario

Por Raquel Gamo

Antonio Román ha cultivado siempre el perfil de un moderado dirigente de la derecha alcarreña, caracterizado por su estilo tranquilo (tirando a pachorra, a la vista de su raquítico expediente de trabajo en las Cortes cuando fue parlamentario) y una posición abierta al talante conciliador. Pasa por ser un político reflexivo y nada iracundo. Pero eso no quiere decir que sea moderado en el fondo. Conviene no confundir el carácter parsimonioso con la prudencia en la ejecutoria política.

Antonio Román, alcalde de Guadalajara. // Foto: EDCM

Antonio Román, alcalde de Guadalajara. // Foto: EDCM

La trayectoria de Román permite pensar que, más que ante un dirigente comedido, estamos ante un lobo con piel de cordero. Despunta por su ideología conservadora y sus ademanes sectarios, cosa que se pone especialmente de manifiesto cuando aborda cuestiones que afectan a sus convicciones personales.

Esto explica por qué fue uno de los pocos diputados del PP que apoyó la contrarreforma del aborto que impulsó Gallardón, por qué mantiene su empecinamiento en no cumplir el mandato del Pleno que obliga al Ayuntamiento a eliminar el callejero franquista y por qué esta semana se ha permitido el lujo de humillar al colectivo gay con un gesto entre ridículo y obsceno.

Tras quedarse el PP en minoría, el acuerdo entre PSOE, Ahora Guadalajara y Ciudadanos obligaba esta semana al Ayuntamiento a exhibir la bandera arcoiris como gesto de apoyo al movimiento LGTB coincidiendo con las celebraciones del Orgullo 2016. Pero Román, exhibiendo una vez más su escaso talante democrático, decidió zaherir la bandera relegándola a una balaustrada de la casa consistorial.

La bandera arcoiris colocada por la oposición, retirada al día siguiente de la fachada del Ayuntamiento. // Foto: Twitter Wado Asociación.

La bandera arcoiris colocada por la oposición, retirada al día siguiente de la fachada del Ayuntamiento. // Foto: Twitter Wado Asociación.

El gesto de la oposición de encaramarse a los ventanales del Ayuntamiento para hacer ondear la enseña que representa la lucha del movimiento homosexual fue un gesto de dignidad política. Un gesto, por cierto, que no evitó que al día siguiente el consistorio retirara esta bandera, imaginamos que a instancias de la Alcaldía. Román, para colmo, tampoco contestó ayer la pregunta formulada por el grupo Ahora Guadalajara sobre quién decidió en primera instancia colocar la bandera en un lugar tan ofensivo.

Muy triste todo. Triste y penosa imagen del Ayuntamiento fruto del comportamiento del alcalde.

El PP tiene un problema con el colectivo gay. Y lo tiene por la errónea decisión de llevar al Tribunal Constitucional la ley de matrimonio igualitario en un momento (2008) en el que necesitaba munición para cargar contra el Gobierno Zapatero, antes de sufrir el desgaste de la crisis. De aquellos polvos, mejor dicho, de aquel coqueteo con la derecha más ultra y rancia del país por un quítame allá la palabra matrimonio, vienen estos lodos de desprecio e indiferencia. Porque Román no ha sido siquiera capaz de dar la cara después del denigrante desdén de la bandera. No lo debe considerar necesario. Y, de hecho, está visto que no lo necesita para ganar elecciones en Guadalajara.

Celebración del Orgullo Gay en la plaza Mayor de Guadalajara. // Foto: Wado Asociación

Celebración del Orgullo Gay en la plaza Mayor de Guadalajara. // Foto: Wado Asociación

La asociación WADO LGTBI calificó lo ocurrido como “una falta de respeto” a los homosexuales. Es una verdad palmaria. Aunque el propio Grupo Popular elevó su moción genérica de apoyo a este colectivo, la realidad es que tanto el gesto de Román en la capital alcarreña como la de su homólogo conquense –también del PP- demuestran que aún queda mucho camino por recorrer en este asunto. Y no es un problema, en general del PP, porque es evidente que hay otros dirigentes –como la propia Cristina Cifuentes en Madrid- que sí han exhibido sensibilidad en esta materia. Es un problema específico de quien confunde la defensa de la igualdad con la anteposición de sus ideas cazurras y cerriles. Es un problema de falta de talla política y personal.

La polémica ha coincidido con el veto al PP de los organizadores de las fiestas del Orgullo Gay, que este fin de semana se celebra en Madrid. Es un veto lógico mientras los populares no admitan el error mayúsculo que supuso recurrir judicialmente una norma aceptada ampliamente por la sociedad y cuyo encaje constitucional ya está fuera de duda. Aquella decisión dio la imagen de que el PP va por detrás de los cambios sociales. Una verdad relativa porque a veces da la impresión de que es la cúpula de este partido, y no sus militantes, quienes siguen anclados en posturas conservadoras para ganarse el favor de los sectores reaccionarios.

La fiesta del Orgullo, por cierto, es una celebración consagrada a la igualdad y la diversidad. Una manifestación libérrima erigida en fiesta popular por el apoyo multitudinario que concentra, cuyo impacto económico genera 120 millones de euros. Guadalajara, con su ayuntamiento a la cabeza, podría aprender de este ejemplo. Modestamente. Y no para copiarlo porque cada cosa tiene su lugar y el Orgullo de Madrid es el más relevante de Europa. Pero sí para apoyar una reivindicación por los derechos civiles incompatible con las mentes estrechas.

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