El Infantado o cómo empezar la casa por el tejado

Palacio del Infantado

Detalle de la fachada del Infantado // Foto: Olga Berrios (Flickr)

Por Raquel Gamo

La propuesta para convertir al Palacio del Infantado de Guadalajara, uno de los edificios más bellos del gótico español, en Patrimonio de la Humanidad es en principio una excelente noticia para la ciudad. Denota una muestra de orgullo por uno de los escasos monumentos que se han conservado en buen estado en Guadalajara. Y lo que es más importante: este edificio identifica a los guadalajareños con una imagen de ciudad ligada a la cultura y a la participación ciudadana, a través del popular Maratón de Cuentos y otros acontecimientos motivadores como la última Noche de los Sentidos.

Sin embargo, esta corriente por poner en valor el mayor icono capitalino no es consecuencia de la política urbanística municipal de las últimas décadas, cuya principal frustración es la falta de vida en el centro.

Lejos de conseguir atraer más vecinos y de aumentar la actividad comercial, la falta de realismo de los proyectos de urbanismo (muchos de ellos no se han llegado a aplicar) y la dejación de los sucesivos Equipos de gobierno han sumido al casco de la ciudad en un espacio sin alma. Ya hay bares en la plaza Mayor, sí. Pero el centro sigue siendo una retahíla inconexa de solares, cercado por viejas afrentas como el inmueble contiguo a la Antigua y derribos emblemáticos como el del bar Soria, el edificio de la Cuesta del Reloj, la calle Juan Catalina y hasta el mural de Bosch en la Calle Mayor.

La reciente demolición de la tahona de la plaza de Prim certifica una manera de concebir la sensibilidad por el patrimonio difícilmente comprensible en los tiempos que corren y absolutamente discutible en una urbe que debería tener como imperativo respetar su pasado para respetarse a sí misma. Esta demolición es fruto de su declaración de ruina y se ha llevado a cabo en virtud de la famosa Ordenanza Municipal Reguladora de la Inspección Técnica de Edificios. La ordenanza está prevista en la legislación en vigor. Pero, tal como señalaba ayer el arquitecto Antonio Miguel Trallero en Facebook, está consiguiendo “justo lo contrario” de lo que perseguía porque está vaciando el centro. Y el problema no es que se derribe un edificio en ruinas. El problema es por qué Guadalajara ha dejado que tantos edificios de valor alcancen la ruina.

Pero volvamos al Infantado. Antonio Román sostuvo que “hay que trabajar para hacer una candidatura potente para Patrimonio de la Humanidad porque el monumento ya lo es” (ABC, 15.10.15). Tiene razón el alcalde de Guadalajara en subrayar los méritos artísticos y arquitectónicos de un inmueble histórico señero de la Alcarria. Es obvio. La cuestión, y sospecho que mi posición no será popular, es si esta candidatura era una prioridad para la capital. Y si no es más bien un empezar la casa por el tejado. Me explico.

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La tahona de la plaza de Prim, en el casco de la capital, antes de su demolición. // Foto: SER.

Bien está la proyección del Infantado como monumento, digamos, global. Bien está la organización de actos que convoquen a los arriacenses, jóvenes y mayores, alrededor de su monumento más representativo. Y bien está también que esta ciudad se fije alguna meta que traspase los límites de Meco. Todo eso es positivo, y más en un municipio acostumbrado a zaherir sus huellas del pasado, cuando no a ignorarlas de forma sistemática y contumaz. El asunto es calibrar si lanzar el Infantado a la carrera de la Unesco no es más bien una iniciativa de cara a la galería en lugar de una decisión orientada a priorizar la conservación del patrimonio de la ciudad.

