La vuelta de vacaciones

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Mariano Rajoy abandona el Congreso de los Diputados después de su discurso en el debate de investidura. // Foto: Juan Medina (Reuters)

Por Borja Montero

Los periodos inmediatamente posteriores a las vacaciones siempre son de cierta agitación. En la etapa escolar, la vuelta al ‘cole’ suponía estrenar libros de texto, volver a ver a los viejos compañeros, conocer a algún niño que llegara nuevo al centro y hacerse con las manías de los nuevos profesores. En la vida adulta, la llegada de septiembre era la esperanza de que nada hubiera cambiado demasiado en el tajo, temiendo que el jefe hubiera tenido alguna ocurrencia que cambiara las cosas a peor (lo de la ilusión por un nuevo curso se va pasando según trascurren los años de carrera profesional de uno, incluso para aquellos que tenemos la suerte de dedicarnos a esto de contar historias basadas en hechos reales). En el terreno político, por el contrario, los primeros días de septiembre suelen ser poco intensos, como si la maquinaria (al menos la mediática) de las administraciones públicas tardara unos días en coger el mejor ritmo. De este modo, lo normal es que todo esté exactamente igual que lo habíamos dejado a 31 de julio, incluso a 30 de junio en algunos casos.

Sin embargo, este 2016 no quiere pasar a la historia como un año más. Al hecho siempre curioso de tratarse de un año bisiesto, hay que unir la visita de Obama a Cuba, las muertes de David Bowie, Umberto Eco, Ettore Scola o Butros-Ghali, entre otros nombres ilustres de todos los campos, y, dentro del tablero de ajedrez, aunque con jugadores no excesivamente diestros en la estrategia, en que se ha convertido la política nacional, los dos debates de investidura con menos de medio año de diferencia, una concatenación de desdichas y desencuentros que ha devenido en el no menos insólito hecho de que su señorías se hayan dignado a trabajar durante el mes de agosto. Así, a 1 de septiembre, podemos decir que todas las instituciones del Estado están preparadas y listas para su uso, algo con lo que no se podía ser excesivamente optimista ni siquiera el día después de las elecciones generales de junio.

Y es que, a pesar de la reticencia de Rajoy, y de su empeño en pasar el puente del 15 de agosto en su Galicia natal, y del empecinamiento de PP y Ciudadanos, sobre todo de los naranjas, en no querer sentarse a negociar y ponerse de acuerdo, la lógica se ha impuesto. Las soluciones políticas que plantean ambos, centrada toda su cosmovisión en lo económico y con poco desvelo por lo social o por eso que proporciona bienestar a las gentes, tenían pocas diferencias reales y solamente era el miedo del actual presidente en funciones a enfrentarse a un debate que iba a perder y el poco gratificante ejercicio de tragarse las palabras acerca de la conveniencia o no de un personaje en concreto o de la fiereza en la lucha contra la corrupción lo que alejaba a populares y naranjas de la mesa de negociación. Tanto es así que las conversaciones en sí, realmente, han durado bastante poco: ambos partían de visiones muy similares del problema, de lo que hay que hacer con el mercado laboral y de la actitud que hay que tomar hacia la Unión Europea, mientras que el PP ha pasado por alto los temas de regeneración política que menos le interesan para intentar que desaparezcan en el maremágnum de las 150 medidas pactadas, colando entre ellas algunas propuestas de su argumentario tradicional que jamás se le han escuchado a C’s, como lo de dejar gobernar indefectiblemente a la lista más votada.

Sea como fuere, e independientemente de lo poco que ha emocionado este pacto a ninguno de sus dos firmantes o de la poca expectación y apoyo que ha generado en el resto de grupos políticos, PP y C’s han dado un paso adelante y han puesto a funcionar el tan cacareado reloj de la democracia, quizás para haya un gobierno de corte conservador con socios como el PNV dentro de unos meses, elecciones gallegas y vascas mediante; o para que el resto de 180 escaños que no han apoyado en primera votación al candidato a presidente en esta primera investidura exploren alguna posibilidad de conjugarse como alternativa, lo que requeriría dejar de lado ciertos personalismos (y no solamente de sus líderes) en las dos principales fuerzas de este posible acuerdo; o para que se vuelva a detener dentro de dos meses y nos volvamos a encontrar con las urnas en breve, esta vez con la pandereta en la mano y el turrón en el carrillo. Este pacto ha supuesto trabajar en agosto y, si nadie lo remedia, también significará trabajar en Navidad… Le están cogiendo el gusto Sus Señorías a esto de los festivos…

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