Para lo primero basta organizar la candidatura y no reparar en gastos y prebendas, tal como explicó Concha Balenzategui en EL HEXÁGONO esta semana a cuenta del despilfarro abusivo en una Pasarela de la Moda que tendrá lugar hoy, que cuesta 30.000 euros -un tercio del presupuesto anual que el Ayuntamiento dedica a las asociaciones culturales de la ciudad- y cuyo desglose de gasto la concejal del ramo, Isabel Nogueroles, se ha negado a facilitar.

Para lo segundo, en cambio, se necesita un plan del casco histórico a medio y largo plazo y una memoria económica que garantice inversiones. Eso sí, en proyectos serios, no en eventos elitistas para 250 personas. El Ayuntamiento de Guadalajara dispone de un presupuesto relativamente modesto para hacer frente a todas las necesidades en esta materia y la colaboración privada perdió el tren del boom de la construcción y la logística. Pero lo peor no es la escasez de recursos económicos, sino la abulia, la falta de interés y el desapego por mimar el casco, tal como muestra el deterioro y nulo uso de espacios como el del Alcázar.

Debajo de esta errática gestión subyace, sobre todo, la incapacidad política por entender el impacto cultural y económico del patrimonio que hasta ahora han demostrado los gobiernos municipales de Guadalajara desde la Transición. Si bien unos más que otros.

Las administraciones en España, y esto por desgracia no es exclusivo de nuestra tierra, han sido tendentes a promover una actividad cultural basada en el continente más que en el contenido. Esto explica que Román y su gabinete hayan mostrado interés en convertir el Infantado en Patrimonio de la Humanidad mientras seguían perpetuando una infame política de tierra quemada en el casco histórico.

La comparación se vuelve aún más obscena si comprobamos la situación que ha arrastrado este año el Infantado en sus alrededores. Porque si bien la portada renacentista y el Patio de los Leones registran un razonable estado de conservación, los jardines fueron víctimas del abandono de las autoridades locales. El PSOE denunció en marzo –con razón- las pintadas, los paneles informativos destrozados y el descuido en los elementos vegetales. Sea o no un episodio ocasional, no me imagino algo parecido en los alrededores de un momento que se postula para una distinción tan elevada.

La Escuela de Estudios Árabes del CSIC se hizo cargo de la primera fase del estudio de los restos del Alcázar.//Foto: Escuela de Estudios Árabes

Restos del interior del Alcázar, un edificio sin restaurar e infrautilizado.//Foto: Escuela de Estudios Árabes

El Infantado ha entrado ya en la lista indicativa para ser declarado Patrimonio de la Humanidad, paso previo inexcusable. Y, dado que la mecha ya ha prendido, sería deseable que la historia tuviera un final feliz, algo que no ocurrió hace casi dos décadas cuando de forma quizá un tanto acelerada se lanzó la candidatura de la Arquitectura Negra y la Octava del Corpus para ser declarados Patrimonio de la Humanidad. En estos casos, hay que calibrar muy bien las opciones.

De lo que no cabe duda es que, con esta vitola o sin ella, Guadalajara seguirá sin tener hechos los deberes ni en materia de revitalización del centro (futuro del mercado de abastos, comercio local, falta de ayudas para atraer vecinos, etc.), ni tampoco en lo que de forma concreta atañe a la conservación del patrimonio. O incluso al interés por corregir errores del pasado.

Para entendernos: creo que para Guadalajara sería más importante demoler el espantoso edificio de Ibercaja que declarar el Infantado patrimonio de la Humanidad. Aunque también es cierto que lo uno no quita lo otro y que lo aconsejable sería que todos los grupos políticos consensuaran de una vez adónde quieren llevar el casco antiguo.

Derribo del edificio del bar Soria, el pasado noviembre. // Foto: Guadaqué

Derribo del edificio del bar Soria, el pasado noviembre. // Foto: Guadaqué

En este camino por recobrar su espacio más añejo, parece de sentido común subrayar que la ciudad no puede fijarse en el modelo de viejos burgos castellanos como Ávila, Toledo, Cuenca y Segovia. Ha perdido demasiados inmuebles históricos y ha dañado demasiado a los que aún conserva como para copiar el patrón turístico y patrimonial de estas capitales cercanas. Quizá sería más inteligente apostar por un modelo alternativo y propio capaz de armonizar la conservación del patrimonio con el diseño de nuevas actividades o tendencias capaces de motivar el centro. Porque el turismo ha sido, es y, probablemente, seguirá siendo un negocio secundario en la capital de la Alcarria.

En todo caso, esta metamorfosis sólo puede hacerse realidad con un alcalde que la lidere, tal como hizo Xerardo Estévez en Santiago, Quim Nadal en Girona o Cuerda en Vitoria. Y, tras casi una década con el bastón de mando, ya sabemos que Román no parece el indicado para esta tarea. De ahí su empeño en agitar el Infantado como un juguete de márketing -hasta Rajoy firmó por la causa– en lugar de proyectar una mirada de largo alcance sobre el urbanismo y el patrimonio en Guadalajara. Ésta última labor sería menos vistosa, pero también más útil y eficaz. Y, visto el lacerante episodio de la opaca Pasarela, quizá también más barata.

@gamopascual

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2 pensamientos en “El Infantado o cómo empezar la casa por el tejado

  1. Me resulta gracioso y lamentable que arquitectos que han tenido oportunidad, por su labor municipal, de tomar acción en el pasado ante el sinsentido urbanístico de la Guadalajara de los años 80 y 90, quieran dar ahora lecciones de criterios de urbanismo y conservación. El rostro de algunos es alargado.
    Por otra parte, suena partidista o de falta de conocimiento que en su artículo no mencione, al menos, que la responsabilidad última de autorizar un derribo es la Junta de Castilla la Mancha. Ellos deben velar por que no se derriben edificios con valor histórico o con restos arqueológicos. Parece que alguien no está haciendo su trabajo y parece que no importa porque son de otro signo político.
    También suena extraño que abogue usted por el derribo de un edificio en el casco histórico aunque la estética del edificio sea una patada con el entorno. El edificio de ibercaja nunca debió ser construido (o derribado el anterior) pero pedir su derribo??. Todavía tengo en la retina al señor Granado, concejal de la oposición municipal, frente al bar Soria criticando el que hubiera estado tres años parado el dictamen de derribo de dicho bar en pleno centro histórico, y cuando sus compañeros dan el visto bueno (por no considerar necesaria su conservación) va y aparece el arco d una antigua iglesia.
    Por último, es curioso que alguien pueda criticar el que se trate de promocionar un edificio emblemático de nuestra ciudad, cosa que podría favorecer el atractivo de nuestra ciudad de cara a los turistas.

    • Pues hombre, refiriéndonos al arquitecto Antonio Miguel Trallero, solamente nos deberíamos fijar en todos los trabajos realizados desde entonces sobre edificios de valor del casco antiguo y sobre el antiguo entramado urbano. Otra cosa es que usted le exija además el máximo poder de decisión sobre esos temas y además le responsabilice de los derribos que están ocurriendo (no se le olvide) durante las dos últimas legislaturas de nuestro actual Alcalde. Referente al tema de la junta, el argumento que usted esgrime, permítame, es hilarante. El rostro largo es el que usted calza a la hora de argumentar que la última responsable es la Junta en el tema de los derribos, cuando el mismo partido político (no se le vuelva a olvidar) estuvo al frente de dicha institución no hace mucho tiempo con la consabida inquilina del Cigarral a los mandos. Y por último, no tergiverse al Sr. Granado. Él en ningún momento abogó por la conservación del edificio del Bar Soria, sino por la actuación desmedida de la piqueta municipal.
      En resumen, parece que ha aparecido últimamente abonado a contestar cualquier cosa que atañe al Ayuntamiento, un grupo muy interesado en limpiar (si eso es factible) la imagen del consistorio. También suena a partidista ¿no?

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